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Terror

Una de miedo

No es la primera vez que me quedo encerrado en un ascensor. Cuando era pequeño siempre hacíamos el tonto para asustar a nuestros amigos, dando saltitos o tocando la sirena. ¿Quién no ha probado de abrir la puerta desde dentro cuándo el ascensor está subiendo?

Acabo de volver del cine y tengo en la cabeza las imágenes de la película, y como no, la película era una de miedo. Una de esas películas que te hacen sentir inseguro, cuando vas por la calle dirección a casa o en el coche, y miras de reojo a través del retrovisor esperando que nadie haga acto de presencia en los asientos posteriores.

Vivo en un bloque bastante viejo, igual que su ascensor. Las puertas se abren como un abanico, las paredes son rojas y tiene un gran espejo justo enfrente de la puerta. El edificio no es muy alto, solo tiene cuatro plantas, pero no es lo mismo bajar las escaleras que subirlas, así que cada día, subo en ascensor.

Ya llevo un rato encerrado en él, la cobertura de mi móvil brilla por su ausencia, y al parecer los vecinos hacen caso omiso de la alarma. Es lo que tiene qué haya muchos críos en mi bloque, están todo el día dándole al botoncito y cuando realmente es usado para su cometido, la gente pasa olímpicamente de él.

¿Os he dicho ya que la luz es de esas que parpadea cual película de terror? Igual que esa película de miedo que acabo de ver en el cine…

Como iba diciendo, nunca me había preocupado si me quedaba encerrado solo o acompañado en el ascensor, pero hoy es diferente. Nunca me había considerado una persona claustrofóbica, pero ahora parecía que el yo claustrofóbico quisiera salir desde lo más profundo de mí. Una inseguridad comienza a invadirme y tengo la necesidad de respirar aire fresco, de poder hablar con alguien y quitarme al asesino de la maldita película de la cabeza.

Abro la puerta desde dentro y lo primero que veo es un número tres a la altura de mis ojos. Perfecto, me he quedado a un maldito metro de llegar a mi casa. Pico a la puerta exterior con todas mis fuerzas esperando que alguien me oiga, aunque sé que en la cuarta planta solo vivo yo, el piso de enfrente esta deshabitado. Pido ayuda y vuelvo a mirar mi móvil con la esperanza de que la cobertura me saque de esta situación, pero no.

La puerta no se cierra y me dejo caer abatido al suelo. La luz cada vez parpadea más, y solo escucho el sonido de los cables en lo alto. Por si fuera poco ahora tengo que comerme la cabeza con el sonido de los cables. No es que me este asustando porque se pueda romper y disfrutar de una caída libre de tres plantas, pero quiero salir ya de aquí.

Vuelvo a pedir ayuda, toco otra vez todos los botones y golpeo las paredes del ascensor, lo que provoca que los cables hagan más ruido, para colmo, el fluorescente se ha parado. Corriendo toco el móvil para tener algo de luz, pero apenas alumbra nada, enfoco al panel de mandos y toco nuevamente la sirena, pero esta vez no hace sonido alguno. Grito desesperadamente para que alguien me oiga, pero sigo sin encontrar respuesta, por lo que vuelvo a golpear las paredes con desespero.

Me reclino contra la pared y miro hacia el espejo. Justo en el momento que comienzo a ver mi reflejo paro rápidamente el móvil, no vaya a ser que vea algo que no me espere… Me dejo caer y vuelvo a encender el móvil apuntado hacia el suelo. Entonces es cuando veo algo que me pone la piel de gallina.

La puerta sigue abierta y puedo ver la pared, más abajo de donde antes había visto el número de planta hay algo escrito, en una letra fina de color rojo, haciéndolas resaltar mucho con el blanco de la pared. Me aproximo un poco más para leer mejor.

No mires detrás tuyo.

Se me pone la piel de gallina al instante. Y es aquí cuando aparece la eterna disputa interior, cuando te dicen que no hagas algo, ardes en deseo de hacerlo. Y haciendo caso omiso de la advertencia me giro.

La luz vuelve a funcionar, la puerta se cierra y el ascensor se pone en marcha automáticamente. Llego a mi planta, abro la puerta tan rápidamente como me es posible, rebusco en mis bolsillos las llaves de casa y corro hacia la puerta. Esta vez sin mirar atrás.

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Fantasía

Mal de ojo

Decidió visitar a la bruja porque pensaba que tenía un mal de ojo. Dos noches atrás, durante una pelea en la taberna, una gitana a quien había golpeado con una botella le hechizó y desde aquel momento todo había ido de mal en peor.

El día siguiente a la pelea se despertó con un dolor insoportable en el brazo izquierdo, al inspeccionárselo la única anomalía que encontró fue un ligero moratón en la axila. «Mucho dolor para tan poco rasguño», pensó.

Más tarde, a media mañana, trató de aliviar esa molestia ahogándola en vino, volviendo a la misma taberna de la noche anterior. El tabernero nada más verlo entrar comenzó a lanzarle improperios, acusándole de haber iniciado la pelea y ser el causante de tanto destrozo, motivo por el cual le exigía la reparación de los diversos desperfectos que se provocaron durante el altercado.

Con un rápido vistazo al lugar se percató de que la taberna estaba destrozada, de la veintena de sillas que había solo una media docena se mantenían en pie; las mesas que habían sido reparadas de la mejor manera posible, estaban todas cojas, incluso una de ellas estaba apilada en una esquina, rota, partida en varios trozos. Las paredes estaban salpicadas de manchas de lo que parecía ser vino. «Quizás sea sangre…», se dijo a si mismo llevándose la mano a la sien. Aquella noche había bebido tanto que no era capaz de recordar exactamente nada. Nada, salvo a aquella gitana.

Todo el local apestaba a alcohol, y tras aguantar el sermón del tabernero, no tuvo más remedio que bajar la cabeza y pactar con él un acuerdo para asumir el coste de las reparaciones, por lo que desechó su idea inicial de beber. Una vez fuera de la taberna, de camino a casa, trató de recordar que había pasado exactamente, pero las imágenes pasaban ante sus ojos tan veloces y borrosas que no podía verlas con claridad. Anduvo largo trecho hasta llegar al edificio donde vivía, en la entrada le esperaba su amiga Eli.

Eli era una chica que se caracterizaba por su radiante felicidad y buen humor, cualidades que pasaban desapercibidas por completo en aquel momento mientras le daba otro sermón. Gracias a la explicación de su compañera comprendió un poco más sobre qué había pasado en la taberna.

«¿En qué momento de lucidez se me ocurrió retar a dos gigantes de fuego a beber absenta?» En vez de obtener respuestas obtuvo más preguntas. Eli se despidió con frialdad y se marchó. La imagen de la gitana le volvió a venir a la cabeza. Su mirada le hacían sentirse desnudo, incómodo, y cuando trató de recordar algo sobre aquellos ojos una punzada en el brazo le devolvió a la realidad. Desde que había entrado en la taberna ni se había acordado del dolor, no había bebido, pero al menos se había olvidado de él.

Subió las escaleras lentamente hasta llegar a su dormitorio. Se encontró la puerta medio abierta, la abrió con cuidado y se encontró con un ladrón que rebuscaba por todos lados. Éste, al percatarse de su presencia, trató de salir corriendo por la puerta golpeándole en el brazo derecho con una especie de destornillador, provocándole un corte. Se llevaba la mano al brazo cuando la axila comenzó a dolerle con fuerza, haciéndolo caer al suelo, mientras el ladrón conseguía escapar.

Se levantó y trató de llegar a la cama sin mover los brazos, preguntándose qué estaría buscando en su casa. Tras recuperar el aliento, se limpió la herida con mucho cuidado y  se estiró en la cama tratando de recordar que había pasado la noche anterior.

Tuvo un sueño donde volaba. Veía la ciudad bajo sus pies, iluminada por las luces que emitían unas cuantas antorchas, se acercó a un edificio y se percató de que era la taberna, miró a dentro y se vio bebiendo. Continuó mirando dentro de la gran sala y divisó a la gitana, ésta se mantenía al margen, con una cesta en su regazo, sumergida en sus pensamientos. Hasta que alzó la mirada y clavo sus ojos con los suyos, tal fue la sorpresa que cuando abrió los ojos, se encontraba en la cama, con un dolor insoportable en ambos brazos y con un sudor frío corriéndole por la frente.

Trató de dormir hasta el alba, pero le fue imposible, la imagen de la gitana mirándole le aparecía cada vez cerraba los ojos. Lentamente la larga y fría noche terminó, y cuando el sol comenzaba a asomar tras las nubes, decidió levantarse y buscar una bruja que pudiera quitarle el mal de ojo.

Se aproximó a casa de Eli, ella un poco más alegre que el día anterior accedió a buscar a alguien que pudiera ayudarle, le habló de unos marchantes que se reunían en la plaza mayor, se dirigieron allí y divisaron unas paradas. Se acercaron y observaron tiendas donde: gurúes, hechiceros, brujas y timadores ofrecían sus servicios por un módico precio.

Su amiga tras preguntar, le señaló una de las paradas de la esquina, apartada de las demás, con una cortina como puerta. Se acercó, apartó el velo para entrar al interior y se encontró con la gitana.


Puedes leer la continuación en: La gitana