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¡Arriad las velas!

Abro los ojos y me descubro flotando a la deriva, tirado sobre los restos de la cofa. Trato de recordar cómo he llegado hasta ahí pero soy incapaz de hacerlo. Me miro desconcertado las manos y cuando veo mi reflejo en el agua cristalina me palpo el rostro.

Una ráfaga de imágenes inunda entonces mi cabeza: una fuerte tormenta en mitad de la noche y una carabela partiéndose en dos, arrojando a todos los tripulantes a un funesto destino.

“—¡Arriad las velas! —gritó el contramaestre—. ¡Arriad las velas, malditos gusanos!

La voz de alarma corrió como la pólvora y todos nos pusimos manos a la obra. El oleaje balanceaba la carabela de un lado a otro y la cubierta anegada de agua dificultaba nuestras maniobras.

—¿¡Qué pasa con esa vela!? —rugía el contramaestre señalando la vela de mesana—. ¡Sin ella no podremos maniobrar!

Los relámpagos creaban sombras aterradoras sobre la vela agitada por el viento. Los gritos y truenos penetraban en mi cabeza mientras ataba los cabos con fuerza.

—¿Todo listo por aquí? —pregunté, acercándome a uno de mis compañeros para ayudarle.

—Sí, pero tenemos… —Un trueno lo hizo callar un segundo y miró al cielo—. Tenemos que arriar la mesana, sin ella estaremos perdidos cuando pase esta puta tormenta.

Corrimos hasta la parte de atrás cuando un relámpago impactó en el mástil de trinquete partiéndolo en dos. Me detuve a mirar cómo caía y una fuerte sacudida me derribó al suelo. La carabela había virado a estribor y las olas golpeaban el casco violentamente.

Conseguí levantarme, estaba en medio de la cubierta principal, y miré la mesana: dos marineros trataban de arriarla pero el fuerte oleaje se lo impedía.

—¡Atención! —anunció el contramaestre—. ¡Agarraos dónde podáis!

Desvié la mirada hacia donde señalaba mi patrón y contemplé horrorizado una ola de enormes dimensiones que se acercaba a nosotros a gran velocidad. Corrí hasta el mástil mayor y me agarré tan fuerte como pude.

El impacto fue brutal, el agua cubrió toda la embarcación y lanzó al oscuro océano a varios marineros que no habían tenido tiempo a reaccionar.

—¡Viene otra! —anunció nuevamente—. ¡Y es aún más grande!

Me estaba preparando para el nuevo impacto cuando sentí un zumbido procedente del cielo. Me volteé y presencié como otro relámpago caía en el mástil de mesana haciéndolo estallar en mil pedazos.

Caí de espaldas golpeándome la cabeza. Sin tiempo a reaccionar, la ola golpeó con tanta fuerza que partió el casco en dos, rodé por la cubierta y busqué algo a lo que agarrarme. Traté de levantarme y escuché como la carabela se retorcía en aquel mar encabritado.

Miré a mi alrededor: el caos se había expandido, no había rastro del contramaestre y el navío comenzaba a hundirse, perdiéndose en las oscuras aguas que nos rodeaban.

Presencié como otra ola embistió contra los restos del navío. Haciendo que el único mástil todavía en pie cediera ante la furia del mar. La cofa impactó con violencia en el agua a poca distancia de mi posición, los gritos de nuestro vigía se perdieron con el sonido de los truenos y del oleaje.

El vaivén de lo poco que quedaba de la carabela en la que me encontraba había cesado pero su hundimiento estaba próximo. Un crujido a mis espaldas hizo que me volviera, la toldilla se había soltado y volaba hacia a mí. No pude hacer nada para esquivarla.”

Ahora me encuentro en medio de la nada y no tengo fuerzas. La piel me abrasa y cierro los ojos abatido. El sonido de una gaviota me sobresalta. Miro a mi alrededor y no hay rastro ni del navío ni de supervivientes pero en la lejanía, entre la calima, me parece divisar una masa de tierra.

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Malditos ladrones

(Continuación de “La vitrina central”)

—Las manos donde podamos verlas —habla uno de los policías.

Rachel se vuelve hacia mí y me mira con cara de no comprender nada.

—¿Qué está pasando, Ian? —me susurra.

Me encojo de hombros y doy un paso al frente.

—¡No se mueva! —dice el otro policía al tiempo que desenfunda su pistola.

—Vale, vale… —exclamo retrocediendo nuevamente—. No hace falta llegar a estos extremos.

—¿Pueden explicarnos qué está pasando? —quiso saber Rachel.

—Nos han informado que habían visto a alguien fisgoneando aquí abajo —explica el policía que nos apunta con el arma—. Y por lo visto os hemos pillado con las manos en la masa, malditos ladrones…

—No hemos robado nada —interviene Rachel bajando los brazos—. Mi acompañante y yo estábamos buscando un lugar tranquilo donde… ya me entiende —añade mientras se enrosca el pelo en un dedo.

Noto como un calor me invade y se me sonrojan las mejillas.

—Rachel… —musito por lo bajo.

—¿Qué? —exclama volviéndose a mí—. ¿Prefieres qué crean que somos ladrones?

Trago saliva y miro al suelo siguiéndole el juego.

El policía que mantiene la pistola en alto mira a su compañero y baja el arma.

—De todas formas —comienza diciendo—, esto que querían hacer va en contra de las leyes cívicas… Tendrán que acompañarnos arriba donde hablarán con el jefe de seguridad.

—Por supuesto —contesta afablemente Rachel—. ¿Verdad, querido?

Asiento con la cabeza y me acabo de colocar la chaqueta.

Ambos policías nos escoltan de vuelta al hall y una vez allí las miradas se dirigen hacia nosotros.

Camino buscando con la mirada a Dave pero no lo encuentro por ningún lado. En uno de los extremos de la sala nos espera el que parece ser el jefe de seguridad.

—Les hemos encontrado en la sala de restauración. Al parecer querían practicar relaciones sexuales allí abajo —explica uno de los policías a su superior.

—¿Relaciones sexuales?

—Bueno, es lo que nos dijo la señorita…

—¿Y le habéis creído de buenas a primeras? —espeta con tono molesto—. ¿Les habéis registrado?

De inmediato el policía que permanecía a mi espalda se me acerca y agarrándome de los brazos, me coloca unas esposas.

Los invitados comienzan a acercarse a nuestra posición al contemplar la escena.

—Tranquilo —espeto al ver con la ansiedad que ejerce su autoridad—. No tengo nada que ocultar. Puedes cachearme sin problemas, no voy a resistirme.

Rachel mira al jefe de seguridad y extiende los brazos para que le coloquen las esposas cuando de repente se apagan todas las luces.

El grito de sorpresa de los presentes es apagado por el sonido de un cristal haciéndose añicos.

—¡Nos están robando! —exclama el jefe de seguridad—. Que todo el mundo se tire al suelo. ¡Rápido!

Noto como unos brazos me rodean y me lanzan hacia abajo.

—Se nos han adelantado —me susurra Rachel al oído.

Contemplo como un par de linternas inspeccionan la sala, se acercan a la vitrina central y corroboran nuestras suposiciones. Sin nada que poder hacer permanezco en silencio y espero a que todo vuelva a la normalidad.

A los pocos minutos vuelve la luz y los presentes miramos a nuestro alrededor. Contemplo a Rachel, su rostro refleja la decepción y la impotencia. Se levanta y me ayuda a ponerme en pie.

—Ustedes dos. No pueden moverse —exclama el policía que había comenzado a registrarme.

—No voy a ir a ningún sitio con estas esposas… —contesto mostrándoselas.

—Aseguraos de que nadie salga del museo —ordena el jefe de seguridad—. Voy a pedir refuerzos, hay mucha gente a la que interrogar.

—¿Interrogar? —exclama Arthur Bennett—. No estará insinuando que alguno de nosotros tenemos algo que ver, ¿verdad?

—Quizás usted sea de los pocos que no, pero aun así. Mi deber es interrogar a todos y cada uno de los presentes. No sabemos si el ladrón sigue aquí o se ha marchado…

Desvío la mirada a la vitrina y contemplo como solo falta la diadema azteca.

—No veo a Dave por ningún lado… —me dice Rachel—. ¿Y si…?

—¡Vosotros dos! —interviene el jefe de policía dirigiéndose a nosotros—. Seréis los primeros. Pasad a aquella sala, por favor.

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La vitrina central

(Continuación de “La joya de la corona”)

Camino hasta la mesa donde me habían servido caviar y le pido otro canapé al camarero.

—Aquí tiene, señorita. ¿Querrá algo para beber?

—No me importaría —contesto.

—¿Le parece bien cava o prefiere otra cosa?

—Una copa de cava, por favor.

Mientras espero a que me traiga la bebida contemplo la sala. Alrededor de la vitrina central se concentra una gran multitud, reconozco a Arthur Bennett entre ellos, quien al parecer está narrando como dio con la diadema.

—Aquí tiene su cava, señorita —anuncia el camarero a mi espalda.

Dejo el plato de caviar sobre la mesa y me acerco al centro de la sala para escuchar lo que dice.

—Y así fue como tras cuatro días en los que la lluvia y el mal tiempo casi nos hacen desistir de nuestra empresa, dimos con esta magnífica diadema y con las otras piezas de la colección —explica señalando las demás vitrinas.

Los aplausos y vítores se elevan por encima de la música, los oyentes que se han acercado a la vitrina central, comienzan a alejarse de allí una vez ha dado por terminado su discurso. Permanezco allí unos segundos hasta que me acuerdo de Ian. Doy media vuelta para volver cuando me choco con alguien.

—Disculpe —digo sin apenas levantar la mirada del suelo.

—¿Rachel?

Al escuchar mi nombre alzo la vista y me encuentro con mi antiguo socio.

—¿Dave?

—¡Qué sorpresa verte aquí! —exclama abalanzándose sobre mí y dándome dos besos—. Hacía años que no te veía. Sigues igual de espectacular que siempre…

—Y tú sigues igual de adulador —contesto con un tono seco.

—Ya me conoces… —Me guiña un ojo—. ¿Qué? ¿Ya has visto la diadema? Ese maldito bastardo es un tío con suerte… Menuda batallita se ha inventado. —Mira con recelo a Arthur—. Según tengo entendido, las lluvias desenterraron parte de las piezas, y uno de sus ayudantes dio por casualidad con la diadema.

—Algo he oído —le digo dando un sorbo al cava—. Pero suerte o no, él estaba allí para encontrarla y nosotros no.

—Cierto, no te lo negaré. —Alza su copa y brinda conmigo—. A nuestra salud, por los viejos tiempos.

—Dave, un placer verte —miento—, pero iba de camino al servicio. Si me disculpas…

—Por supuesto —me dice con una amplia sonrisa—. Siempre es una alegría encontrarse con mujeres tan atractivas como tú.

Con un gesto me abre camino y me alejo de él. Acelero el paso, dejo mi copa de cava al pasar por la mesa de los tentempiés y me dirijo hacia la sala de restauración.

Encontrarme con mi antiguo socio, aquí y después de tantos años no me tranquiliza, tengo que avisar a Ian. Llego a la escalera y quito la cuerda que barra el paso, bajo y agarrándome el vestido corro hasta el final del pasillo.

—Ian, me acabo de encontrar a Dave en el hall —le explico al entrar en la sala.

—¿Dave? ¿Tu exmarido?

—Sí. Demasiado risueño y con una actitud más arrogante de lo habitual. Hay que darse prisa, hay que irse lo antes posible de aquí.

—No te puedes llegar a imaginar lo mal que trabajan en este museo… —explica Ian quitándose el sudor de la frente—. Ni hojas de inventario ni clasificación por terminología… Esto es un desastre, Rachel.

—¿Has buscado en aquellas cajas de allí? —pregunto señalando hacia el fondo de la sala.

—Sí, y nada… Puede que nos hayamos equivocado —dice Ian colocándose la camisa por dentro del pantalón.

—¿Equivocado?

—¿Y si la diadema de la vitrina es auténtica?

—Tiene fácil solución, vayamos a inspeccionarlo otra vez —sugiero.

Agarra la chaqueta y comienza a ponérsela cuando la puerta de la sala se abre y aparecen dos policías.

—¡Alto! —grita uno de ellos al vernos—. ¡Nos os mováis!

Ian y yo nos quedamos inmóviles, alzando las manos poco a poco.

 

Puedes leer la continuación en: Malditos ladrones

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Last journey

The captain of MV Edinburgh watched for the last time the harbour before set sail. Cape Town began to get smaller as they are push out into the Atlantic, leaving behind the sounds of the big city to embrace the sounds of the ocean.

According to the weather forecast, the journey to Tristan da Cunha would be quiet. Winds stern that would help arrive early and clear skies are the perfect companions that every sailor wants in his travels, but the captain wasn’t quite sure about it. A light breeze started blowing on the starboard and a blackened sky that threatened to storm interposed between the ship and its destination.

He went to the control station and after gathering his men, promised to arrived to Tristan da Cunha as they planned, but that trip wouldn’t be except for mishaps. Hours later, when the sun has had hidden, they began to feel the strong waves on the hull, the alarm started ringing and all crew worked hard to fulfill its mission.

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La joya de la corona

He llegado al museo diez minutos antes de la hora indicada por lo que me acerco a la entrada para resguardarme de la lluvia mientras espero a que mi cita aparezca.

Llevamos días planeando este robo. Hoy se celebra una recepción en el Museo Arqueológico para celebrar la musealización de los últimos hallazgos de Arthur Bennett.

Un lujoso coche se detiene delante del museo. El conductor sale para abrir la puerta de su pasajera. Una mujer con un vestido amarillo de cola larga, el pelo suelto cayendo por su espalda y un escote despampanante sale del interior. Al reconocer a Rachel corro hasta allí y abriendo el paraguas la cobijo de la lluvia.

—Muchas gracias —le digo al conductor—, me haré cargo de la señorita.

—Hola, Ian —me saluda con un sensual beso en la mejilla.

—Estás espectacular —afirmo haciéndola girar sobre sí misma.

Nos dirigimos hacia la entrada, Rachel se coloca a mi lado y se coge de mi brazo. Al llegar a la puerta la persona encargada de las recepciones nos pide las invitaciones.

—Aquí tiene —Le entrego las dos entradas y miro a Rachel.

—Muchas gracias, señor y señora Malcom. Sean bienvenidos.

Tras despedirnos de él con una sonrisa, caminamos hacia el hall. Una pequeña orquestra ameniza la velada desde el fondo de la estancia, están tocando las “Cuatro estaciones” de Vivaldi, pero al parecer nadie les presta atención. Nos adentramos entre los demás invitados y un hombre, vestido con un pantalón negro, chaleco rojo y camisa blanca; se nos acerca. En la mano sujeta una bandeja con varias copas.

—¿Los señores querrán un poco de champagne? —ofrece el camarero.

Asentimos con la cabeza y copa en mano continuamos paseando por la sala observando a los presentes. En el centro hay una gran vitrina que contiene la joya de la corona: una diadema de oro con rubíes encastrados de origen azteca. Nos acercamos a ella y la contemplamos con solemnidad.

—Es preciosa, Ian.

—Se conserva a la perfección, solo consigo ver un pequeño rasguño en la parte inferior derecha —corroboro señalándole el arañazo.

—Sí. —Rachel se da la vuelta y me estira del brazo—. Ya la hemos visto. Ahora vayamos a buscar algo de comer. Tengo hambre.

Nos abrimos paso entre la multitud y nos dirigimos a una de las mesas donde están los tentempiés.

—¿Desean algo? —nos pregunta un camarero que hay tras la mesa—. ¿Un poco de caviar?

—¿Tenéis caviar? —exclama Rachel con una sonrisa—. Por supuesto. Sí, sí. ¿Vas a querer? —me dice.

—No, hoy no me apetece.

Nunca comprenderé como puede trabajar con el estómago lleno. Una vez recibe su canapé de caviar la acompaño mientras deambulamos por la sala inspeccionando la zona.

—Vale —comienza diciendo Rachel—, creo que la diadema que hay en la vitrina es falsa.

—¿Cómo? —exclamo boquiabierto—. ¿Estás segura?

—Tú mismo te has dado cuenta, solo tiene un rasguño, y si te fijas la policromía ahí es diferente.

—¿Y por qué iban a poner una falsa? Es el mayor atractivo de la colección…

—¿Por ese mismo motivo? Lamento decirte que no somos los únicos que queremos hacernos con esa diadema. Estoy convencida de que alguno de los presentes también tiene oscuras intenciones…

—Es posible —exclamo llevándome la copa a la boca mientras observo a mi alrededor—. ¿Crees que lo tendrán en alguna sala?

—Posiblemente… —Mira a ambos lados—. Yo vigilaré por aquí. Según el plano que vimos del museo, la sala de restauración está bajando aquellas escaleras de allí. —Me indica con un gesto de la cabeza—. Al final del pasillo, ¿recuerdas?

Asiento con una sonrisa, le doy un beso en la mejilla y camino hasta las escaleras con discreción. Al llegar a ellas me topo con una cuerda que me barra el paso. Me acerco y tras mirar el pasadizo por el que he venido, me agacho y paso por debajo de la cuerda, bajando las escaleras sin mirar atrás.

En aquella parte del museo se encuentran las salas destinadas a trabajos de restauración y conservación. Si la diadema que habíamos visto allí arriba es falsa, la auténtica debe estar guardada aquí abajo.

La música se escucha cada vez más lejana y mientras camino contemplo las diferentes reliquias y tesoros que hay en las pocas vitrinas que adornan el pasillo, deteniéndome de manera inconsciente a observarlas, antes de llegar al final.

Entro en la sala y enciendo la luz. Es una habitación con una larga mesa central llena de objetos perfectamente ordenados. Al fondo hay diversas cajas apiladas que se elevan desde el suelo.

Busco en el escritorio que hay junto a la entrada y trato de dar con la hoja del inventario. Rebusco en los papeles y tras darme por vencido, me acerco a la mesa central y contemplo todo lo que hay sobre ella. La única solución es revisar todas y cada una de las piezas de la sala, así que me quito la chaqueta y me pongo manos a la obra.

 

Puedes leer la continuación en: La vitrina central