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El coleccionista

David contempló el edificio desde el interior de la furgoneta. La nave de unos 200m² estaba cercada por unas verjas conectadas a una red eléctrica y fuertemente vigilada por unas cámaras de vigilancia que controlaban todos y cada uno de los accesos.

—Creo que subestimamos la seguridad —habló, volviéndose hacia Marco.

Su compañero se ajustó el auricular en la oreja y negó con la cabeza.

—Siempre has sido un hombre de poca fe —contestó sentándose frente al portátil—. En cuanto Raúl me conecte a su red podremos hackear esas putas cámaras, no temas.

—No temo por eso —reprochó David—. Creo que las vallas están electrificadas…

Un sonido procedente del portátil captó la atención de ambos.

—¡Perfecto! —exclamó Marco—. Estoy dentro.

Marco atravesó los cortafuegos y navegó por el sistema de seguridad hasta dar con lo que buscaba.

—Estas en lo cierto, colega. Como toquemos esas verjas nos churruscaremos…

David maldijo por lo bajo en el mismo instante en la voz de Raúl se escuchó por el auricular.

—¿Qué dices? —dijo, tapándose el oído libre para escuchar mejor.

—He visto dos guardias rondando por el perímetro interno de la nave —dijo—. Y creo que las vallas están electrificadas.

—Vuelve a la furgoneta, voy a tardar un rato en dejaros vía libre —intervino Marco soltando un bufido.

David repasó mentalmente el plan: el ascenso al tejado debía de ser la parte más sencilla, el talón de Aquiles de la misión recaía en el descenso a través de la claraboya y la apertura de la caja fuerte. Raúl llego en el mismo momento en que salía de la furgoneta y caminaron juntos hasta la parte trasera.

—Va a ser una noche movidita, ¿eh? —dijo entre risas, dándole un golpe en el hombro a su compañero.

—¿Qué hay de los guardias? ¿Has podido establecer un patrón?

—Sí —contestó al tiempo que subía a la furgoneta—. Uno de ellos tiene una condición física deplorable.

 David frunció el ceño y observó como Raúl se comenzaba a poner el equipo de ascenso.

—¿Y el otro?

—Creo que habrá que noquearlo.

—¿Cómo? ¿Con qué? —exclamó subiendo también a la furgoneta.

—Bajad la voz —intervino Marco—. He conseguido entrar en su frecuencia de radio. Oigo todo lo que dicen.

Raúl y David se volvieron hacia el ordenador y observaron la pantalla, dividida en varias ventanas.

—Estas dos cámaras de aquí son las del lado norte —informó Marco—. Entraremos por aquí.

—¿Quién vigila esa zona? —David se volvió hacia Raúl.

—El gordo. Pan comido —sonrió.

David comenzó a colocarse el equipo y se aseguró de tener todo lo que necesitaría más tarde. Raúl observó a través de las cámaras de seguridad y sincronizó su reloj con el de Marco.

—¿Todo listo? —Miraron a David.

—Listo.

—Me oís por el auricular, ¿verdad? —dijo Marco acercándose el micrófono a la boca.

Ambos asintieron y salieron de la furgoneta. Cada uno de ellos cargaba con una mochila de grandes dimensiones y un arpón de pesca submarina. Caminaron hasta la cara norte de la nave y se ocultaron en las sombras.

—Vale. —La voz por el auricular se escuchaba clara y nítida—. El guardia se acercará a vuestra posición en breve.

Raúl sujetó el arpón con firmeza, sacó un poco la cabeza y lo divisó. Se acercaba con pasos lentos y torpes.

—En cuanto dé media vuelta desconectaré la electricidad y pincharé la cámara que tenéis a vuestra izquierda. Solo dispondréis de treinta segundos para cruzar al otro lado y subir —informó Marco.

El guardia caminó hasta colocarse a cuatro metros de ellos y escudriñó las sombras. David sintió un nudo en el estómago al sentir su mirada. Pese a vestir unos trajes que les camuflaban con la maleza, contuvo la respiración hasta que el hombre dio media vuelta y regresó por donde había venido.

—¡Ahora! —habló Marco—. Recordad: treinta segundos.

Raúl dio un paso al frente, clavó la rodilla en el suelo y apuntó. El arpón no emitió ningún sonido al disparar. El gancho se elevó y quedó fijado en el borde del tejado.

—Vamos —susurró Raúl.

Su compañero se levantó e hizo lo mismo. En cuanto comprobó que su gancho estaba bien sujeto comenzó a trepar por la verja.

—Veinticinco segundos, rápido… —anunció Marco, quien lo observaba todo a través de las cámaras.

Raúl había llegado al perímetro interior y comenzaba a escalar la pared cuando David saltó desde lo alto de la verja.

—Veinte.

David miró hacia arriba, Raúl ya había alcanzado la parte más alta y miraba su reloj. Había ascendido en tiempo récord.

—Dale, coño… —maldijo su compañero mirando hacia abajo.

Observó a Raúl quitar el gancho y recoger la cuerda mientras comenzaba a subir.

—Diez segundos. —La voz de Marco puso nervioso a David haciéndole trastabillar, pero continuó subiendo tan rápido como pudo—. Cinco…

—Cállate, cállate —intervino.

Raúl tiró de la cuerda por la que subía su compañero en el mismo instante en que el guardia doblaba la esquina.

—Por los pelos —balbuceó dejándose caer en el suelo del tejado.

Raúl le dio una colleja y sonrió.

—Espero que estés más hábil en el descenso.

—Lo intentaré, lo intentaré.

David se quitó la mochila, del interior sacó unos cables que se ató al arnés mientras Raúl se acercó a la claraboya que quedaba más centrada y con ayuda de un cortavidrio hizo un agujero por el que acceder al interior.

—Entrada realizada —confirmó extrayendo el cristal con sumo cuidado.

David se acercó a la claraboya y dejó la mochila junto a Raúl. Se colocó unas gafas que tenía en uno de los bolsillos y se agachó frente al agujero.

—Marco, ¿puedes ver algo?

—Negativo. Algo está impidiendo la transmisión —contestó. La señal que retransmitían las gafas parecía no llegar al portátil ubicado en la furgoneta—. Tendrás que bajar sin mi ayuda hasta que consiga solucionarlo…

—No te preocupes —intervino Raúl, al tiempo que terminaba de montar el trípode—. Ya tienes la polea lista.

David tragó saliva y ajustó los cables. Se acercó a la claraboya y con ayuda de su compañero se introdujo por el agujero.

—Perfecto. Estás dentro, sujétate.

Se agarró al borde y miró hacia abajo.

—¡Tengo visión! —exclamó Marco—. Lo he arreglado.

—¿Sí? ¿Qué ves?

—Espera. La señal infrarroja está detectando algo. —Marco observó con atención las imágenes que le llegaban a través de las gafas.

—¿Qué pasa?

—Vale, baja lentamente —sugirió Marco—. El perímetro alrededor de la caja fuerte tiene un sensor de presión. Tendrás que abrirla sin tocar el suelo.

David arqueó una ceja y le hizo una señal a Raúl. El trípode comenzó a soltar cable poco a poco.

—Diez metros. —La voz de Marco le indicaba la distancia que le quedaba—. Nueve, ocho, siete…

Raúl observaba a su compañero bajando con suavidad.

—Cuatro metros —dijo Marco—. Te estás desviando, trata de enderezar la caída. Tres.

David se balanceó hacia el lateral y a punto estuvo de golpearse con la propia caja fuerte.

—Vale —habló—. Tengo el panel justo delante.

—Dos, ocho, cero…

—Lo sé, lo sé… —intervino—. Tres, dos, cero, uno, ocho.

Un sonido de confirmación hizo que la puerta se abriera. David sacó una linterna del bolsillo e iluminó el interior de la caja fuerte.

—Tiene hasta cómics… —exclamó entre risas—. Menudo friki.

—No te entretengas —intervino Raúl—. Coge los que hemos venido a buscar y larguémonos de aquí.

—Ya voy, ya voy…

David alargó la mano y agarró un libro de grandes dimensiones con la cubierta roja.

—Y pensar que esto vale millones… —Enganchó el libro en uno de los cables que tenía en el arnés y miró hacia el techo—. Todo tuyo, Raúl.

Raúl apretó uno de los botones y el cable comenzó a recogerse, subiendo el libro mientras David sacaba el segundo volumen y lo enganchaba a un segundo cable.

—Vamos, bien, chicos. —La voz de Marco les tranquilizó.

Cuando extrajo el cuarto y último volumen lo sujetó con firmeza entre sus brazos y pidió a Raúl que le sacara de allí. El ascenso se produjo sin complicaciones, al llegar a la claraboya le entregó el libro a su compañero y esperó a que le ayudase a salir.

—¡Lo hemos conseguido! —exclamo David.

—No quiero ser aguafiestas —intervino Marco—, pero todavía tenéis que bajar de ahí…

—Pan comido —habló Raúl sacando de nuevo su arpón—. ¿Dónde está el guardia?

Marco miró a través de las cámaras, al tiempo que David metía los cuatro libros en el interior de una gran bolsa.

—Está justo debajo vuestro, tendréis que esperar un momento. —Raúl caminó hasta el borde y esperó la señal—. Ahora.

Disparó: el gancho voló por encima de la carretera y de la furgoneta clavándose en la fachada del edificio que había al otro lado de la calle. David pasó el cable por la polea que tenía la bolsa y tras comprobar que Raúl lo mantenía tenso, la lanzó.

Cuando su botín llegó al otro lado de la carretera, fijó el cable en el borde del tejado e indicó a su compañero que fuera el primero en descender.

—Espera —intervino Marco—, el guardia se acerca.

Raúl miró desde el borde y observó el lento y pesado caminar. Siguió sus pasos y cuando vio cómo doblaba la esquina empujó a su compañero. En el mismo instante en que David tocó el suelo, enganchó su polea al cable y saltó.

Marco salió de la furgoneta y les ayudó a entrar el botín.

—Corred —exclamó—. Vámonos de aquí.

Raúl se subió a la furgoneta y encendió el motor, mientras David abría la bolsa y contemplaba aquellos libros.

—El coleccionista pagará una fortuna por ellos… —habló Raúl al tiempo que apretaba el acelerador.

Marco cogió el teléfono móvil y se lo llevó a la oreja.

—Somos nosotros —informó con una amplia sonrisa—. Tenemos la primera edición de Las aves de América. ¿Dónde hacemos el intercambio?

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Pastilla amarilla

Tomo la pastilla y me la llevo a la boca. El doctor me mira con atención mientras sus ayudantes esperan a que ocurra algo.

—¿Cómo te encuentras, Fry? —pregunta mirando de reojo mi estatus en la pantalla de su tablet.

—Bien. —Me miro las manos y tomo aire—. No ha funcionado, ¿verdad?

—Estarás un rato en observación. —Le hace un gesto a uno de sus ayudantes y camina hasta la mesa que hay en la pared—. Es pronto para decirlo.

Me estiran sobre la camilla y comienzan a hacerme un chequeo. Ajeno a ellos pienso en el momento de la elección, un zumbido me nubla la vista y cuando desaparece me encuentro de nuevo hablando con el doctor.

—La pastilla amarilla, ¿entonces?

Miro a mi alrededor y contemplo mis manos.

—¿Fry? —La tablet emite un sonido y el doctor se muerde el labio al mirarla—. ¿Ocurre algo?

—Estoy un poco confuso…

—¿Sobre tu elección? —habla el doctor sin apartar la vista de la pantalla de la tablet—. Me has dicho que querías la pastilla amarilla. ¿Quieres cambiar?

Sé que me he tomado esa pastilla, pero no comprendo que está pasando. Asiento con la cabeza y señalo la azul.

—¿La azul? ¿Estás seguro?

Le quito la pastilla de la mano y me la llevo a la boca. Instantes después comienzo a notar un ardor que me recorre la garganta, retrocedo un par de pasos y me siento en una silla.

El doctor se acerca a una de las mesas que hay a su espalda y abre el cajón.

—¿Qué has hecho? —me pregunta apuntándome con un revólver.

—Nada —miento al tiempo que vuelvo a recordar el momento de la elección.

La vista se me vuelve a nublar y me encuentro sentado junto al doctor, quién me muestra, de nuevo, las cuatro pastillas.

—¿Qué pasaría si tomara más de una? —quiero saber.

—Podrías convertirte en una especie de mutante con poderes mágicos. —Hace una pausa al escuchar un pitido en su tablet—. También podrías morir.

—Suerte que solo vaya a tomarme una, ¿eh? —bromeo al tiempo que cojo la pastilla roja.

—Espera —exclama—, estoy viendo una actividad inusual en estos datos. Tu rendimiento cerebral ha aumentado en un cincuenta por ciento.

—Demasiado tarde —anuncio cuando me trago la pastilla.

El doctor se levanta y corre hasta la mesa, pero antes de que tenga tiempo de coger su arma recuerdo el momento en que me desperté esa misma mañana.

Cuando abro los ojos me encuentro en la habitación y por la ventana comienza a entrar el sol. En un par de horas, los ayudantes del doctor vendrán a por mí y volveré a revivir los últimos minutos.

Me levanto de la cama y me acerco a la puerta. Miro por la pequeña ventana que hay en ella y veo el pasillo. Comienzo a caminar por la habitación, tratando de averiguar que dos habilidades me han otorgado las pastillas azul y roja. Vuelvo a acercarme a la puerta y me quedo mirando fijamente el final del pasillo.

Consciente de que no he muerto con la ingesta de tres de las pastillas, y cada una de ellas me ha otorgado, supuestamente, un poder diferente, decido esperar a los ayudantes del doctor y elegir la pastilla que me falta.

Me tumbo en la cama y cierro los ojos hasta que la puerta se abre de sopetón.

—¿Doctor? —exclamo al verlo.

Así no es como lo recuerdo.

—Buenos días, Fry.

—Veo que lo que hoy haremos aquí es de suma importancia… Viene usted en persona a buscarme —hablo tratando de ganar tiempo y averiguar qué pasa.

—Por supuesto —contesta con una sonrisa—. Hoy haremos historia. Vamos, no demoremos más nuestra hazaña.

Caminamos hasta el laboratorio y me siento en la camilla. Observo las cuatro pastillas sobre una bandeja. Revivo las preguntas preliminares que me hace y cuando llega el momento de elegir, cojo la blanca.

—Doctor. ¿Hay alguna forma de que puedan anticiparse a algo que ocurra al tomar estas pastillas?

—Tenemos diversas formas de hacerlo, pero hasta que no ocurran no sabremos si funcionan.

Sonrío y me llevo la pastilla a la boca. El corazón comienza a latirme a mucha velocidad y caigo de rodillas al suelo.

—Por lo visto, estas píldoras sí que funcionan —ríe al tiempo que me derriba de una patada—. La pastilla blanca que te has tomado. Te matará, lenta y dolorosamente.

—¿Cómo has sabido que elegiría la blanca?

—No lo sabía. Simplemente hemos puesto lo mismo en todas las pastillas. Eligieras la que eligieras tu destino estaba sellado.

Intento viajar al pasado, al día en que firmé el contrato, pero soy incapaz de recordar aquel momento. Siento como las entrañas me arden y comienzo a toser sangre, me teletransporto sin saber cómo, hasta la mesa. Si he de morir que sea sin sufrir, abro el cajón esperando encontrar el revólver, pero está vacío.

—Te lo dije, Fry: lenta y dolorosamente.

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Negocios

Abro la botella y sirvo un poco de vino en mi copa y en la de BigMonkey.

—Me han dicho que es de excelente calidad —anuncio risueña, observando el líquido a contraluz.

—No entiendo cómo una guerrera como tú pierde el tiempo con estas bebidas primitivas —exclama rechazando la copa y apartándola a un lado—. ¿Vamos a hablar de negocios o qué? —añade colocando una bolsa sobre la mesa.

—¿No vas a dejarme disfrutar de este vino?

—Sabes que no me siento cómodo en esta nave —explica—. Y menos, estando él por aquí cerca…

—¿Brekhan? —exclamo mirando a mi segundo—. ¿Todavía no habéis hecho las paces?

—Antes me lanzo a un agujero negro.

—No, por favor. —Me acerco la copa a la nariz—. Dónde encontraría a un mono tan mono como tú, ¿eh? —añado guiñándole un ojo.

BigMonkey se levanta de la silla molesto y recoge la bolsa dispuesto a marcharse.

—Siéntate —le ordeno con semblante serio.

El primate me mira dubitativo, desvía la mirada hacia Brekhan y vuelve a mirarme.

—¿No me has oído?

—Su valor en el mercado negro son cien mil Bitcoins —dice sentándose de nuevo.

—¿Cien mil? —exclamo moviendo ligeramente la copa en círculos—. Ya veo… ¿Y cuánto quieres?

—Cien mil.

Aparto la vista de la copa y le miro forzando una sonrisa.

—No me interesa —anuncio volviendo a oler el vino.

—¿Cómo? Teníamos un trato —dice erizando el pelaje—. No puedes imaginar lo que me ha costado traerte esto… —añade mirando la bolsa.

—Teníamos un trato, sí. Pero tú no vas a fijar el precio.

—No estás en posición de negociar —exclama levantándose.

—¿Que no? —digo llevándome la copa a los labios—. Brekhan, díselo tú.

BigMonkey se percata cómo mi segundo se lleva la mano a la pistola por lo que desenfunda su blaster. Contemplo sorprendida cómo ese maldito mono agarra la bolsa y dispara a Brekhan en la sien. Da una voltereta sobre sí mismo y con la cola me lanza la botella de vino que hay sobre la mesa. Consigo esquivarla a duras penas mientras veo cómo huye de la habitación.

Me volteo y observo enfurecida el vino derramándose por el suelo. Me levanto, cruzo la puerta y me dirijo al puesto de mando.

—BigMonkey ha acabado con tres operarios en el hangar —me anuncian al entrar en la sala—. ¿Acabamos con él?

—No. Dejádmelo a mí —contesto acercándome al puesto de artillero.

Me pongo cómoda y contemplo en las pantallas cómo la nave de BigMonkey se abre paso por el hangar hasta salir al espacio exterior. Sigo con el visor sus escurridizos movimientos y cuando lo tengo a tiro, disparo con el cañón a máxima potencia.

—Eso por romperme esa magnífica botella de vino —sentencio al ver la nave desintegrarse en una gran explosión.

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El juego

Sus órdenes eran claras: seguir al pie de la letra lo escrito en la carta. El somnífero que le habían inyectado comenzó a desaparecer de su organismo; se levantó del suelo y miró la habitación.

Había un armario metálico, una pantalla apagada y una mesa de cristal con un sobre que contenía una carta. Se tambaleó hasta la mesa y recogió la misiva.

«Tienes veinticuatro horas para acabar con los otros tres jugadores si quieres sobrevivir. El juego comienza ahora.»

Un pitido le hizo levantar la vista y miró la pantalla. Una cuenta atrás había comenzado. Se volvió hacia la carta y siguió leyendo.

«Pasado ese tiempo, el collar que llevas puesto explotará y la única forma de desactivarlo es acabando con los demás.»

Inconscientemente se llevó la mano al cuello y lo notó, un metal frío que lo rodeaba por completo.

«En el interior del armario encontrarás todo aquello que puedas necesitar para lograrlo. Suerte.»

Inspeccionó la sala, había cuatro diminutas cámaras en cada una de las esquinas que lo monitorizaban todo. Caminaba hacia el armario cuando un sonido de descompresión le sobresaltó. Al girarse contempló como una puerta, hasta entonces oculta, se había abierto tras él.

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Pastilla azul

—¿Qué color eliges? —me pregunta el científico, ofreciéndome un cuenco con cuatro pastillas de diferente color.

—¿Qué efecto tiene cada una? —quiero saber.

—No lo sé —contesta—, tendrás que ingerir una para averiguarlo.

—No puedo echarme atrás, ¿verdad?

—Has firmado un contrato —responde el químico, moviendo el cuenco frente a mí.

—Sí algo sale… mal. —Cojo la pastilla azul y la contemplo unos segundos—. ¿Mi mujer recibirá el dinero de todas formas?

—Por supuesto. —El científico se da la vuelta y camina hacia lo que parece un horno—. Una vez te la tomes, el dinero será transferido a tu cuenta. Sea cuál sea el resultado.

Me llevo la pastilla a la boca y me la trago. Noto un sabor amargo, seguido de una acidez estomacal que hace que me retuerza de dolor. El científico, sin prestarme atención, abre la compuerta del horno y lanza el cuenco en su interior.

Caigo de rodillas y comienzo a sacar espuma por la boca. La cabeza me da vueltas, escucho una voz que se va acercando poco a poco hasta sentirla perfectamente.

«Mierda. Está sufriendo un ataque…»

—¿Cómo dices? —balbuceo, tratando de reincorporarme.

—No he dicho nada —contesta el químico, ayudándome a sentar.

«Pupilas dilatadas, respiración acelerada.»

Oigo su voz, pero no está hablando. Le observo mientras me toma el pulso.

«Ritmo cardíaco estable.»

—¿Cómo te encuentras? —Esta vez las palabras salen de su boca.

—Confundido.

«Secreción ocular evidente.»

Le escucho otra vez en mi cabeza. Me froto los ojos y me fijo en su boca.

—Déjame mirar —dice colocándome el brazalete del tensiómetro.

«Tensión…»

—¡Basta! —grito apartándome—. ¿¡Quieres dejar de hablar!?

—¿Qué dices…?

—Estoy escuchándote dentro de mi cabeza.

«Espera un momento… ¿Y sí?»

—¿Qué estoy pensando ahora mismo? —dice finalmente, retrocediendo un par de pasos.

—¿Cómo?

«El experimento ha sido todo un éxito.»

—¡Sí, joder! —exclama el químico—. ¿En qué estoy pensando?

—El experimento ha sido todo un éxito… —repito para mis adentros.

Guardo silencio y observo al científico.

«¿Por qué me mira así?»

Ahora lo entiendo todo, no me está hablando a mí. Sonrío y doy un paso al frente.

«¡Lo sabe! Tengo que andarme con pies de plomo…»

—¿Andarte con pies de plomo en qué? —le pregunto caminando hacia él.

—Puedes leerme los pensamientos, ¿verdad?

—Eso parece.

—Bien. El experimento ha sido todo un éxito.

—Eso ya lo has dicho antes…

—No. Solo lo he pensado —puntualiza.

—¿Por qué has tirado las otras pastillas al horno?

—No puedo arriesgarme a que te tomes otra.

—¿Por qué?

—La ingesta de dos de estas pastillas te provocaría la muerte. «O la capacidad de otra extraña mutación…»

—¿Otra mutación?

—Te prohíbo que me leas la mente —exclama el científico.

—Y si lo hago, ¿qué?

—¡Fuera! —grita llevándose las manos a la cabeza—. ¡Fuera de mi cabeza, te he dicho!

Le agarro de la bata y lo empujo contra la mesa.

—¿Qué cojones pretendes?

—¿Los efectos son reversibles?

Observo como niega con la cabeza y se deja caer al suelo.

—¡Perfecto! —exclamo frotándome las manos.

—Sé en lo que estás pensando —interviene el químico.

—¿Ah sí? ¿Tú también? —Suelto una carcajada.

—¿Crees que eres el primero en aceptar este trabajo?

Dejo de reírme. Me acerco a él y lo levanto por la pechera.

—¿Cómo? —exijo saber—. ¿Qué les ocurrió?

«Lo mismo que a ti.»

Sin tiempo a reaccionar me da un cabezazo que me derriba. Se da la vuelta y abre uno de los cajones.

—No te muevas, hijo de puta —me ordena apuntándome con una pistola.

—Tranquilo, tranquilo —exclamo alzando las manos—. Podemos llegar a un acuerdo.

—No. Te mentí cuando pensé que el experimento había sido un éxito —anuncia apretando el gatillo.