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Ciencia ficción

Estrella fugaz

(Continuación de “Telescopio“)

Cogió la botella de leche y se la bebió con desgana hasta terminársela. La dejó sobre la mesa y volvió a la silla. La noche era cálida y despejada, observaba un cielo repleto de estrellas a través de su telescopio de última tecnología. Sin dejar de mirar tanteó con la mano hasta dar con la caja de cigarrillos, con gran habilidad sacó uno del interior y se lo llevó a la boca. Mientras trataba de encendérselo observó como una estrella fugaz surcó el espacio momentáneamente.

—¡APARECED! —pidió a gritos tras parpadear sorprendido.

El eco producido espantó a algunos pájaros que aletearon alejándose de allí. Se levantó de la silla y miró al cielo eufórico.

—Apareced —musitó al tiempo que dejaba de sonreír.

Dio una patada al aire, enfadado consigo mismo, golpeando sin querer el telescopio y tirándolo al suelo. El sonido de un cristal rompiéndose le hizo contener la respiración. Se agachó a toda prisa y lo inspeccionó buscando algún desperfecto.

Tras encontrarlo, y maldecirse, supo que aquella noche no podría trabajar más, por lo que a regañadientes decidió irse antes de lo habitual a la cama y así poder madrugar y repararlo.

A la mañana siguiente, se despertó con los primeros rayos de sol. Tenía que conducir hasta el pueblo y encontrar una tienda dónde tuvieran lentes o repuestos para telescopios, y la calidad del suyo seguramente dificultaría la empresa. Cargó el aparato en la parte de atrás, sujetándolo bien, se subió al viejo todoterreno y descendió de la montaña a toda velocidad.

Al poco de entrar en la ciudad mientras conducía en busca de un lugar donde pudiera repararlo, se encontró con una tienda de fotos con un escaparate bastante ostentoso a la par que sencillo, por lo que decidió parar y preguntar. Aparcó justo delante y bajó del vehículo. La tienda pese a ser pequeña, tenía una gran variedad de productos. Cuando se acercó al escaparate observó los diferentes tipos de cámaras y telescopios que allí había. Ninguno era de la calidad del suyo, pero por algo tenía que comenzar. Se fijó que en la esquina inferior, había un anuncio escrito en alfabeto cirílico.

—¿Qué pone ahí? —preguntó intrigado señalando al cartel cuando entró.

—Un grupo de científicos rusos ha venido a la ciudad —explicó el vendedor—. Y están buscando gente que quiera trabajar con ellos —concluyó esbozando una sonrisa.

—¿Solo buscan a gente que hable y entienda el ruso?

—Eso parece. El que vino a dejar el cartel solo me habló en ruso… —contestó el vendedor—. No le entendí claro está, pero me pagó bien por colocar el cartel ahí… —Sonrió haciendo un gesto con la mano mientras se golpeaba el bolsillo. Al ver que su interlocutor fruncía el ceño y guardaba silencio, se aclaró la garganta—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Ayer rompí una de las lentes de mi telescopio y tengo que repararlo cuanto antes.

—¿Qué tipo de telescopio es? —preguntó el vendedor colocándose las gafas.

—Lo tengo en el todoterreno. ¿Te lo enseño?

El vendedor asintió y ambos hombres salieron del establecimiento.

—¡Increíble! —exclamó emocionado el vendedor al verlo—. ¿Puedo preguntar de dónde lo has sacado?— quiso saber inspeccionándolo con atención.

—Tengo buenos amigos

—¿Buenos amigos? —habló sorprendido.

—Sí. Buenos amigos… —contestó con sequedad.

Acordaron que pasaría a recogerlo a primera hora de la tarde por lo que dejó el telescopio allí y se dirigió al mercado para hacerse con víveres.

Después de pasar la mañana comprando fue a un pequeño restaurante cercano al centro para comer. Cuando terminó se dirigió a la tienda y tras observar con suspicacia el cartel de nuevo, entró. Tras un breve intercambio de palabras y varias preguntas que no volvió a responder, pagó por la reparación de la lente y se marchó. Se acercó al todoterreno y colocó con cuidado el telescopio en el asiento del copiloto, lo sujeto con el cinturón y cerró la puerta. Antes de arrancar, hecho un último vistazo a la tienda y se marchó de allí.

El camino se le hizo más largo de lo normal, las nubes ausentes toda la mañana comenzaban a agruparse amenazantes y una ligera brisa gélida comenzó a calarle en los huesos. Cuando llegó a casa colocó la comida en el frigorífico, se dirigió al jardín y ajustó el telescopio. Una vez hubo terminado y comprobado que funcionaba a la perfección se encaminó al lavabo y se tomó un baño caliente.

Había oscurecido cuando salió, también hacía más frío por lo que encendió la chimenea y se abrigó. Mientras la casa se calentaba se preparó la cena, una ensalada con tomates y zanahorias, acompañada de vino, para así entrar en calor lo antes posible. Cuando acabó, se levantó y se dirigió a la cocina, colocó los platos en el fregadero, agarró un par de melocotones y salió al jardín.

Frunció el ceño cuando se percató de que las nubes cubrían casi todo el cielo y no se veía ninguna estrella. Se acercó al telescopio y trató de encontrar alguna pero no lo consiguió.  Por lo que volvió al interior para coger una manta y la botella de vino. Una vez fuera se acomodó en la silla y esperó a que el cielo se despejara.

Ya comenzaba a dormirse cuando una fuerte explosión seguida de un destello en el cielo llamó su atención. Una luz brillante descendía a gran velocidad, se aproximó al telescopio y trató de visualizarla con él, pero lo único que consiguió fue ver un punto de luz muy resplandeciente.

—No puede ser… —exclamó al ver que la luz había caído en el bosque que había cerca de su casa con un gran estruendo.

Cogió la botella y le dio un último sorbo antes de salir corriendo, libreta y linterna en mano, hacía los árboles. Al entrar, un banco de niebla que dificultaba la vista le sorprendió pero siguió avanzando hasta llegar a un pequeño claro con un enorme cráter humeante. Se aproximó al borde y observó expectante.

—Кто там? —exclamó una voz desde abajo.

 

Puedes leer la continuación en: Sputnik 2

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Doctor Zaius

La alarma comenzó a sonar, tenían cinco minutos para desalojar las instalaciones, pero decidieron permanecer allí y finalizar su tarea. Hubieran terminado si no fuera por el maldito sistema informático, un error de proxy comenzó a causarles problemas cuando trataron de enviar la información a la nube. Era de vital importancia que consiguiera transferirla por si uno de los misiles Maverick que se aproximaban al laboratorio lo destrozaba todo.

En la enorme estancia había una especie de robot, conectado a unos cables, flotando en el interior de un depósito situado en el centro de la sala. Uno de los científicos intentaba apresuradamente enviar el fichero cifrado mientras otro comprobaba las constantes vitales del sujeto.

—Doctor Zaius. Todo listo para la siguiente etapa —habló una joven que se acercó con un maletín robusto y metálico.

El doctor Zacius asintió y se acercó a una silla que había junto a ellos. Se quitó la bata y extendió el brazo sobre la camilla.

—Lindsay, deberías marcharte —sugirió el doctor.

—¿Y perderme este momento histórico?

—Estas embarazada.

—Llevo años trabajando en este proyecto, un misil no va asustarme… —contestó sacando del interior del maletín un frasco Erlenmeyer con un líquido rosa en su interior—. Me casé con la ciencia mucho antes de hacerlo con mi marido.

Con la ayuda de una jeringuilla extrajo sangre al doctor, introduciéndola en una maquina conectada al depósito, luego cogió el frasco con el líquido rosa y vertió un poco en el mismo lugar en que había colocado la sangre.

Todos se volvieron y observaron al robot. Tras unos segundos comenzó a tener convulsiones, cada vez más violentas, hasta que de golpe paró, y cayó al fondo del estanque desconectándose de los cables.

—¿Ha funcionado? —preguntó uno de ellos.

El doctor Zaius se levantó y se acercó al depósito. Observando con admiración el robot que yacía acurrucado en el interior, rezó interiormente para que todo hubiera salido bien.

—¡Funciona! —gritó el científico que estaba sentado junto al ordenador—. ¡Está enviando el fichero!

—Doctor, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Lindsay al ver que el robot no se movía.

—Tenemos que comprobar que la cadena del ADN modificado está en la nube antes de que impacten esos misiles —dijo mirando por la escotilla del laboratorio.

No se habían percatado de que la alarma había cesado cuando de nuevo comenzó a sonar, esta vez más aguda y molesta. Tan solo quedaba un minuto para el impacto y el fichero todavía estaba subiéndose cuando el doctor Zaius se acercó a una de las compuertas del laboratorio.

—¡Entrad! —ordenó a su equipo al tiempo que la abría—. Quizás podáis salvaros si os envió al espacio en la cápsula de emergencia.

Sorprendidos por el giro de los acontecimientos, se quedaron inmóviles, observando atónitos al doctor.

—¡No cabemos todos! —exclamó Lindsay.

—¡Yo me quedaré! —gritó el doctor—. Si todo va bien ese robot nacerá con mi ADN y mi muerte tan solo será corporal. ¡Entrad!

El grupo de científicos miró por la escotilla y observó en la lejanía como varios misiles se aproximaban a la estación espacial en la que se encontraban. El doctor Zaius se acercó al estanque y miró con el ceño fruncido al inmóvil robot. Se maldijo y golpeó con fuerza el vidrio. Lindsay observó cómo caía de rodillas al suelo al tiempo que la compuerta se cerraba delante de ella.

Una voz robotizada inició una cuenta atrás que sonó por toda la instalación.

—Diez, nueve, ocho, siete…

El doctor Zaius se aproximó corriendo al ordenador. Al ver el fichero, con la cadena del ADN, subido sin problemas a la nube sintió una felicidad que fue interrumpida por el sonido producido al desacoplarse la cápsula de emergencia. Corrió hasta la diminuta escotilla que daba al interior de esta y con el pulgar en alto indicó a sus compañeros la garantía de que el fichero cifrado había sido enviado.

—Tres, dos, uno.

Los potentes misiles Maverick colisionaron contra la estación espacial en el mismo momento en que la cápsula salía disparada hacia el espacio salvando a sus tripulantes. El laboratorio voló en mil pedazos, destrozando todo el instrumental y matando al doctor en acto.

Lindsay observando aterrorizada como se alejaban de allí a toda velocidad se percató como un objeto metálico salía disparado del complejo entre las llamas, al tiempo que la explosión les alejaba de allí. Anunció a sus compañeros lo que acababa de ver y con los propulsores de la cápsula se aproximaron al objeto que flotaba en el espacio.

Para sorpresa de todos, cuando se acercaron descubrieron que el objeto metálico que Lindsay había visto era el robot que había en el estanque.

—¡Mirad! —gritó sorprendida.

Tras acercarse lo máximo que pudieron a él, trataron de evaluar los daños que había sufrido en la explosión. Estaba cubierto de hollín y con la misma postura en la que se encontraba en el estanque.

—¡Tenemos que recuperarlo! —exclamó mirando a sus compañeros.

—¿Cómo? —preguntó señalando la cápsula—. Si la abrimos moriremos todos…

—Pero… ¡No podemos permitir que vague eternamente por el espacio! —contestó abatida Lindsay.

Un golpe en uno de los laterales de la cápsula les sobresaltó. Miraron al exterior y descubrieron que el robot había desaparecido. Otro sonido les hizo mirar al techo.

—¿Qué es eso? ¿Dónde está el robot? —preguntó mirando a la joven.

—¡Es él! ¡El doctor Zaius! —exclamó ella al ver el rostro del robot saludando por la escotilla.


Puedes leer la continuación en: Todos trabajan para el señor Magnus

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Telescopio

Abrió la nevera y se percató de que no había hecho la compra. Tan solo tenía una botella de leche medio vacía y las sobras de la cena de la noche anterior. Odiaba encontrársela así, pero odiaba todavía más el tener la necesidad de querer tener la nevera llena cual consumista.

Intentaba vivir con lo justo, pero había sido criado en una casa donde los excesos estaban a la orden del día y el derroche era lo primero que se enseñaba. Se marchó de casa en cuanto cumplió la mayoría de edad, dejando a su hermana mayor y a sus padres desolados, y desde entonces apenas había vuelto a saber de ellos.

Cuando se independizó no tardo en echar de menos las comodidades que había dejado atrás, sobre todo, el dinero familiar que siempre le había permitido tener todo cuanto había querido. Comenzó a vivir una vida austera debido a la precariedad a la que se veía sometido, obligado a adoptar prácticas típicas del comunismo, por lo que se ganó el sobrenombre de “Bolchevique”. Cuando se enteraron, en el seno de su familia, de que había abandonado el capitalismo inculcado a la fuerza por sus padres, las relaciones familiares se rompieron totalmente.

Viéndose obligado a trabajar en cualquier empleo por muy mal pagado o denigrante que fuera pasó por cientos de trabajos antes de conseguir uno que le apasionara. Gracias a su pasión por la escritura y la lectura pudo ingresar en un periódico local con el que, poco a poco, fue consiguiendo un estatus social decente y un nivel de vida adaptado a sus necesidades y exigencias. Durante varios años trabajó duramente como columnista, la jubilación de uno de los redactores le catapultó hasta ese puesto de trabajo.

Su vida cambio inesperadamente cuando fue enviado a Roswell como reportero de campo. Según la teoría popular una nave extraterrestre se había estrellado en unos campos de maíz y había sido descubierta por uno de los granjeros que trabajaban allí. Rápidamente el gobierno de los Estados Unidos movilizó tropas militares y acordonó la zona, restringiendo el acceso. Durante su estancia allí realizó una investigación muy extensa en la que hablaba de los actos realizados por el ejército americano y los extraños sucesos que habían ocurrido en la zona.

El resultado fue la publicación del libro donde destapaba toda la verdad sobre Roswell y la enigmática Área 51. Fue todo un éxito de ventas, colocándolo en el centro de todas las discusiones sobre la vida inteligente fuera del planeta Tierra, haciendo justicia a todo el trabajo realizado. El prestigio adquirido le permitió poder viajar por el mundo entero de universidad en universidad dando conferencias sobre el incidente y sobre su teoría de la vida alienígena, convirtiéndose en un autor mundialmente famoso.

Habían pasado años de aquello y ahora se encontraba frente al frigorífico, observando con desgana las sobras. Malvivía en una cabaña de campo, alejada de la civilización en lo alto de la montaña, viviendo con la constante esperanza de que a través de su telescopio observara lo que una vez juró haber descubierto en Nevada.


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