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La serpiente

Me desperté al notar una mano acariciándome la cara interna del muslo. Entreabrí los ojos y contemplé, desorientada, los primeros rayos de sol filtrándose por la ventana de mi habitación.

—Buenos días. —Nada más escuchar su voz, recordé risueña la noche anterior.

La conocí mientras estaba fumando en la terraza de la discoteca. Tras un intercambio de miradas furtivas se acercó con la excusa de pedirme fuego y se presentó con descaro. Algo en su mirada, la seguridad con la que me hablaba y la sensualidad que desprendía provocó en mi interior el deseo de poseerla allí mismo.

—Hola. —Noté la pastosidad en mi boca cuando hablé—. Buenos días. ¿Qué tal has dormido?

No contestó, simplemente se limitó a tocarme, por lo que me dejé llevar y abrí más las piernas. Parpadeé un par de veces y me froté los ojos hasta conseguir verla con claridad. Contemplé, nuevamente, el tatuaje que recorría todo su cuerpo. A la luz de la mañana, la serpiente parecía real.

No pude evitar morderme el labio mientras notaba sus dedos jugueteando dentro de mí. Me sentía más viva que nunca y, sin apenas darme cuenta, me corrí. Observé cómo se llevaba los dedos a la boca con lujuria y me abalancé sobre ella.

Comencé a besarla e hicimos el amor por enésima vez; ella parecía no saciarse nunca y estuvimos toda la mañana metidas en la cama. En la única pausa que nos dimos, aproveché para ir al lavabo y me observé en el espejo.

Sonreí al verme: tenía corrido el poco rímel que aún me quedaba y varios chupetones por todo el cuerpo. Cerré los ojos y me llevé los dedos, con los que la había masturbado, a la boca notando su sabor en ellos.

Un sonido procedente de la entrada de casa me hizo volver a la realidad. Cuando salí del baño, el cuarto estaba vacío. No había rastro de ella ni de su ropa. Abrí la ventana para mirar por ella cuando una ráfaga de viento entró en la habitación e hizo que algo metálico sonara a mi espalda. Me giré y descubrí que la caja fuerte que tenía estaba abierta.

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Jarrón Mei Ching

Nada más entrar en casa lo noté. El ambiente estaba cargado: el olor a sudor y sexo impregnaban el lugar. Caminé sigilosa, tratando de no hacer ruido, directa a mi habitación. Unos gemidos procedentes del salón me hicieron despertar una curiosidad repentina y me desvié para inspeccionar. La lamparita sobre la mesa iluminaba tenuemente el rostro de mi compañero de piso. Tenía los ojos cerrados, una larga melena entre sus piernas que subía y bajaba le daba lo que parecía ser un gran placer y con una mano sobre la cabeza le mesaba el pelo con delicadeza.

Retrocedí sobre mis pasos sin dejar de observar aquella situación. Para sorpresa de todos, choqué con el jarrón Mei Chin que presidia la entrada al salón y cayó con gran estruendo. Me llevé las manos a la boca, intentando ahogar un grito y me quedé petrificada. Arturo se volteó sobresaltado y me miró.

—¿Sara?

—¡Perdón! —exclamé bajando la cabeza—. Ya me voy —añadí alzando la vista y descubriendo a Roberto, mi compañero de facultad , acuclillado frente al sofá.

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La habitación

Su perfume me envuelve nada más acercarme a ella. La miro de abajo arriba maravillándome ante su belleza. Me besa en la mejilla con ternura y la rodeo con un abrazo.

Caigo rendido ante su seductora presencia. Mirándola a los ojos, le cojo la mano y se la beso. Su sonrisa hace que mi corazón comience a latir más deprisa.

−Vayamos a nuestra habitación −propone ella−. Sé que todavía tienes dudas y no quiero que esta noche pienses en otra cosa que no sea yo.

Asiento con la cabeza y nos marchamos hacia el ascensor.

Una vez en la habitación, me besa el cuello y me baja los pantalones. Me empuja hacia la cama, comienza a bailar y a quitarse la ropa.

En este momento, mientras me lanza su sujetador con una sonrisa picarona, soy consciente de que ya no hay esperanzas de salvar mi matrimonio.

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Quítatelo

—Quítatelo —me ordenó señalándome el bóxer.

Acto seguido se abalanzó sobre mí, dejando sus pechos a escasos centímetros de mi rostro. Con la mano derecha comenzó a masturbarme sin quitarme la mirada de encima, observando con atención mi reacción, y disfrutando al verme morder el labio. Notaba su mano fría, pero un calentón recorría todo mi cuerpo haciéndome erizar el bello. Fue entonces cuando me acerqué a uno de sus pechos y comencé a lamerle el pezón, rozando el otro con la yema de los dedos.

Penélope gemía de placer cuando se agachó y comenzó a hacerme una felación. Mi respiración entrecortada la excitaban cada vez más mientras yo la miraba con lujuria, esperando que ella me mirara para correrme.

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Amor imposible

Carlos; eres el amor de mi vida y tengo que dejarte ir, y por más que me duela debo hacerlo. Sé que serás más feliz con ella. Ambos te queremos con locura, pero yo nunca te podré ofrecer lo mismo, y tú nunca, podrías corresponderme a mí como lo haces con ella. No puedo interponerme, sin ella no serías feliz. Debo de asumirlo y ser feliz por verte enamorado y contento.

 Siempre tuyo, Agustín.