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La cueva del dragón III

(Continuación de «La cueva del dragón II«)

Los gritos de Bonn retumban por toda la sala y los esqueletos no parecen suponer un problema. Rym respira aliviada al contemplar como su compañero acaba con ellos con suma facilidad.

—¡Muere! —exclama golpeando a un no-muerto—. ¡Tú también! —añade al girarse y atacar al que se le acerca por la espalda.

Rym se acerca a Bonn cuando derrota a todos los enemigos y le ofrece un poco de agua.

—Gracias…

Mientras recupera el aliento, Rym inspecciona la sala: es alargada y a ambos lados hay un hilera de sarcófagos.

—Debe de haber más de cuarenta… —informa desviando la mirada hacia el fondo de la estancia.

Unas escaleras conducen a lo que parece ser un gran sarcófago en una zona elevada.

—Tengo un mal presentimiento —interviene Bonn.

—No seas tonto. —Rym no puede evitar esbozar una sonrisa—. Vamos. —Le da un cachete en el culo y camina hacia las escaleras.

Bonn la sigue al tiempo que mira con desconfianza los huesos esparcidos por el suelo.

—No me fío… ¿Quién te dice que no vayan a levantarse otra vez?

—¿Los esqueletos? —contesta ella pateando una tibia que tiene delante—. Qué más da… Ni que te hayan supuesto algún problema.

—La verdad es que si —ríe.

Al subir las escaleras una nueva corriente de aire recorre la sala haciendo centellear las antorchas. Bonn se voltea y contempla como los esqueletos comienzan a alzarse de nuevo.

—¿Queréis la revancha? —exclama risueño, agarrando la maza.

Rym percibe una poderosa presencia mágica procedente del sarcófago justo antes de observar como este se abre con violencia. Bonn detiene su ataque y desvía la mirada hacia arriba.

—¡Cuidado, Rym! —avisa interponiéndose entre ella y el nigromante que acaba de aparecer.

El brujo levita y les lanza una bola de fuego que sale directamente de sus manos. Para sorpresa de Bonn, un escudo protector les protege del impacto.

—¡No! —grita, volviéndose hacia Rym—. No uses la magia.

—Pues acaba con él —sugiere ella frunciendo el ceño sin quitarle el ojo de encima a su atacante.

Bonn asiente con la cabeza y se prepara para entrar en modo berserker. Rym mantiene el escudo unos instantes y lo hace desaparecer en el mismo instante que Bonn carga escaleras arriba.

Un crujido a sus espaldas hace que Rym se volteé. Los esqueletos llegan a las escaleras y tratan de atacarle, pero consigue esquivarles saltando hacia el lateral. Cuando aterriza alza la mano izquierda al tiempo que hace un movimiento con la derecha e inspira profundamente. Un diminuto punto de luz surge de su mano, flexiona los brazos y lanza el conjuro contra los esqueletos quienes son repelidos hasta estrellarse en el fondo de la sala.

Bonn sube los últimos peldaños y se abalanza contra el nigromante quien se eleva para esquivar el mazazo y lanzarle un hechizo, dejándolo paralizado. El brujo se prepara para contraatacar. Levanta la mano izquierda y unas llamas comienzan a salir de sus dedos, creciendo hasta convertirse en una bola de fuego del tamaño de un barril. Bonn incapaz de moverse, entrecierra los ojos cuando una gran cantidad de huesos vuelan directo hacia el nigromante y le golpean por la espalda.

Rym dirige con el movimiento de sus manos los restos de esqueleto por el aire, arremetiendo una y otra vez al brujo. El hechizo sobre Bonn se desvanece en el momento en que el nigromante se encara con Rym y lanza la bola de fuego contra ella.

—¡No! —grita Bonn al observar a su compañera.

Rym traza un circulo en el aire y los huesos forman una barrera que evitan que reciba el impacto. El brujo señala hacia ella con las dos manos y lanza una nueva bola, esta vez mucho más potente.

Rym salta hacia atrás en el mismo instante en que la barrera de huesos queda reducida a cenizas. Coge aire y susurra unas palabras. Unos rayos comienzan a surgir de sus manos y los lanza contra el nigromante. Los dos conjuros chocan en el aire y danzan violentamente frente a los ojos de Bonn.

—¡Estoy segura que es muy bonito de ver! —habla Rym con dificultad—. ¿Pero podrías acabar con él de una vez?

Bonn al escuchar a su amada vuelve en sí y ataca al nigromante quien no puede hacer nada por esquivar el golpe. La maza impacta directamente en la cabeza del brujo y las llamas desaparecen haciendo que la descarga de Rym le golpee. El nigromante cae abatido a los pies de Bonn.

—Está… muerto —anuncia Rym dejándose caer de rodillas al suelo—. No siento su magia.

Bonn se acerca al manojo de ropa y lo inspecciona con su maza. Sorprendido, enreda la túnica en la punta y la eleva, pero no hay rastro del cuerpo del nigromante. Al lanzarla al suelo el sonido de una pieza metálica capta su atención. Se arrodilla ante la túnica y rebusca en su interior.

—¡Rym! —exclama al palpar lo que parece ser una diadema—. Creo que la hemos encontrado.

Cuando saca la reliquia y se la muestra a su compañera descubre aterrado a Rym tirada en el suelo.

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La cueva del dragón II

(Continuación de «La cueva del dragón I«)

—Creo que no ha sido buena idea entrar en esta cueva —habla Rym deteniéndose—. Estamos dando vueltas. ¿No hemos pasado antes por aquí? —añade al ver la bifurcación que tienen delante.

—Es posible —contesta Bonn sentándose en el suelo y dejando la antorcha apoyada en la pared—. Pero tenemos que encontrar esa reliquia sea como sea… Presiento que estamos muy cerca de ella.

—¿Tengo que recordarte como de fiable son tus presentimientos, Bonn? —dice Rym sentándose a su lado.

—Si lo dices por aquella vez en la montaña de…

—No, no —interviene—. No hace falta que te vayas tan lejos en el tiempo. ¿Ya te  has olvidado de la partida de dados de hace un par de días en la taberna del Mapache dormido? —Le mira con picardía y sonríe.

—¡Uf! —exclama llevándose una mano a la nuca—. Aquello si que fue una buena metedura de pata, ¿eh?

—Ya lo creo. —Ambos estallan en una sonora carcajada.

Las risas se expanden por los túneles hasta atenuarse en la distancia cuando de pronto Bonn se levanta y señala el camino de la izquierda.

—¿Puedo saber porqué? —espeta Rym cruzándose de brazos.

—Escucha —contesta llevándose un dedo a su oreja—. Nuestras risas todavía pueden oírse.

Rym se levanta, recoge la antorcha y se acerca a Bonn.

—Sabes que iría contigo hasta el fin del mundo, ¿verdad? —Le besa en la frente y le coge de la mano—. Sí dices que es este camino, iremos por él.

—Pues algún día tendremos que ir al fin del mundo —exclama al tiempo que inicia la marcha—. Pero esperemos que hoy no sea ese día.

—¿Porqué? —pregunta confundida.

—Primero quiero conseguir esa diadema que supuestamente te permitirá utilizar tus poderes sin sufrir consecuencias. —Se detiene y se gira—. Sé que utilizas tu magia a mis espaldas y que al hacerlo, aparte de sacrificar un valioso tiempo de tu vida, te sientes culpable por ocultármelo. Por eso es tan importante conseguirla —concluye besándola en los labios.

—Lo siento, Bonn.

—No lo sientas. Si yo tuviera tu don, ya hubiera muerto hace mucho tiempo. Es normal que quieras experimental con la magia. ¿Quién en su sano juicio no querría?

—Pero…

Bonn la hace callar colocándole un dedo en los labios.

—Vamos a por esa maldita reliquia —dice reanudando la marcha.

Al rato de caminar y dejar varios pasadizos atrás, llegan a lo que parece ser una enorme cámara mortuoria. Cuando entran en la estancia una corriente de aire les golpea y la luz de la antorcha se apaga quedándose completamente a oscuras. Bonn maldice por lo bajo, se detiene y trata de encenderla otra vez cuando un sonido llama su atención.

—¿Qué ha sido eso?

—Parecía algo pesado —susurra Rym—. ¿Qué ves?

Bonn inspecciona en la oscuridad y permanece en silencio.

—Veo varios sarcófagos… —dice en el mismo momento en que la tapa de uno de ellos se desliza hasta caer al suelo provocando el mismo sonido que antes.

—¿Se están abriendo? —pregunta Rym llevándose la mano a la empuñadura de su daga.

—Eso parece…

—No te separes de mí. —Bonn la coge de la mano y la guía en la oscuridad—. Será mejor no encender la antorcha.

Avanzan con lentitud por la sala cuando una luz emerge de la nada y les ciega momentáneamente. Las diferentes teas que cuelgan de las paredes se encienden una a una, delatando su posición a la docena de esqueletos que están saliendo de los sarcófagos. Los no-muertos cargan contra ellos, pero Bonn se adelanta a sus movimientos y embiste a los dos primeros, haciendo que sus huesos salten por todas partes. Agarra su maza y golpea a un par más.

Rym recula y observa como uno a uno, todos los sarcófagos de la estancia se abren y sus ocupantes se lanzan sobre su compañero.

 

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La diosa de la vida

La suma sacerdotisa subió los escalones hasta el altar con los brazos en alto.

—¡Oh, diosa de la vida! —Se detuvo en el último peldaño—. ¡Acepta esta alma!

Mery apartó la vista cuando el puñal cercenó el cuello de su hermana.

—¡Oh, diosa de la vida! —repitió la sacerdotisa. Su voz retumbó por todo el templo—. Acepta esta alma y haz que los ríos vuelvan a fluir por nuestras tierras.

Una de las consejeras sagradas se acercó al altar y colocó una copa bajo el corte, recogiendo la sangre. Mery apretó con fuerza a su hija sobre su pecho y rompió a llorar mientras un coro de voces comenzaba a cantar a la divinidad.

—¡La vida y la muerte son dos caras de una misma moneda! —La sacerdotisa cogió la copa y se la llevó a los labios—. ¡Oh, diosa de la vida…!

—¡Y de la muerte! —concluyeron al unísono todos los presentes mientras se terminaba todo el contenido de la copa.

La suma sacerdotisa se desplomó en el suelo. Mery alzó la vista deseando que la diosa hubiera escuchado sus plegarias y también se llevara el alma de quien había acabado con la vida de su hermana. Las consejeras sagradas se acercaron a la sacerdotisa y la voltearon. Un murmullo se extendió por el templo al ver que no se movía.

—Está llorando sangre —exclamó una de ellas—. El corazón no le late.

Los niños del coro dejaron de cantar y corrieron hacia su mentora.

—El agua… —balbuceó la sacerdotisa— volverá a regar vuestros campos de cultivo y acabará con vuestro sufrimiento…

—¡La diosa de la vida está hablando! —gritó la consejera al tiempo que se ponía en pie.

—¡Oh, diosa de la vida! —exclamaron todos haciendo una reverencia.

La sacerdotisa comenzó a elevarse del suelo, flotando entre los niños del coro y sus consejeras. Extendió los brazos y abrió los ojos. Era inconfundible, sus ojos, totalmente negros, certificaban que la diosa estaba allí.

—No dudéis. Cuando perdáis la fe en mí, un gran mal acabará con todos… —anunció la diosa.

Los presentes se miraron entre sí, desconfiando los unos de los otros. Mery sintió como la diosa la miraba fijamente. «Tu hermana forma parte de mí ahora, y el amor que te profesaba, también. No pierdas la esperanza». Le habló solo a ella, con la voz de su hermana, penetrando en su cabeza. No pudo evitarlo, se dio media vuelta y se marchó corriendo del templo.

Una de las consejeras sagradas se percató y la siguió. Cuando Mery llegó a casa y cerró la puerta tras ella, rompió a llorar. Se lanzó de rodillas al suelo y abrazó a su hija. La consejera abrió la puerta y guardó silencio mientras la mujer se recomponía.

—Mery… —habló pasados unos segundos—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué te has marchado así?

—¿Y ahora qué? —explotó—. ¿La muerte de Rimmy traerá de nuevo el agua a nuestros ríos?

—Conoces las reglas —intervino la consejera—. Cuando una mujer no puede servir a la diosa alumbrando nuevas vidas debe servirla de otras maneras.

Mery besó a su hija, la arropó y la dejó en la cuna.

—¿Cuál será su destino? —dijo mirando a la pequeña—. ¿Vivir recluida en el templo hasta que decida si acepta a la diosa de la vida y olvidarse de sus lazos familiares, o hacer como ha hecho su madre y, tiempo atrás su abuela, y parir tantas veces como sea posible para postergar hasta la eternidad esta religión?

—Me temo que ya sabes la respuesta. —La consejera abrazó a Mery—. Tu hermana no tenía dudas. Fue ella quien pidió ser sacrificada por un bien común. Nunca perdió la esperanza pese a parir a tres criaturas muertas en diferentes momentos de su vida.

Mery desvió la mirada hacia su hija y asintió.

—¿Crees que la diosa nos proporcionará agua?

—Estoy segura de ello. Hace meses que no llueve y el bosque se está marchitando. De las montañas no baja el agua ni regresan nuestros hombres. ¿Qué hemos podido hacer para sufrir semejante castigo?

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La cueva del dragón I

El sonido de los golpes retumba por todo el valle. En uno de los recodos, tras unos arbustos, un hombre cubierto de pieles y armado con una enorme maza trata de abrir un agujero en la ladera de la montaña.

—Te digo yo —masculla entre golpe y golpe—, que esta parte de aquí es la más endeble…

Una mujer, sentada en un tronco caído, le observa.

—¿Quieres qué chasque los dedos y haga la faena por ti? —propone risueña.

—¡Calla! No me hacen falta tus trucos de magia para tirar esta pared abajo…

La mujer se levanta, se sacude el polvo de su elegante túnica de color verde y se acerca a su compañero.

—Eres muy burro… —dice, poniéndole la mano sobre el hombro—. ¿Por qué insistes en no dejarme ayudar?

—La magia es peligrosa, Rym —dice apoyando la maza en el suelo—. No tengo problema en pasarme un día entero golpeando esta maldita roca si con ello evito que uses tus poderes.

—¿Acaso crees que moriré por abrir un hueco por el que podamos pasar?

—No quiero arriesgarme —dice tajante haciéndose a un lado y levantando de nuevo la maza tras el breve descanso.

—Pero me estoy aburriendo… —confiesa, mientras el bárbaro vuelve a golpear la piedra—. Por favor, Bonn…

El hombre se queda inmóvil, con la maza en alto, y la mira de soslayo.

—Haremos una cosa —dice cogiendo aire—: ve a por agua. Me irá de maravillas tras usar mi furia berserker. Cuando regreses, habré terminado y podremos ir en busca de esa maldita reliquia…

Rym se cruza de brazos y hace una mueca.

—Perfecto. Tú puedes volverte loco y liarte a mamporrazos, y yo no puedo usar la magia.

—Te lo he dicho miles de veces… —exclama girándose hacia ella.

—Ya, ya… —chista Rym al tiempo que se da la vuelta—. Usar la magia requiere un pago de sangre —añade imitando la voz grave de Bonn.

—¡Te he oído!

La mujer se marcha atravesando los matorrales, dejando atrás a su compañero.

Bonn agarra la maza con fuerza. Cierra los ojos y comienza a inspirar y espirar con vehemencia. Con pequeños espasmos, sus músculos comienzan a crecer hasta doblar su tamaño. Abre los ojos y ruge antes de abalanzarse sobre la montaña.

Rym se detiene cuando escucha el grito de su fiel compañero en la distancia. Una bandada de pájaros huye de la copa de un árbol y pasa sobre ella. Las diminutas aves pian mientras se alejan captando la atención de Rym, quien las sigue con la mirada hasta que se pierden en el horizonte.

La mujer sigue caminando hasta llegar a una pequeña laguna que emana de la misma montaña. Arrodillándose en la orilla, contempla su reflejo en el agua. Se echa atrás la capucha, dejando al descubierto su cabeza afeitada y suspira compungida.

Vhain ti poqa —susurra al tiempo que realiza un movimiento con sus manos.

Un halo luminoso la rodea y una larga cabellera, roja como el fuego, crece cubriendo su cabeza. Rym sonríe e intenta acariciar con melancolía la ilusión que acaba de crear.

Una fuerte vibración en el suelo, rompe el reflejo sobre el agua y el hechizo se desvanece al igual que su sonrisa. Rym se lleva la mano al interior de la túnica y saca una bolsa de cuero. Tras quitar el tapón la sumerge en la laguna y la llena.

Se levanta, guarda la bolsa y se cubre con la capucha antes de volver con Bonn. De camino, escucha los gruñidos de su compañero, se aproxima, ocultándose, y se detiene a observarle. En la ladera de la montaña hay un hueco por el que podría pasar un caballo. Bonn camina hasta el agujero y ruge. El eco retumba por el interior perdiéndose en la lejanía. Rym advierte que está saliendo del trance: Bonn comienza a menguar hasta adquirir su tamaño normal.

—¡Ese es mi hombretón! —exclama ella saliendo de su escondite.

—Te lo… —balbucea dejándose caer al suelo— dije… —concluye abatido.

—Bebe. —Rym le acerca la bolsa a los labios.

Poco a poco, Bonn comienza a respirar con naturalidad. Se arrastra hasta apoyar la espalda contra la roca y sonríe a su compañera.

—¿Qué?

—Nada —contesta él, acariciándole la mejilla—. Descanso un poco más y nos ponemos en marcha. ¿De acuerdo?

Rym asiente con la cabeza y le besa en la frente. Cuando se reincorpora nota algo en la nariz. Se palpa con las manos y siente el tacto caliente de la sangre. Se gira para que Bonn no la descubra y se acerca a la oscura entrada de la mazmorra.

—Menudo agujero has hecho, ¿eh? —habla tratando de disimular al tiempo que se limpia.

—Sí… No hay nada que se me resista —contesta Bonn alzando el puño.

Rym se acerca a su compañero y le arrebata la bolsa de cuero.

—Ahora vuelvo —dice alejándose de él—. Voy a llenar esto de agua.

—¡Pero si aún queda! —habla sin fuerza.

Bonn contempla como su compañera se aleja y trata de levantarse preparándose para atravesar los túneles subterráneos que tiene ante sí. Se coloca la maza en la espalda y se llena los pulmones de aire.

Lo expulsa con lentitud y repite la acción hasta que Rym regresa.

—¿Qué? ¿Nos vamos? —exclama ella lanzándole la bolsa.

—¡Vamos! —exclama Bonn en el mismo instante en que enciende una antorcha.

 

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Plano terrenal

Una figura de tez blanquecina camina junto a su pálido, pero esbelto caballo. Los rayos de la luna penetran por el bosque envolviéndolos en un halo de luminosidad. Oculta bajo un oscuro manto y aferrada a su guadaña, siente en sus huesos el frescor de la tierra húmeda. El sonido de la noche les rodea. No muy lejos de allí, un grupo de mujeres huyen directas hacia ella.

Unas criaturas les persiguen. Les dan caza.

Los gritos retumban por el bosque y la muerte camina hacia a ellos. Escondida en las sombras observa el festín de las alimañas hasta que saciada su sed de sangre y hartos de carne humana comienzan a alejarse. La muerte da un paso al frente y se acerca a los cuerpos desmembrados. Contempla a las víctimas. Las cuatro ancianas yacen en un charco de sangre. Blande la guadaña en el aire y rasga el plano terrenal. A través de los pliegues del corte aparece un páramo que se pierde en el horizonte.

El relincho del caballo despierta a las mujeres de su profundo sueño. Se levantan del suelo y advierten la presencia de la muerte.

—Venid conmigo —rezonga con sombriedad agarrando la guadaña con las dos manos.

Las mujeres asienten influenciadas por un aura oscura y cruzan al otro lado desapareciendo para siempre. La muerte reanuda la marcha, pero un crujido en lo alto del árbol hace que se detenga. Alza la vista y descubre a una niña mirándole fijamente. Ve el terror en sus ojos, no pestañea. Le está observando.

—Volveremos a vernos —le augura antes de desvanecerse ante sus ojos.