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Imagina

Cierra los ojos y comienza a crear. Aquí dentro puedes vivir cualquier cosa que desees. Solo hay una regla: no te censures. Tu mente es capaz de hacerte sentir aquello que te propongas. ¿Quieres sobrevolar los océanos y ver nuevos mundos? Tan solo hazlo. ¿Quieres revivir los momentos que han marcado el devenir de la humanidad? Hazlo también. Pero recuerda: no te censures.

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Sueño febril

El jeep circula a toda velocidad por lo que parece ser un desierto que no tiene fin. Noto el viento en mi cara cuando el todoterreno acelera al máximo. Algo me hace mirar hacia el lateral, observo como dos enormes cortinas de arena se acercan por ambos lados a mi posición y contemplo horrorizado como su altura se pierde en la inmensidad del firmamento. Vuelvo la vista al frente y veo en el horizonte, como el único camino libre, se estrecha a medida que me acerco a él. Mi corazón comienza a latir cada vez más rápido al verme ante aquella situación, soy consciente de mi incapacidad de hacer algo por evitar esos dos muros que amenazan con enterrarme con vida bajo ellos.

Un sudor frío recorre mi frente y me cae por la cara y la espalda. Vuelvo a mirar, y como en un círculo vicioso, observo las dos cortinas de arena acercase a mi posición, dirijo la vista al frente y contemplo un estrecho camino libre que se va cerrando poco a poco. Nunca llega a cerrarse del todo, y esos muros, nunca llegan a aplastarme, alargando mi agonía.

Vivo un constante sufrimiento y tras muchos años reviviendo esta situación soy consciente de que estoy soñando y comienzo a tener fiebre. Después de tanto tiempo no sé quién o qué conduce el jeep, desconozco si estoy o no en su interior. Simplemente agonizo por dentro viviendo y sintiéndolo una vez tras otra.

Finalmente, abro los ojos en el momento en que parece que voy a ser devorado por la arena, y efectivamente, estoy empapado en sudor. Me llevo la mano a la frente notándola excesivamente caliente. Pasados unos segundos, mi corazón comienza a latir un poco más despacio, a un ritmo más normal, mientras el sudor me baña bajo las sábanas.

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Polvo de hadas

—Cigo penzando que ez un ataque zuicida —repite Mikhaïl mirando desde el borde del rascacielos—. Zon cientoz, quizáz milez…

—Es la única solución. Mientras sigan elaborando ese polvo de hada y nos conviertan uno a uno, estamos bien jodidos. Cada vez somos menos… —Hago una pausa y contemplo cómo la naturaleza ha invadido la antigua urbe—. Dentro de poco, las únicas niñas que quedarán no tendrán edad suficiente para quedarse embarazadas.

—Tú erez de laz pocaz que puede, Olenka. Deja que cea otro el que lo haga…

—Lo sé, pero no puedo quedarme de brazos cruzados. —Tomo aire y compruebo que mi báculo esté imbuido de magia—. Además, no puedo pedirle a otra persona que lo haga.

—Pero erez nueztra líder. Ci muerez allí…

—No pienso morir ahí —intervengo señalando el rascacielos que hay delante nuestro—. ¡Se acabó la cháchara! ¡A vuestros puestos!

El grupo de jóvenes que nos acompaña asiente con la cabeza y se coloca a un metro del borde de la azotea. Mikhaïl y yo nos ponemos junto a ellos.

—Recordad: si alguno de nosotros es alcanzado por los polvos no tengáis miramientos y acabad con su vida antes de que se convierta. ¿Lo habéis entendido?

Corro hacia el borde y salto hacia el edificio que tengo delante. Utilizo mi báculo para propulsarme hasta la azotea y lanzo una bola de fuego que abre un agujero en la estructura por donde poder entrar.

—¡A por ezaz putaz hadaz!

Entramos en el rascacielos, pero para nuestra sorpresa, un grupo de hadas nos estaba esperando y, nada más vernos, se lanza contra nosotros. Mikhaïl alza su cayado y unos rayos se expanden por toda la habitación chamuscando a las diminutas criaturas.

—Vayamoz a laz ezcaleraz —sugiere, lanzando otra ráfaga de rayos para rematar a las supervivientes.

Avanzamos por la sala y abrimos la puerta con precaución, pero un par de hadas aparecen de repente y nos lanzan una nube de polvos. Consigo esquivarlos dando una pirueta hacia atrás, pero tanto Mikhaïl como los demás no pueden hacer nada.

—¡No! —grito, lanzando una bola de fuego en dirección a ellos.

—Erez nueztra última ezperanza… —dice Mikhaïl antes de ser consumido por las llamas.

Corro hasta el hueco de las escaleras y miro hacia abajo. Un enjambre de hadas vuela directo hacia mí. Lanzo un par de bolas de fuego y salto al vacío, decidida. Con ayuda del báculo amortiguo la caída y remato a un hada moribunda que revolotea desorientada.

Una vez en la planta baja, creo un escudo de fuego para evitar que me sigan y camino inspeccionado todos los recodos hasta llegar al vestíbulo.

—¡Qué sorpresa! —dice una voz—. De todas las personas, has tenido que ser tú la que llegue hasta mí…

—¿Quién eres? ¡Déjate ver! —exijo al tiempo que me rodeo con un escudo protector.

Un hada vestida completamente de negro y con una corona en la cabeza aparece volando tras una columna.

—¿Mamá? —exclamo al verle el rostro.

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Pastilla blanca

—¿Qué color eliges? —Me pareció escuchar.

Aquella mañana había decidido hacer una visita sorpresa a Marcus. Mi fiel editor había asumido el rol de creador durante mis merecidas vacaciones y yo había vuelto un día antes de lo previsto para ver cómo se desenvolvía.

—¿Qué efecto tiene cada una? —dijo una voz más aguda, mientras me ocultaba en las sombras para poder observarlo todo sin ser descubierto

—Lo desconozco. —Vi a dos personas en un decorado que tenía un gran horno al fondo de la sala. Uno de ellos vestía una bata de laboratorio y sostenía un cuenco—. Solo hay una forma de saberlo.

«¿Estoy teniendo un déjà vu

Cuando el hombre de voz aguda cogió la pastilla blanca el supuesto científico se alejó de él y caminó hasta el horno.

—¡Alto! —grité dando un paso al frente—. ¡Parad!

Todos en el set de creación se sobresaltaron. Marcus se volteó y me miró.

—¿Qué cojones es esto? —exclamé saliendo de las sombras—. Marcus, ven aquí.

—Descanso de quince minutos —balbuceó mi editor mirando a los presentes.

Marcus se levantó de su ostentosa silla y miró al suelo cabizbajo mientras los demás nos dejaban solos.

—¿Qué estás haciendo?

—Señor Anathema… Pensaba que volvía mañana.

—He querido venir antes y ver en que estabas metido… ¡Y menos mal! —exclamé alzando los brazos—. ¿Otra vez la historia de las pastillas de colores?

—Sí… ¿No le han gustado las otras dos?

—La cuestión no es si me han gustado o no —dije acercándome a él—. ¿Por qué una tercera historia con la misma premisa, Marcus?

Marcus traga saliva y carraspea.

—Hay cuatro pastillas en el cuenco —informó señalando al decorado—. Ahora tocaba el poder de…

—No. Se acabó —intervine—. Olvídate de las pastillas.

Caminé hasta la mesa del laboratorio y miré el cuenco.

—Tengo en mente una idea fabulosa —habló Marcus con tono decidido.

—Si tiene que ver con estas pastillas —dije cogiendo una—, no me interesa.

—Las tres primeras historias son una mera introducción para la cuarta y última —comenzó a explicar acercándose a mí.

—¿De introducción? —Me llevé una pastilla a la boca y la mastiqué.

—Sí. Necesito que el lector sepa que tres poderes otorgan las otras pastillas.

—¿Esto son grajeas normales? —quise saber señalando las pastillas restantes del cuenco—. Están muy ricas.

Marcus asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa.

—Vale. Déjame decirte que harás —comencé diciendo al tiempo que cogía las grajeas y me las llevaba a la boca.

Disfruté de su sabor mientras me dirigía a la silla en la que estaba sentado Marcus cuando había llegado.

—Primero vas a deshacerte de esto —dije tirando la silla al suelo—. ¿Quién te crees que eres? ¿Un director de cine?

—Yo… —balbuceó Marcus.

—Calla —le corté—. Luego vas a poner ese mismo cuenco, lleno de grajeas, en la mesa de mi despacho y te vas a encargar de que nunca este vacío.

Marcus me miró desconcertado, pero asintió con nerviosismo.

—Por último, te voy a dar otra oportunidad. —Los ojos de Marcus se abrieron de par en par—. Vas a escribir esa idea que tienes en la cabeza, y dependiendo del resultado: te dejaré escribir otra historia o no…

—¿Lo dice en serio? —exclamó acercándose a mí y dándome un abrazo.

—Totalmente, pero no te olvides de las grajeas.

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Megido

Le entrego una caja envuelta con papel dorado que reluce bajo el fuego.

—En su interior están la llave del abismo y la cadena con la que tendrás que atar al dragón una vez sea derrotado —le recuerdo.

—La protegeré con mi vida —contesta Mumiah abrazándose a ella.

Como jefe del ejército celestial bato mis alas, elevándome sobre las ruinas humeantes de la ciudad de Jerusalén y desenvaino mi espada.

—¡Ha llegado la hora! Allí —grito señalando al horizonte—, en el monte Megido, se está reagrupando el ejército de las tinieblas. Volaremos hacia el enemigo y acabaremos con ellos.

Los gritos de los ángeles me transmiten la confianza necesaria para consumar nuestro sino. Estamos a un paso de lograrlo: es nuestra última batalla y somos conscientes de que la paz está en nuestra manos.

Soy el primero en volar hacia al enemigo, no obstante, instantes después, tengo todo un ejército de ángeles a mis espaldas. Volamos tan rápido como podemos, pero a poca distancia de la ciudad somos atacados. Una enorme bestia emerge de entre las nubes y aniquila a varios de los nuestros con su llamarada.

—¡El dragón! —gritan al verlo.

Conseguimos recomponernos. Nuestra superioridad numérica nos permite rodearlo y empezar un ataque sincronizado que hace que en poco tiempo caiga derribado al suelo.

—¡A por él! —ordeno a mi ejército.

Los supervivientes vuelan hacia el dragón y lo inmovilizan mientras Mumiah se acerca a la bestia. Sonrío ante nuestra victoria cuando una lanza pasa por delante de mí e impacta en la espalda del ángel. Mumiah cae al suelo y el dragón aprovecha esa confusión para liberarse de sus captores.

Me vuelvo buscando al asesino y allí esta él, el líder del ejército de las tinieblas.

—¡Abadón! —grito consumido por la ira—. ¡Pagarás por esto!

Vuelo hacía él y le lanzo un tajo con la espada que esquiva sin problemas. Continúo atacando sin darle tregua. Abadón se ríe de mis equívocos intentos de herirlo. Su velocidad y determinación en el combate me superan con creces. Con un rápido movimiento se coloca a mi espalda, me golpea con fuerza en la nuca e impacto violentamente contra el suelo.

Pese al dolor que siento trato de levantarme. Quiero continuar con la batalla, aunque a duras penas consigo aguantar el equilibrio. Una cortina de polvo me rodea, pero consigo distinguir un haz, procedente de una espada concebida por las mismas llamas del fuego abisal, aproximándose a mí. Cuando creo que he esquivado el golpe, vuelvo a escuchar la risa de Abadón a mi espalda. Noto un intenso y enorme dolor cuando el filo de la espada cercena mis alas. Caigo de rodillas y contemplo como éstas desaparecen cuando tocan el suelo.

La nube de polvo se ha disipado y veo como la bestia está acabando con mi ejército. Abadón vuela hacia los escasos ángeles que aún hacen frente al dragón y comienza a masacrarlos ante mis ojos.

—No… —susurro desmayándome en el suelo incapaz de soportar tanto dolor.