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Histórica

Pompeya

Cassius dejó la tablilla de arcilla sobre el escritorio. Observó la máscara que decoraba la pared de la estancia mientras escuchaba cómo la lluvia caía en el atrio.

 Se levantó de la silla con lentitud, pensativo, y salió al pórtico. La estatua del sátiro parecía mirarle desde el interior del impluvium. Caminó hasta allí e introdujo las manos en el agua. El bello se le erizó con el cambio de temperatura. Se enjuagó un poco y se refrescó el rostro. Movido por el olor, se levantó y cruzó el patio dirección a la cocina.

Una esclava de origen libio preparaba la comida, pero al escucharlo entrar se volteó. Se limpió en un trapo y le ofreció una hogaza de pan y un poco de vino. Cassius aceptó el ofrecimiento y comió allí de pie, mientras le ordenaba con un gesto a la esclava que continuara con sus quehaceres.

Cassius la recorrió de abajo arriba con una mirada lasciva. Se maldijo a si mismo por no disponer de tiempo para fornicar con ella, por lo que se bebió el vino de un sorbo y se alejó de la cocina maldiciendo por lo bajo.

Volvió sobre sus pasos y se acercó al scriptorium. Recogió una túnica gruesa, cruzó el atrio y se detuvo al pasar de largo el lararium. Retrocedió de espaldas, se detuvo delante y lo miró. Musitó una plegaria mientras cogía un poco de incienso y lo prendía. Cassius se colocó la túnica para salir a la calle despacio, al tiempo que se embriagaba con el olor que comenzaba a mezclarse en el ambiente.

Una vez fuera, miró las nubes, estas comenzaban a descargar con menor intensidad. Caminó hacia el oeste, dirección al foro; hacia la entrada del macellum. Había quedado allí con Quintus, pero no había rastro del pompeyano. Aprovechó que no había mucha gente para entrar en el mercado y comprar un par de piezas de fruta.

—Cassius. —Una voz a su espalda le llamó. Cuando se giró, se topó de cara con Quintus—. Lamento mi tardanza.

—Amigo, no es propio de ti el llegar tarde. ¿Ha ocurrido algo?

—He tenido un problema con los esclavos en casa. —Quintus se llevó la mano a la nunca.

—¿Tú también? —dijo mientras salían del mercado—. El otro día en las termas, Brutus me contó que había tenido que vender a sus esclavos por que se le estaban sublevando… ¿De dónde los habéis sacado? Yo no tengo ningún problema con mis esclavos libios, acatan mis órdenes sin rechistar.

—¿Brutus Nosica? —Cassius asintió con la cabeza—. Tanto él como yo compramos a estos esclavos procedentes de las luchas que el emperador está realizando contra el Imperio parto. Al principio obedecían, pero no han tardado en dar problemas. Malditos bárbaros.

Caminaron calle abajo, dejando atrás la taberna de Hedones, doblaron la esquina y siguieron la marcha. Cuando pasaron por delante del lupanar una de las prostitutas que estaba junto a la puerta captó su atención con un silbido.

—Mis dos pompeyanos preferidos —habló cuando estos se giraron—. Hace días que no te pasas por aquí, Quintus. ¿No estás satisfecho con nuestro trabajo? —quiso saber al tiempo que se descubría los pechos.

—No podemos entretenernos —se disculpó—. Llegamos tarde, pero te prometo que cuando terminen los juegos me pasaré a sobarte esas enormes tetas.

La prostituta sonrió y le lanzó un beso que restalló en la abarrotada calle. Prosiguieron su marcha y al incorporarse al decumanus comenzaron a ver cómo eran muchos los que caminaban dirección al spectacula.

—Tengo entendido que viene mucha gente de fuera —informó Cassius cuando comenzó a ver la fachada del edificio en la lejanía.

—¡Aquí en Pompeya montamos unos juegos que son la envidia de otras ciudades! —exclamó Quintus riendo—. Es normal que vengan de todas partes.

—Lástima que no esté prohibida la entrada a esos malditos nucerinos —añadió Cassius negando con la cabeza—. De camino al macellum me ha parecido ver a unos cuantos, y estoy seguro de que en los juegos habrá varios de ellos…

Quintus se detuvo al contemplar las largas colas que había en las diferentes entradas al recinto. Se aproximaron a una y se detuvieron tras los últimos integrantes.

—Fíjate en eso, Quintus —susurró Cassius mirando a dos hombres que tenían delante en la cola—. Eso que llevan… ¿son espadas?

Quintus les miró e hizo una mueca. Eran claramente nucerinos, su caminar y su verborrea los delataba.

—Ahora que lo dices, no hay nadie vigilando los accesos al recinto —habló finalmente Quintus—. Habrá que estar atentos…

Continuaron avanzando hasta que llegaron a sus asientos y comenzaron a observar a su alrededor. La gran mayoría eran conciudadanos, pero justo en una de las vomitorias de acceso había un gran número de nucerinos armando escándalo.

Un hombre grande entró a la arena y caminó hasta el centro. Brutus golpeó a Cassius en el brazo y señaló al pregonero. El hombre se detuvo y esperó hasta que el público enmudeció.

—Recordar, queridos pompeyanos que Liveneius Regulus ha sido el promotor de estos maravillosos juegos —gritó el pregonero con una voz grave desde el centro de la arena—. ¡Qué comiencen las luchas!

La algarabía del público hizo retumbar la cavea y tan pronto como el pregonero salió de la arena, aparecieron los primeros gladiadores. Dieron una vuelta al recinto pavoneándose y regocijándose con el jolgorio de sus seguidores, deteniéndose a saludar a la multitud que coreaba sus nombres. Cassius no les prestaba atención, su interés estaba en el grupo de nucerinos que había visto armados.

En el mismo momento en que los gladiadores comenzaron a luchar, los nucerinos comenzaron a gritar e insultar a los que estaban cerca suyo.

—Ya han comenzado —le espetó a Quintus, dándole un codazo—. Mira.

Quintus se volvió hacia la vomitoria cuando Cassius rebuscaba en la túnica y cogía la última pieza de fruta que le quedaba.

—¡Bárbaros! —gritó lanzándosela con rabia—. Marchaos de nuestra ciudad.

La fruta voló por encima de la cabeza de los espectadores e impactó en el rostro del que parecía ser el cabecilla. El golpe lo hizo desequilibrarse y chocar con sus compañeros. Trató de hacerse un hueco a empujones. Desenvainó su arma y se abalanzó sobre los espectadores.

Quintus miró a su amigo y rápidamente se volvió hacia los nucerinos. Al parecer no eran los únicos armados, y el combate de las gradas eclipsó al que se producía en la arena.

La gente comenzó a huir del recinto mezclándose entre sí. Quintus y Cassius consiguieron salir al exterior sin contratiempos, empujados por la multitud. Una vez fuera, observaron aterrados como los altercados se estaban expandiendo por toda su ciudad.

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Histórica

Los primeros en irnos

He quedado con Elif en la cafetería. Cuando llego está leyendo el periódico y bebiéndose una cerveza.

—Buenas tardes —saludo sentándome frente a ella.

—¡Vaya semanita con los rusos y Siria! —exclama sin levantar la vista del panfleto—. Y nosotros cubriendo el notición de la galería de arte, ¿eh? —dice, ahora sí, mirándome.

—Ya tuve suficiente con el golpe de estado… Me gusta mi trabajo, pero me gusta más mi vida.

—Pero un poco de acción nunca viene mal —prosigue dejando el periódico sobre la mesa y atusándose el pelo—. Te haces viejo, Yusuf.

Un camarero se acerca y toma nota de mi pedido. Observo la cafetería y me parece reconocer otros reporteros. Consigo ver a Nuray, la corresponsal del Hürriyet, quien charla amistosamente con Demir, el nuevo redactor jefe del periódico Sabah.

—¿No querías acción? —reanudo la conversación con Elif—. Allí tienes a tu querida amiga Nuray…

La muchacha se voltea y observa a la pareja unos segundos.

—¿Y qué? —pregunta al no ver nada fuera de lo común.

—¿No sabes con quién está? —Elif niega arqueando una ceja—. Demir Bozkurt.

—¿Ese de ahí? —musita señalando con el pulgar sin volverse—. ¿Y qué hace la petarda esa?

—Le estará haciendo la rosca para que la contrate —afirmo al tiempo que traen mi bebida.

—A este paso, nos vamos a pudrir cubriendo noticias de mierda. ¿A quién le importa la exposición de los cojones?

—A nadie, pero de cara a la galería, Europa verá como Erdoğan hace por reducir las tensiones con Rusia.

Elif se bebe la cerveza de un trago y se levanta.

—¿Vamos a preparar el equipo de grabación?

—¿A qué viene tanta prisa? —exclamo enseñándole mi cerveza—. Acabo de pedírmela…

—Te espero fuera —anuncia ella sacando un paquete de tabaco de la mochila.

Recojo el diario y comienzo a hojearlo cuando el sonido de unas sillas hace que levante la mirada. Demir y Nuray se han levantado de la mesa y se dirigen a la salida. Miro hacia el exterior y observo a Elif moviendo los brazos, para luego señalarme el reloj de su muñeca. Apuro la cerveza y me reúno con ella en el exterior de la cafetería.

Mientras caminamos hacia el museo acordamos hablar con Karlov, el embajador ruso encargado de pronunciar el discurso de inauguración, tras su intervención. Una vez dentro, nos colocamos a la izquierda de la sala y comienzo a montar el trípode de la cámara, mientras Elif habla con el traductor del embajador.

—¡Hecho! —anuncia dándome una palmada en la espalda—. Seremos los primeros en hablar con él.

—Y los primeros en irnos —celebro dedicándole una sonrisa.

El embajador entra en la sala y tras intercambiar unas palabras con su traductor se dirige al atril que han preparado en el centro de la sala. Un joven policía vestido con un traje oscuro y camisa blanca se coloca unos metros atrás, a la derecha de Karlov.

La cámara está grabando un primer plano del embajador cuando contemplo como el joven saca un arma y dispara al techo. Como acto reflejo abro el plano de la cámara y sigo filmando. El policía vuelve a disparar, pero esta vez a la espalda de Karlov quien cae abatido al instante. El joven apunta hacia nuestra zona y dispara dos veces. Noto un ligero dolor en el brazo y me lanzo al suelo cubriéndome la cabeza. Elif se acerca y me arrastra tras una columna.

—Es superficial —susurra mirándome el brazo.

—¡Allahu Akbar! —escucho gritar al policía—. ¡Allahu Akbar!

Miro la pantalla de la cámara y contemplo como el plano está grabando al terrorista caminando por la sala.

—¡Nosotros morimos en Alepo, vosotros morís aquí! —grita alzando el dedo índice mientras sujeta la pistola con la derecha.

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1995 Rugby World Cup

Cuando salté al césped del Newland’s Stadium para enfrentarme a la selección inglesa en semifinales, no podía imaginar lo que me depararía el destino pocos minutos después.

Tras escuchar el himno inglés seguí a mis compañeros hasta el centro del campo y nos colocamos en formación. Un nudo en el estómago me invadió cuando comenzó el Ka Mate, observé a los ingleses como nos miraban con temor mientras me preparaba para la inminente batalla. Finalicé la danza con un salto que hizo desaparecer ese nudo que me había hecho sentir tan vivo y me coloqué en mi posición, cerca del lateral del campo.

Tras el saque inicial corrí hasta el lugar en que caía el oval pero el silbato del árbitro evitó que consiguiera hacerme con él. Retrocedí y observé como mis hermanos ganaban la primera melé del partido, trasmitieron el balón con velocidad hasta la otra banda.

Cuando el oval volvía hacia mi lateral aceleré y me coloqué junto al portador del balón. En el mismo momento en que recibí la pelota tuve que esquivar al defensa rival, y sin tiempo para pensar, el centro inglés me alcanzó y trató de derribarme dándome un golpe en la pierna que me hizo perder el equilibro. Tras luchar por no caerme conseguí evadirlo, me enderecé y ataqué al zaguero rival. Tras pasar por encima de él me lancé a la zona de ensayo abriendo el marcador.

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Yerno y amigo

César consiguió llegar al puerto tras sobreponerse a la tormenta enviada por Júpiter. Navegó, con su mermado ejército, desde Asia hasta contemplar la ciudad de Alejandría. Había escuchado que su adversario se dirigía a la gran ciudad reclamando favores y ayudas.

Cuando atracó y descendió de su nave, Potino, el visir del reino, le recibió con una amigable bienvenida y le informó de que Ptolomeo le esperaba en el Palacio Real. De camino allí, reparó en que había una excesiva guarnición vigilando las calles, y entendió que su presencia y la de los soldados romanos no eran del agrado de la población cuando comenzaron a formarse alborotos a su paso.

El palacio se levantaba al lado de la ribera y los jardines florecían en torno a él. Era difícil comprender cómo un paraje tan vivo y verde crecía en un lugar tan árido como aquel. Potino le pidió entrar solo al palacio pero César se negó, y una escolta de sus siete mejores hombres le acompañó al interior.

La decoración no se alejaba mucho de la que él conocía: grandes columnas a lo largo de enormes estancias pintadas con murales y colores vivos. Ptolomeo le esperaba sentado en un trono, elevado sobre nueve escalones, y acompañado por dos esclavos que le aventaban. César caminó hasta allí mientras observaba ambos laterales de la sala. Hombres y mujeres desnudos disfrutaban de abundante comida y bebida mientras unos músicos tocaban para ellos.

César llegó a la escalinata del trono flanqueado por su escolta y saludó a Ptolomeo inclinando la cabeza. El faraón se levantó y descendió ocho de los escalones. Con un simple gesto, uno de los esclavos se acercó a César y le ofreció una copa de vino. Este rechazó la oferta y preguntó directamente por Pompeyo.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Ptolomeo y miró al visir, quien hizo llamar a un emisario. Del fondo de la sala surgió un hombre con una cesta en las manos, se aproximó al cónsul y con una reverencia se arrodilló ante él y la elevó. César miró al faraón, quien le indicó que la abriera.

En su interior se encontraba la cabeza de Pompeyo. Una gran cantidad de pensamientos envolvieron a César, con templanza alzó la vista y exigió explicaciones. La sonrisa del monarca se desvaneció ante el tono de voz con el que le habló. Potino dio un paso al frente y contó cómo Pompeyo había llegado a Alejandría pidiendo ayuda. Le ofrecieron asilo y durante una cena fue asesinado, mostrando lealtad a Roma y al ejército de César.

El cónsul romano escuchó todo el relato con solemnidad y al terminar preguntó por el emplazamiento del cuerpo. Al obtener la respuesta se volteó y se marchó de allí en silencio. Cuando salió del palacio real se reunió con el centurión, le ordenó encontrar el cadáver de Pompeyo y enviarlo a Roma para que pudiera tener un entierro digno como el buen romano que fue.

César se dirigió entonces a su estancia y se encerró en ella. Se acercó al pupitre y comenzó a redactar lo ocurrido desde su salida de Asia. Cuando llegó a la parte en la que el emisario le hizo entrega de la cesta, no pudo evitar derramar unas lágrimas por el fatal destino del cónsul romano, antiguo yerno y amigo, lamentándose al no haber podido ofrecerle su perdón.

Aquella misma noche, mientras bebía vino y contemplaba la ciudad desde uno de los balcones observó cómo reinaba la calma. Se percató de cómo una pequeña comitiva, liderada por un discreto carruaje, se aproximaba al palacio por un callejón y se paraba ante el pórtico que daba acceso al museo. Su curiosidad se vio interrumpida por la entrada en la estancia del centurión informándole del hallazgo del cuerpo de Pompeyo.

El soldado le narró cómo había sido hallado semienterrado bajo la arena y llevado a uno de los barcos el cual estaba preparado para zarpar, a la espera de sus órdenes. César dio su aprobación y despachó al soldado al tiempo que volvía al balcón. El carruaje había desaparecido y no había rastro de luces por los alrededores.

La puerta volvió a abrirse. Entraron dos fornidos hombres con una alfombra, la dejaron cuidadosamente en el suelo, hicieron una reverencia y se marcharon. Alertado, la contempló desde allí y notó un movimiento en el interior. La alfombra comenzó a desenroscarse y apareció la mujer más bella que había visto en su vida.

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Desobedeciendo las recomendaciones

El doctor salió de la habitación y se aproximó a Richard.

—Señor Backings, mi más grata enhorabuena. Su esposa está embarazada —anunció para sorpresa de todos—. Las náuseas, los vómitos y mareos no son más que una consecuencia del estado en que se encuentra.

—¿Está seguro? —habló mirándole a los ojos—. ¿Puedo pasar a verla?

—Me temo que es mejor que la deje reposar un par de horas. La enfermera se encargara de todo cuanto necesite. A la noche podrá hablar con ella con tranquilidad.

Richard se llevó la mano al mentón y asintió.

—Muchas gracias doctor —dijo tendiéndole la mano—. Jocelyn le acompañará a la salida.

La sirvienta dio un paso al frente y con un gesto indicó el camino al anciano doctor. Richard esperó hasta que el sonido de los pasos se alejó lo suficiente y se acercó a la puerta de la habitación donde se encontraba Maggie.

En el interior no se escuchaba nada salvo un tenue tarareo. Desobedeciendo las recomendaciones del doctor abrió la puerta. La enfermera al verlo dejó de cantar y se levantó de la poltrona que había junto a la cama.

—Buenos días, señor.

Richard sonrió y cerró la puerta. Se aproximó a su esposa y la observó.

—¿Se encuentra bien?

—Sí, ahora duerme. Ha pasado mala noche —explicó—. Me he tomado la libertad de cantarle una canción para que conciliara el sueño.

—Muchas gracias —contestó Richard—. ¿Puedo quedarme con ella?

—Por supuesto, señor, si necesita algo estaré al otro lado de la puerta —asintió y salió de la habitación cerrando la puerta con cuidado.

Richard se sentó a la poltrona y observó cómo Maggie respiraba plácidamente. Le apartó un mechón de pelo de la cara y le cogió la mano con suavidad. Su piel era lisa y fina, y al tacto estaba caliente, al contrario que la suya. Por temor a despertarla le soltó la mano y se acomodó en la poltrona. Observó el periódico que había sobre la cómoda, alargó el brazo y comenzó a leerlo.

 —Querido —susurró Maggie cuando despertó al cabo del rato—. ¿Qué ha dicho el doctor?

Richard dejó el periódico, se acercó a su esposa sentándose junto a ella en la cama y le cogió las manos.

—Estás embarazada —anunció pletórico.

—¿Embarazada? ¿Vamos a tener un bebé? —Al verlo asentir se levantó de la cama y se lanzó a sus brazos—. ¡Querido, qué alegría más grande!

De repente Maggie se puso sería.

—¿Qué ocurre? —quiso saber Richard.

—¿Crees que podré viajar a Nueva York en el estado en que estoy?

—Claro que sí. Estás en el inicio del embarazo —contestó—, además, el viaje durará unos cinco días, no más.

Maggie sonrió ante las palabras de su esposo y se volvió a recostar en la cama.

—Descansa. El doctor ha dicho que tienes que dormir.

Richard la arropó y se dirigió a la puerta. La enfermera esperaba paciente en la habitación contigua y se acercó a él nada más verlo salir.

—¿Puede hacerse cargo de ella? —habló mirando al interior—. Tengo asuntos que tratar antes de la hora de comer.

La mujer asintió y se dirigió al interior. Richard hizo llamar a Jocelyn y le preguntó por las maletas.

—¿Querrán ropa de abrigo los señores?

—Sí —contestó—. Si necesitas ayuda con el equipaje, pídele ayuda a Dave.

—¿El señor se marcha?

—Tengo una reunión en una hora. Si Maggie pregunta por mí, dile que volveré antes del anochecer. —Jocelyn se disponía a marcharse cuando Richard la volvió a llamar—. ¿Podrás recordar al servicio que mañana a primera hora partiremos hacia el puerto?

La sirvienta asintió con la cabeza y se marchó.

***

Richard llegó a casa tan temprano como acabó la reunión. Jocelyn le cogió su abrigo y su sombrero, y le dio la bienvenida.

—¿Todo listo para mañana?

—Sí, señor. A primera hora de la mañana tendrá el coche en la puerta con todo el equipaje dentro.

—Tú vendrás con nosotros —espetó—. Durante el viaje y la estancia en Nueva York serás la asistenta personal de Maggie.

La sirvienta abrió los ojos y le miró boquiabierta.

—¿No estás contenta?

—Sí, sí, por supuesto —exclamó desconcertada—. Es una gran noticia.

—¿La cena está lista? —Jocelyn asintió—. Perfecto. Puedes retirarte, esta noche no necesitaremos de tus servicios. Además, tendrás que preparar tu maleta —concluyó con una sonrisa.

***

Maggie se cubrió con las sábanas, se abrazó a su esposo y le besó.

—Mañana dará comienzo nuestra nueva vida —le susurró al oído—. Estoy un poco nerviosa.

—No tienes nada de qué preocuparte. —Richard le acarició la mejilla—. Hoy he comido con los inversores americanos y el contrato está firmado. Tú y nuestro bebé —prosiguió colocando la mano en la barriga de Maggie—, tendréis todas las comodidades del mundo. Pero ahora descansa, mañana será un día muy largo —concluyó besándola en la frente.

Cuando despertaron al día siguiente el ajetreo en las habitaciones contiguas les recordó que tenían que levantarse y comer algo antes de marcharse. Richard llamó a Jocelyn y le pidió que ayudara a vestirse a Maggie.

Una hora después, tras un opulento desayuno, salieron de casa y subieron al coche. Llegaron al puerto de Southampton un par de horas antes de que zarpara el barco. El muelle estaba abarrotado de personas, apiladas en filas, delante de las diferentes rampas de acceso. El coche de los Backings se abrió paso entre la multitud y estacionó frente la entrada de primera clase.

Jocelyn ayudó a Maggie a bajar y esta contempló asombrada la majestuosidad del buque que tenía ante sus ojos. Richard se acercó por detrás y le colocó las manos sobre los hombros.

—Querida, maravíllate con el Insumergible. Bienvenida al Titanic.