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Histórica

Tangata manu

Hetereki se aproximó al acantilado. El cielo totalmente negro descargaba sobre el océano una intensa lluvia. El viento y el contacto de las gotas le erizaron el vello. Miró a su alrededor y observó a los otros Hopu manu saltando al vació sin dudar. La lluvia le impedía ver con claridad pero pudo ver como uno tras otro se zambullían entre el oleaje y aparecían un par de metros más adelante nadando entre las grandes olas.

Se giró a su izquierda, el Hopu manu del clan del norte permanecía en el borde, dubitativo. Este le miró, y tras coger aire saltó ahogando un grito. Hetereki lo siguió con la mirada y observó que le pasaría a él si no saltaba con la suficiente fuerza como para alejarse de las rocas.

El cuerpo fue escupido hacia las rocas tiñéndolas de rojo. Comenzó a notar como el estómago se le encogía, dejándolo petrificado. Se agarró con fuerza a su totora y saltó tan lejos como pudo. Mientras caía observó cómo los primeros Hopu manu que habían saltado ya estaban llegando a Moto Nui. Un instante antes de zambullirse en el agua cogió tanto aire como pudo y cerró los ojos. La corriente le arrastró contra las rocas, pero contra todo pronóstico consiguió salir a la superficie, y agarrado a su totora, comenzó a nadar para alejarse de ellas.

El firmamento se estremecía con los fuertes relámpagos y los truenos surcaban con violencia las nubes, iluminando la zona. Las olas le arrastraban hacia las rocas, por lo que cambió de estrategia tras luchar en vano contra el oleaje y decidió nadar hacia el lado para dejar de ir contracorriente. En el momento en que se alejó un poco de la orilla viró y volvió a nadar directo hacia la pequeña isla.

Cuando llevaba un largo rato nadando y se acercó al islote, escuchó unos gritos, al parecer alguien que estaba escalando se había desprendido a pocos metros de llegar a lo más alto. Hetereki continuo su avance y llegó a Moto Nui en el mismo instante en que otro Hopu manu caía contra las afiladas rocas que rodeaban la isla. El sonido del golpe le estremeció y a punto estuvo de vomitar cuando observó el estado en que había quedado el cuerpo. Desviando la mirada, se acercó a la orilla con precaución y comenzó a ascender.

Cuando llegó a lo más alto, observó cómo dos Hopu manu peleaban entre ellos. El más corpulento de ellos sostenía en sus manos un huevo, mientras que el otro, del clan de las orejas cortas, trataba de quitárselo aprovechando que era más rápido.

 Ambos se giraron al ver a Hetereki, pero el más pequeño aprovechó esa distracción para arrebatarle el huevo y huir dirección al acantilado. El Hopu manu gritó colérico y persiguió al ladrón. Justo antes de que consiguiera saltar al agua, consiguió golpearle en la pierna haciendo que se precipitara acantilado abajo, desapareciendo entre las rocas.

Hetereki observó como el Hopu manu se maldecía al ver el huevo destrozado en el suelo y corrió en busca de otro nido tras dedicarle una mirada de desprecio. El graznar de los Manu Tara era ensordecedor y el sonido prevalecía sobre los truenos y el oleaje. Hetereki corrió en busca de un nido al tiempo que los pájaros volaban desafiantes a ras del suelo ante aquellos ladrones e invasores.

Hetereki consiguió encontrar un nido con un huevo. Por lo que se agachó y cogió uno antes de volver a toda velocidad hacia el acantilado y nadar de regreso a Rapa Nui.

Mientras bajaba con precaución hasta su totora escuchó un grito procedente del agua, al parecer la sangre había atraído a un par de tiburones que estaban merodeando muy cerca del Hopu manu corpulento con el que se había encontrado en la cima.

Hetereki saltó con decisión al agua y nadó tan rápido como las fuerzas le permitieron. Miraba con nerviosismo a ambos lados, temeroso de encontrarse con una aleta dorsal tras una ola. Había pasado la diminuta Motu Kao Kao cuando notó un ligero golpe en uno de sus pies. Se volvió hacia atrás y se aterró al descubrir una gigantesca aleta nadando a su alrededor. Dirigió la mirada al frente, Rapa Nui no estaba muy lejos por lo que trató de hacer un último esfuerzo y llegar a los acantilados cuanto antes. A medida que se acercaba fue dejando atrás los restos de totoras ensangrentadas que flotaban a la deriva.

La lluvia había aflojado dándoles una tregua y Hetereki pudo divisar a dos Hopu manu por delante de él, el primero estaba llegando al acantilado y comenzaba a escalar mientras que el otro del clan de las orejas largas estaba a escasa distancia por delante de él. Al verse con posibilidades de llegar el primero a Orongo comenzó a ganarle terreno y llegaron los dos al mismo tiempo a las rocas. Comenzaban el ascenso cuando otro grito les llamó la atención, el Hopu Manu que iba en primera posición había perdido el equilibro y caía golpeándose contra las paredes del acantilado violentamente. Hetereki miro a su rival, su cara delataba que había hecho un sobreesfuerzo y no podía más, por lo que corrió y aprovechó para escalar el alto acantilado dejándolo atrás.

Cuando llegó arriba, observó con energías renovadas la planicie que se extendía ante él y comenzó a descender el valle del volcán corriendo hasta Orongo. Los diferentes clanes estaban congregados en aquella zona, ansiosos por ver quién sería el nuevo Tangata Manu. El barro comenzó a dificultarle la marcha pero no quiso aminorar con tal de proclamarse vencedor lo antes posible. El grito de los presentes le alertó de que el Hopu manu del clan de las orejas largas había llegado a lo alto del acantilado, y sin parar de correr, se volteó para verlo con sus propios ojos.

El pie le patinó y cayó de bruces contra el suelo, hundiéndose en el barro. Tan rápido como pudo se reincorporó, miró horrorizado al huevo y lo descubrió hecho añicos en su mano. El murmullo comenzó a crecer en el mismo instante en que los presentes se percataron de lo ocurrido.

El Hopu manu de las orejas largas se acercaba a su posición y miles de pensamientos le invadieron. Hetereki se levantó y corrió hacia él con la intención de robarle el preciado huevo. Saltó sobre él y le agarró del cuello, pero el orejas largas consiguió quitárselo de encima, golpeándole en el estómago y derribándolo en el suelo. Mientras Hetereki se revolvía en el barro, el Hopu manu se acercó a él y le asestó un golpe en la cabeza con el pie haciéndole caer de espaldas al suelo. Notó un ligero zumbido en la cabeza mientras el Hopu manu corría hacia Orongo alzándose con la victoria entre los vítores de los presentes.

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Apartamentos Dakota

Llegué a la habitación del hotel a altas horas de la madrugada. El viaje desde Hawái había sido largo. Me tumbé en la cama y cerré los ojos abatido por el cansancio. La alarma me sobresaltó y me obligó a reincorporarme movido por el nerviosismo. Me acerqué a la ventana y observé la ciudad, el frío y la nieve hacían acto de presencia y la gente que caminaba por la calle iba tapada hasta arriba.

Cogí mi chaqueta, saqué una bolsa del bolsillo y me senté frente a la mesa que había junto al sofá. «Es una amenaza. Hay que matarlo…»

—No, no es cierto —mascullé derramando el contenido de la bolsa sobre la mesa.

«Es una amenaza. Hay que matarlo…» volví a escuchar en mi cabeza, al tiempo que enrollaba un billete y lo acercaba al polvo blanco que acababa de separar. La voz en mi cabeza desapareció en el mismo instante en que la cocaína penetró por mi nariz, nublándome los sentidos. Me levanté con energías renovadas y me acerqué al lavabo, miré mi reflejo en el espejo y me ajusté las gafas.

—James… —murmuré dibujando una sonrisa—. Tengo que hablar con él.

Salí del lavabo, cogí la chaqueta y me marché de la habitación. En la calle hacía mucho frío por lo que troté hasta llegar a la parada de buses más cercana. De camino allí me encontré con un quiosco.

—¿Tiene El guardián entre el centeno de Salinger? —le pregunté al vendedor cuando me acerqué.

—¿El libro? —contestó sorprendido—. Mira allá abajo, detrás del New York Times, creo que me queda uno…

Me agaché y rebusqué donde me había indicado. «¡Bingo!»

—¿Cuánto es?

—Seis dólares con cincuenta —respondió tendiendo la mano para que le entregara el dinero—. Un buen libro para leer estas navidades. ¿Te lo envuelvo?

—No, gracias —murmuré mientras le entregaba el dinero—. Es para mí…

Sin decir nada más me marché y continué hasta la parada de buses. Allí esperé hasta que llegó el número cuatro el cual me conduciría hasta el bar donde solía estar mi amigo James. Nada más salir del autocar me dirigí corriendo hacia el interior del local para resguardarme de la fina lluvia que había comenzado a caer.

Nada más entrar observé el interior en busca de James, al no verlo me acerqué al camarero y le pregunté por él. Sin decirme nada me señaló al backstage reservado para los artistas, de camino allí noté en el bolsillo de la chaqueta mi bolsa de cocaína y decidí desviarme hasta los lavabos para meterme otra raya.

Cuando salí de allí me percaté de que en la barra había un hombre que antes no había visto bebiéndose una cerveza y hablando con el camarero.

—¿Señor Tylor? —exclamé sorprendido al verlo sin mítico bigote—. ¿Para cuándo un corte de pelo? —añadí entre risas.

—¿Y a ti qué te pasa? ¿Estás borracho o qué?

—Tenemos que hablar de John —balbuceé a duras penas—. Está haciendo las cosas muy bien, y eso es peligroso…

—¿De qué estás hablando? —quiso saber volviéndose hacia el camarero que observaba la situación desde detrás de la barra.

—¡John! ¡John Lennon!

—¿Qué tienes que ver con John Lennon? —dijo poniéndose serio.

—Nada, nada. No te preocupes… Vosotros dos sois amigos ¿verdad?

—Será mejor que te vayas a casa, si no quieres que llamemos a la policía —intervino el camarero colocándose a mi lado.

Me agarró de la chaqueta y me arrastró hasta la salida.

—¡Putos borrachos! —le escuché maldecir antes de salir del local.

Ya en la calle, me giré y observé al camarero cerrar la puerta. La lluvia había parado pero el frío comenzaba a calarse en mis huesos. Volví a la parada y me esperé al regreso del autocar para así llegar al hotel a primera hora de la tarde.

Como no había comido nada, fui a recepción y les pedí que me subieran algo de comer a la habitación y lo cargaran a mi cuenta. Cuando salí de la ducha me sorprendió ver en medio de la habitación un carrito. Miré a ambos lados en busca de la persona que me había traído la comida para darle propina, pero me encontraba solo en la habitación.

 Comí un plato de carne de ternera con guarnición acompañado con un buen vino tinto, y con la barriga llena me estiré en la cama. La cabeza me daba vueltas y cerré los ojos. Cuando los abrí era de noche, pero el sol comenzaba a asomar por el horizonte. Me vestí y cogí la chaqueta, al meter la mano en el bolsillo noté algo. Lo saqué y me acordé de mi última compra, el libro de Salinger. Releí algunos pasajes de aquel libro que tanto adoraba y cogí un bolígrafo.

—Para Holden Caulfield —murmuré al tiempo que escribía en la primera página—, de Holden Caulfield. Ésta es mi declaración.

Cerré el libro y lo volví a guardar en la chaqueta, me acerqué a la maleta, cogí un compact disc que me había comprado el mismo día que había llegado a la ciudad y el revólver que me habían entregado. «Es una amenaza», me repitió aquella maldita voz.

Me golpeé las sienes para ver si así se callaba y me marché del hotel. Pedí un taxi en la recepción para que me llevara hasta los Apartamentos Dakota y en unos veinte minutos llegué. Esperé en uno de los bancos junto a la entrada del edificio, observé como la nieve del día anterior comenzaba a fundirse a medida que el sol ascendía y me calentaba. Al poco rato de llegar el hijo de John salió camino al colegio. Me levanté y me acerqué hasta él.

—Hola Sean —le dije mientras le revolvía el pelo—, eres un niño hermoso.

El pequeño me sonrió y se subió al coche seguido por su cuidador. Vi cómo se alejaba el coche de allí y me acerqué al portero que había en la puerta.

—¿John se ha marchado?

—Si, a primera hora de la mañana. Yoko y él no volverán hasta después de comer.

Me maldije, observé y me sorprendió no ver a ningún fan por los alrededores, pero ahora lo comprendía todo. Me acerqué a un banco, saqué el libro y comencé a leerlo. Cuando quise darme cuenta de una limusina negra habían bajado Yoko y John, y se dirigían hacia el interior del edificio. Me levanté tan rápido como pude, pero al llegar a la entrada la pareja ya había desaparecido.

Me tuve que resignar y esperé junto a la puerta a que volvieran a aparecer. A medida que pasaban los minutos una multitud de fans comenzaron a concentrarse en la zona. Algún que otro fotógrafo se acercó y habló con el portero para sonsacarle información.

Eran las cinco de la tarde cuando John salió acompañado de su mujer. Nada más verlo, instintivamente me llevé la mano al bolsillo de la chaqueta y me acerqué a él.

—¿Puedes firmármelo? —le pedí sacando la copia de su nuevo disco: Double Fantasy.

—Claro —contestó risueño—. ¿Eso es todo lo que quieres?

Uno de los fotógrafos se colocó frente a nosotros y disparó, el flash de la cámara me cegó, y tardé en reaccionar.

—Sí. Muchas gracias —contesté finalmente.

John y Yoko se subieron a la limusina y se marcharon de allí. «Es una amenaza. Hay que matarlo…» La voz en mi cabeza volvió en el mismo instante en que me decidía por dejarlo todo y volver a casa junto con mi mujer. «Es una amenaza. Hay que matarlo…»

Convencido por esa voz decidí quedarme, esperar a su regreso y llegar a cabo mi misión. La noche había caído cuando la limusina volvió a aparcar enfrente de la entrada del edificio y me aproximé a ellos mientras caminaban hacia las escaleras de acceso.

Saqué el revólver y le encañoné. «Hay que matarlo…» Apreté el gatillo y el disparo fue directo a la ventana, pasando por encima de su cabeza. Vacié el cargador tan rápido como pude, las demás balas dieron en el blanco. John cayó al suelo y se arrastró escaleras arriba mientras yo me sentía realizado.

Casi sin darme cuenta el portero se acercó a mí y me desarmó lanzando el revólver lejos de mi alcance. El conserje alertado por los disparos salió y se topó con John tirado en el suelo.

—Me han disparado… —balbuceó John antes de desmayarse en sus brazos.

—Estoy desarmado —anuncié al tiempo que me quitaba la chaqueta y alzaba las manos.

—¿Te das cuenta de lo que has hecho? —gritó el portero mientras recogía el arma del suelo.

—Sí, acabo de disparar a John Lennon —contesté sentándome en la acera y abriendo el libro de Salinger.

Minutos más tarde la policía llegó y me arrestaron sin que me opusiera. Me llevaron hasta comisaría donde me interrogaron.

—Me declaro culpable, sí. Estoy seguro que la mayor parte de mí es Holden Caulfield, el personaje principal del libro —expliqué señalándoles el libro—. El resto de mí, debe ser el Diablo.

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Histórica

Dallas

La noticia de la muerte del presidente no le cogió por sorpresa, pero si lo hizo la declaración de Oswald. «Maldito chivato», maldijo para sus adentros. Jack se levantó de la silla lanzando el periódico sobre el escritorio.

Se acercó a la ventana, dio una larga calada a un puro que sujetaba con la mano derecha y observó la pista de baile desde una posición privilegiada. Frunció el ceño y sin mirar agarró una copa para llevársela a los labios. Notó el calor bajar por su garganta y no pudo evitar resoplar.

No le quitaba la vista de encima a la nueva bailarina pero no podía dejar de pensar en Jada. Sus curvas y sus movimientos le cautivaron desde el primer día, pero fue entonces cuando se acordó de su mal carácter y de los problemas que le había causado a él, y a su negocio. La hizo desaparecer de su vida tal como había llegado, de la noche a la mañana.

Ahí estaba Isis, con sus pechos turgentes y redondos haciendo babear a todos los asistentes. Sonrió sin apenas darse cuenta. Se acercó el puro a la boca y con la mano libre cogió una botella que había sobre la mesa. Mientras llenaba la copa, volvió a leer el titular del periódico: “Kennedy asesinado en las calles de Dallas.”

De nuevo una sensación de asco y odio hacia Oswald le invadió. Dejó bruscamente la botella sobre el escritorio y se acercó al teléfono. Marcó y se llevó el auricular a la oreja al tiempo que daba otra calada al puro antes de dejarlo en el cenicero.

—Soy Ruby —anunció cuando obtuvo respuesta—, sí. Quiero hablar con él.

Mientras esperaba, alargó el brazo y agarró la copa. La hizo girar para que los cubitos enfriaran el licor, y bebió.

—Señor Marcello —habló cuando escuchó la voz al otro lado del teléfono—, supongo que habrá leído el periódico de hoy. Sí —contestó afirmando con un movimiento de cabeza—. ¿Mañana? —Frunció el ceño y dio una calada al puro—. Por supuesto, a primera hora. No se preocupe.

Colgó el teléfono y se acabó la copa de un solo trago. Volvió a notar el calor en su boca y se levantó. Se acercó a la caja fuerte que se ocultaba detrás de un cuadro y la abrió. Del interior sacó un revólver, una bolsa de cocaína y un fajo de billetes que se guardó en el bolsillo interior de la americana. Se encaminó hacia la puerta, recogió su abrigo y salió del despacho.

La música a todo volumen, el ambiente cargado de humo y olor a sudor le resultaba tranquilizador. Aquello era su negocio y su casa al mismo tiempo. Buscó a Isis en el escenario pero no la encontró, por lo que recorrió el local con la mirada en su búsqueda.

—Señor —le dijo un tipejo con cara de pocos amigos que se acercó a él, interrumpiéndolo—, ¿le traigo su coche?

Jack asintió con la cabeza y continuó buscándola, pero al no verla se dirigió hasta la salida y salió al exterior. Un viento gélido le dio la bienvenida por lo que se cerró el abrigo y se cruzó de brazos esperando la llegada de su coche.

—Aquí tiene, señor —dijo entregándole las llaves al tiempo que le abría la puerta.

Jack agarró las llaves sin decir nada y se subió al coche cerrando la puerta tras de sí.

***

A la mañana siguiente se encontraba delante de la comisaria de Dallas donde una congregación de periodistas y fotógrafos rodeaban el edificio. Bajó del coche y se dirigió hacia el garaje subterráneo. Allí había menos gente lo que le permitió colocarse cerca del perímetro de seguridad.

Las puertas se abrieron y el ambiente comenzó a caldearse. Introdujo la mano en el bolsillo de la americana y agarró el revólver con fuerza. Comenzaron a salir policías por delante de la comitiva que trasladaba a Oswald, quienes esperaban el coche policial para dar paso al preso.

El sonido de un claxon le distrajo, el coche se detuvo a pocos metros de él y el policía indicó con un gesto a sus compañeros que ya podían traer al criminal. En cuanto este cruzó la puerta sujetado por ambos lados, Jack atravesó el cerco policial y se interpuso en su camino. Sacó el revólver del bolsillo y disparó a bocajarro en el estómago de Oswald para sorpresa de todos.

Fue reducido sin apenas ofrecer resistencia al tiempo que Oswald caía abatido al suelo perdiendo mucha sangre. Lo arrastraron al interior de la comisaria y lo encerraron en un cuarto pequeño y maloliente.

—¿Pero que ha hecho? —exclamó uno de los policías zarandeándolo—. ¿Está usted loco?

—Lo he hecho para redimir a la ciudad de Dallas.

—¿Cómo?

—Ese maldito rojo —escupió al suelo— acabó con el presidente y mancilló el nombre de la ciudad.

—Es el principal sospechoso pero se ha declarado inocente en todo momento —intervino otro policía—, es más, ha declarado que es un chivo expiatorio de la mafia.

—Lo leí en el periódico —agregó Jack—, todo mentira. ¡Es un maldito comunista!

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Desde el Hades

Por querer ser rey, por querer ser recordado y por querer salir vencedor por una vez en la vida, cometí un grave error. No haciendo caso de la advertencia, salté el muro de su ciudad, desafiándolo, y tuvo que actuar como rey que era, no mostrando ninguna debilidad ni privilegios sobre mi persona, por lo que me atacó y luchamos con gran bravura. Fui derrotado en combate singular, mis heridas fueron mortales y como buen hermano, a diferencia de mí, me enterró con lágrimas en los ojos llevándome siempre en el corazón. Noche tras noche llora mi pérdida y no puedo ayudarlo en estos duros momentos para él. La culpa no fue suya sino mía. Y nunca podré decírselo. Ahora lamento haberlo hecho.

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Teatro Ford

4 de marzo de 1865

—Una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las naciones —finalizó.

El público que se había movilizado para escuchar el discurso inaugural del presidente le vitoreó. Tras una guerra civil desastrosa para la nación, hablar sobre la paz entre los dos bandos era bien recibido por todos.

Booth que estaba escuchando el discurso con atención se volteó y se marchó lleno de ira. El ejército unionista estaba a punto de ganar la guerra, él y otros muchos confederados no recibían con los brazos abiertos aquel desenlace.

—¿Dónde vas? —le preguntó Surratt.

—Tenemos que hacer algo al respecto —contesto Booth—. Hay que reunirse con Powell y Atzerodt cuanto antes…

17 de marzo de 1865

—¿Secuestrarlo? ¿Cómo? —quiso saber Powell.

—Para eso nos hemos reunido aquí, para urdir un plan…

—¿Qué vamos a conseguir con ello?

—Exigiremos que liberen a los prisioneros de guerra, para así poder continuar con ella y acabar con esos cerdos unionistas —explicó Booth.

6 de abril de 1865

—¡Inadmisible! —bufó Atzerodt—. ¿Abolir la esclavitud? ¡Jamás!

—Chicos —intervino Surratt—, hay que acabar con él. Es la única forma de parar todo esto…

—Si —exclamó Booth—. Con él y con su gabinete. Yo me encargo de Lincoln, he escuchado que va a asistir a la función de “Our American cousin” en el Teatro Ford. He actuado muchas veces allí, podré entrar en la zona de empleados y nadie sospechará de mis intenciones.

—Dejarme a mí al vicepresidente —intervino Atzerodt—. Powell encárgate tu del secretario de Estado, y tú —dijo volviéndose hacia Surratt—, tienes que buscarnos un lugar donde escondernos tras los asesinatos…

—El secretario estará el miércoles que viene en su casa de Lafayette Park —intervino Booth—. Y el vicepresidente estará hospedado en el Kirkood Hotel —concluyó mirando a Atzerodt.

 14 de abril de 1865

Las campanas dieron las nueve cuando Booth llegó a Washington. Con un revólver oculto bajo la chaqueta se encaminó hacia la entrada. Se adentró en el hall y observó la estancia. Había mucha gente yendo y viniendo, dirigió la mirada a la puerta de empleados y caminó hasta allí. Antes de entrar en ella echó un último vistazo al hall y bajó las escaleras. No se topó con nadie hasta llegar a los camerinos, donde un par de extras que ensayaban su guion ni se inmutaron al verlo, por lo que pasó sin decirles nada y continuó hasta llegar al escenario.

Se acercó a uno de los laterales y observó las gradas donde los espectadores continuaban entrando y tomando asiento de manera ordenada. Elevó la vista buscando el palco presidencial pero estaba vacío.  Miró su reloj de bolsillo y se irritó al ver que tan solo faltaban un par de minutos para que comenzara la función. Se volteó y descendió hacía los camerinos de nuevo. Los actores comenzaban a colocarse en sus posiciones y el director de la obra salió a hacer la presentación para alegría de los presentes.

—Todavía no ha llegado el presidente —susurró una voz por detrás de él—. Pero no pueden demorar más el inicio…

Booth se giró y observó a dos técnicos hablando entre ellos. Se marchó con el ceño fruncido y caminó hasta uno de los bancos. Unos aplausos llegaban desde el escenario y se sentó a desgana permaneciendo abatido unos minutos hasta que unos pasos acercándose a él le alertaron.

—¡Ha llegado el presidente! —gritaba una mujer que corría—. ¡Ya ha llegado!

Booth se levantó de un salto y se llevó la mano al revólver. Observó dónde estaba y corrió por un pasillo situado a su derecha. Era un camino directo a los palcos, subió por las escaleras y volvió a escuchar más aplausos. Al parecer había finalizado el primer acto.

Cuando llegó al pasillo que conectaba los diferentes palcos escuchó una ovación dirigida al presidente. Sacó el arma y miró a ambos lados. Se acercó a la puerta del palco y espero unos instantes mientras tragaba saliva. Le pareció escuchar lo que parecía ser el inicio del segundo acto, y aprovechó el sonido de las carcajadas y los aplausos para abrir la puerta sin ser escuchado.

Con pasos lentos se acercó al presidente y le colocó el revólver en la cabeza. El disparo alarmó a todos los presentes, interrumpiendo la función. Booth lanzó el arma y saltó a la barandilla tratando de agarrarse a las cortinas y descender hasta las graderías, pero las telas no aguantaron su peso y cedieron haciéndolo caer desde una altura considerable. Recibió un fuerte golpe en la pierna que le hizo sentir un dolor por todo el cuerpo, apenas la pudo apoyar cuando trató de levantarse en el mismo momento que uno de los técnicos del teatro se abalanzaba sobre él y le golpeaba con fuerza. Consiguió huir gracias al caos que reinaba en la sala, llegó al hall y una vez en la entrada del teatro, observó cómo la gente, desconcertada, corría por todos lados sin saber exactamente qué había pasado. Se camufló entre ellos y salió del edificio perdiéndose entre la multitud que huía del lugar.