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Ripley

Cuando entré en el apartamento escuché un sonido procedente de la habitación de matrimonio. Desenfundé mi arma y cerré la puerta con sigilo al recordar que mi mujer debía estar de guardia en el hospital. Mientras caminaba hacia allí, escuché un golpe y luego lo que parecía un gemido.

La puerta estaba entreabierta. Me detuve en el umbral y contemplé boquiabierto el interior. Mi mujer estaba pegándomela con Sullivan, el puto vecino del sexto. El corazón me dio un vuelco y abrí la puerta de un empujón.

—Levántate, maldito hijo de puta —grité apuntándole con la pistola.

—Ripley —masculló Sullivan alzando las manos—. Entiendo que puedas estar cabreado…

—¡Cállate!

Mi mujer se levantó de la cama cubriéndose con las sábanas y se acercó a mí.

—Tú no te muevas —exclamé— o le vuelo la tapa de los sesos.

Me acerqué a la silla donde Sullivan tenía su ropa y la pateé.

—Vístete —ordené sin dejar de apuntarle.

—John… —Miré a mi mujer de soslayo y escupí en el suelo.

Sullivan comenzó a vestirse en silencio.

—Solo quiero saber una cosa —hablé—. ¿Cuánto tiempo hace?

Percibí un intercambio de miradas entre mi mujer y ese maldito bastardo.

—Después del funeral de Rick —contestó ella.

—¿Rick? —balbuceé desconcertado—. ¿Nuestro hijo?

Caminé hasta ella y la abofeteé con todas mis fuerzas.

—¡Serás puta!

Sullivan trató de abalanzarse sobre mí, pero, pese a mi repentino ataque de ira, no había dejado de prestarle atención, por lo que apreté el gatillo. Los gritos de mi mujer, al ver a su amante caer sin vida en la moqueta de nuestra habitación, me hicieron girar.

—De todas las personas… ¿Tenía que ser él?

—Cuando Rick murió te diste a la bebida —sollozó mientras gateaba hacia Sullivan—. La única persona que me ayudó a superarlo fue él…

—¿Metiéndose entre tus piernas? —Le coloqué el cañón en la sien.

Mi mujer tragó saliva y observó el charco que comenzaba a formarse alrededor del cadáver.

—Siento que todo esto haya tenido que terminar así… —musité—. Levántate y túmbate en la cama.

—¿Cómo?

—¡Hazlo!

Obedeció sin rechistar y, cuando se estiró en la cama, la cubrí con la sábana.

—¿Qué vas a hacer John?

—Salvar mi pellejo —contesté al tiempo que la volvía a encañonar.

La mirada de perplejidad que vi reflejada en sus ojos cuando le disparé me produjo cierto alivio. Me alejé de la cama y me arrodillé ante Sullivan. Coloqué la pistola en su mano, cogí aire y me disparé en la pierna.

Ahogué un grito de dolor al tiempo que me dejaba caer al suelo. Cuando pude contenerme, miré la herida. Había conseguido que la bala atravesara toda la pierna. Saqué mi teléfono móvil y marqué el número de emergencias.

—¡Aquí el teniente Ripley, de la comisaría federal de Nueva York! —me presenté nada más escuchar una voz—.  Necesito que envíen una ambulancia al número ocho de la calle Artwork en Brooklyn.  Hemos sido asaltados por un ladrón y mi mujer está herida de gravedad —mentí.

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Para cardíaco

Me dirijo a mi escritorio, coloco la chaqueta sobre el respaldo de la silla y me derrumbo en ella. Muevo ligeramente el ratón del ordenador y la pantalla se ilumina en el mismo momento en que aparece Hawking.

—Estaba hablando con Rachel de Asuntos Internos. He quedado con ella —me informa, guiñándome un ojo—, tomaremos unas birras después del trabajo mañana por la noche.

—¿En serio? Esa muchacha no sabe dónde se mete…

Hawking jajajea, se sienta en la silla y enciende su ordenador.

—Lamento interrumpiros —interviene Dickinson, acercándose a nosotros—. El comisario quiere veros en su despacho.

—¿Qué has hecho esta vez? —exclamo mirando a mí compañero.

—Gracias, Dickinson —dice Hawking, encogiéndose de hombros.

***

—¿Quería vernos, señor?

—Sí. Sentaos —ordena—. Os voy asignar el caso de Janet Gibons —continúa diciendo el comisario mientras tomo asiento.

—¿La mujer que llamó desde Big Plans?

—La misma. Tenemos una orden judicial para investigar el complejo de caravanas de Rick Jägger.

—Han aceptado nuestro recurso, por lo que veo… —exclama Hawking levantándose de la silla.

—¿Alguna otra cosa más, señor? —digo volviendo la vista al comisario.

—Nada más. Podéis retiraos —contesta haciendo un ademán con las manos.

***

—Señorita Gibons, este es el sargento Hawking —hablo nada más sentarnos en la mesa—. A mí ya me conoce.

La mujer asiente con la cabeza y se aprieta las manos con fuerza.

—No tiene nada de que preocuparse —interviene mi compañero—. Está a salvo. Solo necesitamos que nos diga su versión de los hechos, con el máximo de detalles, para que podamos ir tras ese psicópata y encerrarlo para siempre.

—Sí —corroboro—, está a salvo.

Janet traga saliva y me mira a los ojos.

—¿Por dónde empiezo?

—Veamos… —comienza diciendo Hawking sacando su libreta—. Aquí tengo apuntado que usted llamó desde Big Plans alrededor de las doce del mediodía para denunciar un secuestro.

La mujer asiente con la cabeza y una lágrima comienza caerle por la mejilla.

—¿Puede contarnos cómo llegó hasta allí?

—Bueno… Cómo ya sabrán me gano la vida prostituyéndome —dice avergonzada—. Rick me llamó para contratar mis servicios hace cosa de un par de días. Me recogió en la estación de autobuses y me llevó a su complejo de caravanas.

Contemplo cómo Hawking anota todo lo que nos va diciendo en su pequeña libreta.

—Por lo visto, me querían para experimentar conmigo —prosigue Janet—. Me llevaron a una caravana medio escondida que parecía estar abandonada y me ataron a una camilla.

—¿Podrías describirnos esa caravana?

—No lo recuerdo bien… Solo sé que estaba muy alejada de la carretera y su aspecto exterior era descuidado.

—¿Fue allí donde estuviste todo el tiempo? —Janet asiente y rompe a llorar—. Tranquila. Haremos un descanso.

—Tómate el tiempo que necesites y luego nos sigues contando que pasó allí dentro —intervengo.

***

Hawking había rellenado varias páginas con el testimonio de aquella mujer. Por lo visto, no solo Rick había torturado a la señorita Gibons, su hija y, en menor medida, la novia de este habían causado innumerables lesiones a la prostituta. La sola imagen de imaginar las atrocidades a las que había sido sometida me revuelve el estómago.

—¿Cómo conseguiste escapar de allí?

—La noche anterior la hija de ese bastardo me había fustigado con una varilla ardiendo al rojo vivo, por lo que me metieron en una tina llena de leche para… ¿aliviarme? —explica enseñando unas cicatrices recientes en las piernas—. Solo recuerdo que cuando me metieron allí dentro me desmayé del dolor.

—¿Te despertaste en la bañera?

—Sí. Salí de allí, agarré el picahielos que habían utilizado para torturarme el primer día y me acerqué a la entrada. —Se mira las manos temblorosas—. Tuve que esperar un buen rato hasta que alguien abrió la puerta. Y entonces me abalancé sobre ella. Era la novia de Rick. La golpeé hasta que dejó de moverse, le quité algo de ropa y corrí hasta la carretera. No paré de correr hasta que encontré una casa donde llamar a la policía.

—¿Fuiste tú quien acabó con Margot Herbert? —hablo reincorporándome en la silla.

—No tengo ni idea de cómo se llamaba esa víbora… Pero supongo que ese sería su nombre. —Una imperceptible sonrisa se dibuja en su rostro.

—¿Te alegras de su muerte? —habla Hawking al percatarse de ello.

—No le deseo ningún mal a nadie —dice—, pero era ella o yo. Me alegro que gracias a lo que hice aquel día, hoy esté sana y salva…

***

—Sargento —habla el cadete González a nuestras espaldas—, estaba en lo cierto. Había algo turbio en esa familia…

—¿A qué te refieres? —pregunta Hawking al voltearse.

—Por lo visto, tras registrar el módulo de caravanas que tenían, han encontrado en el interior de una de ellas, materiales para realizar todo tipo de atrocidades… Era un matadero andante. Han hallado pruebas que señalan a los Jägger como los autores de varios asesinatos.

—¡Bien hecho, González! —intervengo mirando los documentos que me ha entregado.

—¿Dónde están ahora?

—Los están llevando a la sala de interrogatorios ahora mismo.

—Perfecto —exclama Hawking mirándome—. Vayamos a hacerles una visita…

***

—Como podrán comprobar, tenemos un sinfín de pruebas que les señalan como culpables. ¿Cómo se declaran?

—Inocentes, por supuesto —sentencia Rick con semblante serio—. Es solo una puta. Un ciudadano americano como yo, no puede ser detenido por maltratar a una maldita prostituta.

—Prostituta o no, es una persona —estalla Hawking golpeando la mesa—. Me temo que usted y su hija pasaran una larga temporada en prisión.

—¡Mi hija no tiene nada que ver!

—Según la señorita Gibons, ella también fue partícipe de las torturas que sufrió, junto con la difunta Margot Herbert.

—¡Miente! —grita Rick—. Eso es totalmente falso. La loca de Maggie si que se divertía introduciendo cualquier cosa por los sucios agujeros de esa puta, pero mi hija nunca hizo nada.

Miro a la joven muchacha y su rostro es inexpresivo, no se inmuta al escuchar ninguna de las palabras que dice su padre. Abro una carpeta y lanzo un par de fotografías que hemos encontrado en la caravana.

—¿Qué podéis decirme de esto? —quiero saber.

Las fotografías muestran prostitutas que desaparecieron hace tiempo y de las cuales no se han encontrado los cuerpos.

—No conozco a ninguna de ellas —dice al fin el padre.

—¿De verdad? —habla Hawking—. ¿Puedes explicarme entonces que hacían en tu caravana?

***

—¿Sabemos algo del resultado del juicio? Llevan dos semanas de tira y afloja y todavía no hay un veredicto… —hablo intrigado de camino a la comisaria.

—Sí, tengo un informe con la resolución.

—¿Un informe? ¿De dónde lo has sacado? —pregunto.

—El cadete González me lo ha enviado esta misma mañana. Ayer a última hora de la tarde el jurado tomó una decisión.

 —¿En serio?

Hawking asiente con la cabeza y se detiene en la entrada.

—Rick Jägger le pidió al juez una rebaja en la condena a su hija —me explica poniéndose rojo—. ¿Y sabes qué? Lo consiguió. ¿Te lo puedes creer?

Cruzamos la puerta de la comisaria y observamos un bullicio anormal. Nos abrimos paso entre la multitud y nos encontramos como unos asistentes sanitarios están sacando una bolsa negra en camilla.

—¿Qué ha pasado? —pregunto al agente Dickinson al verlo cerrar la comitiva.

—Sargento. —Me entrega un documento—. Es Rick Jägger.

El corazón me da un vuelco al leer que ha muerto de un paro cardíaco.

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Varón blanco de cuarenta años

(Continuación de “El puesto ambulante”)

—Tenemos el testimonio de… —comienza a decir Hawking mirando unas anotaciones en su rudimentaria libreta—. Rita Kemper, la prostituta que fue atacada.

—¿Ella está bien?

—Sí, pero ha sufrido un ataque de ansiedad. Está en la enfermería.

—¿Qué sabemos del sospechoso?

Hawking vuelve a mirar su libreta y pasa un par de hojas hasta encontrar la que busca.

—Joe Metheny, varón blanco de cuarenta años. —Alza la vista y me mira—. Es el dueño del puesto de comida que hay en el parque Patterson.

—¿El mismo que fue denunciado por utilizar carne de origen desconocido?

—¿Casualidad? —pregunta al tiempo que asiente con la cabeza.

—¿Hemos enviado alguna patrulla?

—Sí —contesta al instante—. Dos a su domicilio y otra al parque por si aparece por allí.

—Perfecto. —Cojo mi chaqueta y le tiro las llaves del coche a Hawking—. Venga, no tenemos mucho tiempo. Hay que ir en su búsqueda cuanto antes.

Hawking sale detrás de mí y me sigue hacia el exterior. En la entrada se para un coche patrulla y me detengo al ver a alguien en los asientos traseros.

El cadete González sale del coche, se acerca a la puerta de atrás y espera a su compañero, el cabo Morris. Juntos sacan del interior del vehículo a un hombre con obesidad mórbida. Nos acercamos a ellos y es cuando reconozco al detenido.

—Joe Metheny queda arrestado por el intento de asesinato de Rita Kemper. Tiene derecho a guardar silencio…

—Sí, sí… —interviene él.

—Todo lo que diga puede y será utilizado en su contra en un tribunal de justicia —prosigo—. Tiene el derecho de hablar con un abogado.

—¡Qué sí! —exclama con una mueca de odio.

—Llevadlo a la sala tres. El sargento Hawking y yo iremos en seguida —ordeno a los agentes mientras observo como lo meten en comisaría—. Menudo gilipollas —exclamo irritado.

—¿Quieres hacer de poli malo esta vez? —pregunta con una sonrisa pícara.

—Quizás sí… —contesto volviendo al interior.

Escuchamos los gritos e injurias de Joe desde la calle. Al entrar observamos como son necesarias tres personas para poder reducirlo y meterlo en la sala. Nos dirigimos hacia allí y entramos en la sala de escucha.

—¿Ha dicho algo más? —pregunta Hawking.

—No, señor. Desde que lo hemos esposado y le hemos dejado solo en la sala no ha abierto la boca.

—Bien —susurra mirándole por el falso espejo.

Salgo de la sala de escucha, me dirijo a la habitación contigua y nada más abrir la puerta, Joe, comienza a reírse.

—Déjame adivinarlo… eres el poli malo —exclama entre risas—. La verdad es que tienes la típica pinta: cara alargada, facciones duras…

—¿Sabes de qué se te acusa? —le interrumpo, ignorando sus palabras.

—Algo me habéis dicho. No sé qué de una puta… Pero juro —dice tratando de llevarse las manos al corazón—, señor agente, que miente. Simplemente me gusta morderlas mientras me corro.

—La víctima ha denunciado un intento de asesinato —digo, sentándome frente a Joe en el mismo instante en que Hawking entra en la sala y se coloca junto a la puerta.

—Todas las putas de Baltimore saben que tengo esta deliciosa filia —explica relamiéndose los labios y mirando a mi compañero—, saben qué se encontrarán cuando aceptan mi dinero…

—¿La muerte? —interviene Hawking.

—No tenéis una mierda, necesitáis una confesión… —ríe.

—Tenemos el testimonio de la víctima —contesto—, y un pleito sobre tu puesto ambulante, con eso tenemos suficiente para encerrarte una temporada.

—Mi puesto ambu… —gruñe negando con la cabeza—. ¡Ya fuimos a juicio por ello y se retiraron los cargos!

—Podemos abrir el caso nuevamente —amenazo.

Joe estalla en una sonora carcajada.

—¡Ya está bien de tanta risita! —exclamo golpeando la mesa con las dos manos.

—Tranquilo —interviene Hawking echándome hacia atrás y poniéndose frente al acusado.

El hombretón deja de reírse, lanza un cabezazo que detiene al momento, en un intento de intimidación, y vuelve a reír.

—Tienes suerte. Hoy me ha tocado hacer de poli bueno… —Se gira y me mira—. No nos obligues a intercambiar roles, o te arrepentirás.

Hawking se da la vuelta, me aparta a un lado y abre la puerta.

—Quiero que lo encerréis en una celda aislada —ordena a un agente que custodia la entrada.

El hombre obedece al momento y observamos cómo se lo llevan de la sala de interrogatorio. Hawking permanece callado, les sigue por el pasillo y se detiene en medio de la oficina.

—Vayamos a su caravana —me propone—. Quiero estar presente cuando la registren.

Justo antes de marcharnos de la comisaria, el cadete González se acerca a nosotros y le hace entrega de una carpeta a mi compañero.

—Aquí tiene lo que me pidió, señor.

—Buen trabajo, cadete —felicita ojeando los documentos.

—¿Qué mierda es eso? —pregunto.

—El historial de Joe Metheny —informa reanudando la marcha hacia el aparcamiento—. Aquí está toda la información que tenemos de él.

Antes de subirse al coche me da la carpeta y se sube en el asiento del conductor. Una vez dentro del vehículo comienzo a mirar los diferentes documentos que contiene la carpeta. El tipo tiene un historial delictivo bastante extenso, no comprendo cómo ha podido estar tantos años en libertad.

—Menudo pieza esta hecho… —le digo a Hawking zarandeando la carpeta cuando bajamos del coche.

Hay un coche patrulla justo en la entrada y un agente hace guardia delante de una zona acordonada.

—Buenas noches —saludo—. ¿Quién se encarga de la investigación?

—El agente Dickinson lidera al equipo —contesta al tiempo que saluda llevándose la mano a la sien.

—¿Habéis encontrado algo? —interviene Hawking pasando por debajo de la cinta policial.

—Creo que no… —responde encogiéndose de hombros.

Nos acercamos a la caravana observando los alrededores. Otro agente hace guardia en la puerta y nos saluda al vernos llegar. Me adelanto a mi compañero y entro el primero.

—Agente Dickinson.

—Sargento —me saluda al verme.

—¿Qué tenemos por aquí?

—Hemos encontrado aquel bolso —contesta al tiempo que señala la mesa—. Perteneciente a Rita Kemper. Ella misma dijo que al huir no tuvo tiempo de cogerlo.

—¿Algo que podamos utilizar para que se pudra en la cárcel? —interviene Hawking entrando en la caravana.

—De momento, nada…

Hawking hace una mueca y comienza a caminar tratando de buscar algo. Se acerca a la cocina y se percata de una pequeña nevera portátil que está bajo la mesa. La abre y contempla su interior, está vacía.

—¿No crees que está demasiado limpia? —pregunto al verla—. Quiero decir, esto es un cuchitril…

—Eso parece —apunta, colocándole la tapa—. Dickinson, haz que la examinen a fondo.

—¡Ya lo habéis escuchado! Llevadla al coche —le ordena a uno de los oficiales que estaban inspeccionando el lugar.

El agente asiente, coge la nevera y sale al exterior.

—Miremos un poco más —propongo.

Diez minutos después salgo al exterior cansado de ver mugre por todas partes. Camino rodeando la caravana hasta llegar a la parte de atrás. Es una zona más o menos grande, las hierbas crecen silvestres por casi todos lados y al fondo, apoyada en una valla, hay una moto con el chasis totalmente oxidado.

—Aquí estás —oigo decir.

Hawking se acerca a mí y me hace señas para irnos.

—No tenemos nada… —digo abatido.

—Ya encontraremos algo. Siempre lo hacemos, ¿no?

Consigue hacerme sonreír. Somos un buen equipo, pero parece que esta vez con eso no es suficiente. Me apoyo en la caravana y soplo abatido. Estoy unos segundos con la mirada perdida en el suelo cuando inconscientemente salgo corriendo hasta la parte delantera de la caravana.

—¡La pala! —grito al verla junto a un motor de gasolina que hay bajo una de las ventanas.

Hawking se acerca y me mira.

—¿Qué pasa?

—Allí atrás hay mucho hierbajo, pero hay una zona que no tiene nada —explica cogiendo la pala y volviendo a la parte de atrás—. ¡Llama a Dickinson!

Hawking me sigue y contempla el lugar.

—¡Dickinson! —grito mientras comienzo a cavar—. ¡Dickinson, ven aquí!

Alertados por los gritos, tanto Dickinson como los demás agentes, vienen a la parte de atrás.

—Hay que cavar en esta zona —digo señalando la parte sin hierba—, estoy convencido de que encontraremos algo.

—No digas tonterías —interviene Hawking—, mira a tu alrededor. La tierra está seca por todas partes.

—¿Sí? ¿Y por qué está lleno de matojos? —pregunto mientras sigo cavando.

Hawking y Dickinson miran a su alrededor y guardan silencio. Sigo cavando durante un rato. El sudor me cae por la frente y tengo las manos entumecidas. Tan solo he conseguido quitar unos treinta centímetros de tierra, pero no he perdido la esperanza.

—¿Podéis traerme algo de beber? —pido sentándome en el suelo.

—Déjalo —me dice Hawking—, aquí no hay nada.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—¿Crees que sería tan estúpido de enterrar alguna prueba, aquí, en el jardín de su casa?

—Tiene obesidad mórbida… —exclamo recogiendo la pala y volviendo a cavar—. Y ya le has visto moverse, parece que vaya a explotar en cualquier momento.

—Eso no quiere decir que…

Hawking se interrumpe al ver como un saco de malla aparece en el agujero que estoy cavando. Al verlo yo también, dejo la pala a un lado y comienzo a apartar la tierra con las manos.

Consigo sacarlo y me acerco a mi compañero. Al abrirlo un putrefacto olor nos golpea violentamente.

—¡Hostia puta! —exclama Hawking al ver su contenido—. ¿Qué cojones es eso? ¿Una cabeza?

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El puesto ambulante

(Continuación de “Joe”)

Justo en la entrada del parque Patterson se encontraba el puesto ambulante de Joe. Preparaba perritos calientes y hamburguesas grasientas que eran la delicia de los consumidores. Aquella tarde, pese a no haber tenido mucha clientela, las reservas de carne comenzaron a escasear. Tras comprobar que no tenía más género en el congelador se sentó en el taburete y sacó su teléfono móvil. Buscó en la agenda hasta dar con el número de Kim.

—¿Kim? —habló al escuchar como descolgaban al otro lado de la línea—. Soy Joe Metheny. ¿Cómo lo tienes para venir con tu amiga: la rubia; a mi caravana y pasar un buen rato juntos?

Joe se levantó y se acercó a la nevera, sacó una cerveza y volvió al taburete mientras escuchaba en silencio a la prostituta.

—Sí, sí. En una hora me parece bien. No me hagáis esperar mucho —dijo colgando y levantándose de un salto.

El hombre salió del puesto ambulante y bajó las persianas. Tras recoger una nevera portátil y asegurarse de que estaba todo bien cerrado, se subió a la furgoneta y condujo hasta su domicilio.

Media hora más tarde, mientras miraba la televisión escuchó unas voces en el exterior. Se acercó a la ventana y divisó a las dos prostitutas caminando hacia su caravana.

—¿Estás segura de esto, Cathy Ann? —le escuchó decir a Kim parándose a unos metros de la puerta.

—Se la meneamos un rato, se correrá al momento y a dormir —explicó la rubia reanudando la marcha—. Nos aseguramos de cobrar por adelantado y sin problema.

Kim asintió con la cabeza y picó a la puerta. Joe se alejó de la ventana y caminó hasta la entrada.

—Tengo un mal presentimiento —susurró volviéndose hacia Cathy Ann.

—Anda, no seas tonta. Ya hemos hecho esto otras veces…

La puerta se abrió mientras las dos prostitutas conversaban y Joe apareció, invitándolas a pasar.

—Hola, chicas —saludó ofreciéndoles una cerveza que sacó de la nevera—. Gracias por venir tan rápido.

—Ya lo sabes, Joe —contestó Cathy Ann—, hacemos lo que haga falta para que nuestros clientes estén contentos.

Kim esbozó una sonrisa nerviosa y dejó la botella en una mesa que tenía a su derecha.

—¿Eh…? Habíamos pensado en cobrarte por adelantado —propuso la prostituta mirando al suelo.

—Sí, mujer, no hay problema —exclamó Joe sacando la billetera—. ¿Me hacéis descuento por cliente habitual?

—Lo siento, grandullón —intervino Kim—, es una ciudad muy pequeña. Todos sois habituales ya… La tarifa es la misma para todo el mundo. Serán cien dólares.

—¿Cien? La última vez fueron ochenta…

—¿Acaso tú no has subido el precio de tus bocadillos?

Joe se acordó de la escasez de género y sorbió de su cerveza.

—Aquí tenéis el dinero —exclamó al fin—. No nos demoremos más: a ver esas tetas…

Kim recogió el dinero y se lo guardó en el bolso mientras su compañera se quitaba la camiseta dejando al descubierto su pechos.

—¡Sí! —balbuceó Joe cogiéndoselas y mordiéndole un pezón.

—Quítate el pantalón —le ordenó Cathy Ann al tiempo que le desabrochaba el botón y lo alejaba de ella.

—¿Puedo usar el servicio? —preguntó Kim.

Joe asintió y observó cómo la mujer entraba en el lavabo mientras él se bajaba el pantalón.

—Abre las piernas —le exigió a Cathy Ann mientras la volteaba y le arrancaba las bragas de un tirón.

—¡Eh! —gritó ella—. Como vuelvas hacer algo así me largo.

—¿Así cómo? —preguntó penetrándola con violencia—. ¿Cómo estoy haciendo ahora?

La prostituta iba a protestar pero le tapó la boca con la mano y continuó penetrándola cada vez con más fuerza. Tras un par de embestidas, escuchó la cisterna y desvió la mirada hacia el lavabo.

Joe agarró del cuello a Cathy Ann con la otra mano y comenzó a estrangularla. La mujer trató de gritar pero solo consiguió quedarse antes sin aire y tras un par de convulsiones, la prostituta dejó de oponer resistencia. Joe la dejó caer al suelo y corrió hasta la puerta del lavabo.

Cuando Kim salió recibió un puñetazo en la cara que la derribó de espaldas, golpeándose la cabeza con el lavamanos. Joe arrastró el cuerpo hasta el centro de la habitación, dejando el cuerpo inmóvil de la prostituta se percató de que había un rastro de sangre que se iniciaba en el lavabo.

Joe volteó a Kim y descubrió una brecha en la cabeza por la que brotaba sangre. Con una sonrisa de oreja a oreja se acercó a la mesa y cogió la cerveza que la prostituta no había probado. Tras bebérsela de un trago se acercó a la ventana y observó el exterior.

Se colocó los pantalones y salió de la caravana. Cogió un hacha que tenía en la parte de atrás de la furgoneta y volvió al interior. Acercó la nevera portátil que había dejado en la cocina y la colocó al lado del cuerpo de Cathy Ann. Con gran habilidad comenzó a desmembrar el cuerpo de las dos prostitutas y fue guardando los trozos de carne en la nevera.

Era media noche cuando terminó de limpiar toda caravana, no había rastro alguno de sangre en el interior. Había colocado las cabezas y las extremidades de las prostitutas en un saco de malla y salió al exterior tras asegurarse de que no había nadie. Caminó hasta la parte de atrás de la caravana y comenzó a cavar un agujero en el que enterrar el saco.

Tras pegarse una ducha, encendió el fuego y comenzó a calentar una sartén. Cogió la nevera portátil, contempló los diferentes trozos de carne que había y sacó uno de ellos. Era el momento de comprobar la calidad de la carne que acababa de adquirir.

 

Puedes leer la continuación en: Varón blanco de cuarenta años

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Joe

Observo a través de la ventana cómo la pareja de protección civil se lleva al pequeño Timmy. Llora descontroladamente, pero a esos malditos bastardos les importa una mierda. Golpeo la pared con furia, miro la mesa y con el brazo tiro todo lo que hay sobre ella.

Me acerco a la cocina, agarro la botella de ginebra y le pego un buen sorbo, noto como un calor recorrer mi garganta y una arcada me noquea. Salgo de la caravana para que me dé un poco el aire y tras recomponerme, subo a la furgoneta.

Conduzco por la carretera absorto en mis pensamientos, buscando a alguna prostituta. No tardo en toparme con una, aminoro la velocidad y detengo a su altura mientras bajo la ventanilla.

—Hola, grandullón —dice al tiempo que se acerca a la furgoneta—. ¿Quieres que pasemos un rato juntos?

—Sube —contesto, abriéndole la puerta—. Iremos a mi casa.

—Te costará el doble —añade ella, subiéndose al vehículo.

—Tengo dinero.

Doy media vuelta y tomo la carretera más directa hasta mi caravana.

—¿Cómo te llamas, grandullón?

—Joe.

—Y dime, Joe —comienza diciéndome mientras empieza a tocarme por encima del pantalón—, ¿todo en ti es tan grande?

La miro de soslayo y permanezco en silencio mientras noto como se me pone cada vez más dura.

—Te gusta, ¿eh?

Cuando llegamos a la caravana ya estoy muy cachondo, bajamos de la furgoneta y nos dirigimos al interior. La puta contempla el lugar con una mueca de repulsión.

—Espero que donde vayamos a follar este un poco más limpio…

—No te preocupes por eso y ve desnudándote. El dormitorio está allí al fondo.

Camina hasta la parte de atrás y comienza a quitarse la ropa. Tiene un cuerpo escuálido, me recuerda a la puta de mi mujer.

—¿No habrás visto a una mujer, así en los huesos, con la cara demacrada y con un tatuaje de una mariposa en el brazo? —le pregunto.

—¿Cómo? —exclama ella—. ¿De qué estás hablando?

—Sí, una mujer de unos veintitantos —repito señalando su cuerpo—. Con un tatuaje en el brazo.

—Lo siento, grandullón. Trabajo sola…

Me acerco a ella y la abofeteo con fuerza. Se desploma en el colchón y ahogando un grito se lleva la mano a la mejilla enrojecida.

—¿Qué estás haciendo?

—¡Cállate, puta! —exclamo abalanzándome sobre ella—. Con que no sabes nada, ¿eh? ¿Estás segura?

Comienzo a propinarle puñetazos en la cara y en el estómago, provocando que se le corte la respiración. La mujer se hace un ovillo e intenta protegerse inútilmente. La volteo y mientras me desabrocho el pantalón la abro de piernas separándole las nalgas.

Escupo en mi mano y me la llevo a la polla humedeciendo el prepucio. Me acerco a su culo y trato de metérsela. Ella intenta alejarse, la agarro del pelo y le hundo la cabeza en los cojines. Noto como comienzo a penetrarla al tiempo que tiene problemas para respirar, me excito y le tiro del pelo haciendo que arque e la espalda.

—¡Te gusta! —le grito—. ¡Dilo!

La mujer intenta coger aire con ansiedad pero no quiero darle tregua y vuelvo a hundirle la cabeza en los almohadones.

Hago gárgaras, escupo sobre mi polla y observo como la saliva ayuda a que note menos fricción, embestida tras embestida. A medida que la mujer se va quedando sin aire su ano se dilata más y más, provocando en mi interior una excitación desmedida que me obliga a penetrarla con violencia. Desvío la mirada a su culo y descubro como la sangre cubre mi polla.

—¡Sí! —gimo—. ¡Sí! ¡Jódete puta! ¡Jódete!

Me corro y me desplomo sobre ella. No respira. Le cojo la cara y la observo, tiene los ojos y la boca abiertos. Me levanto y la acerco al borde de la cama. Aproximo mi polla a la boca y me la sacudo para que caiga el semen en su interior. Cuando termino, se la meto dentro y con la mano cierro un poco sus labios y disfruto de la mamada.

El ruido de un coche pasando por la carretera me sobresalta. Cojo la sábana y me seco las manos. Me subo el pantalón y envuelvo a la prostituta con la sábana llena de sangre.

Arrastro el cuerpo hasta la puerta de la caravana. Me acerco a la ventana y al no ver movimiento, abro la puerta. Me cargo el cuerpo al hombro y camino hacia la furgoneta. Lo lanzo en la parte de atrás y lo oculto con unas lonas. Recojo una pala que guardo bajo la caravana y me subo a la furgoneta.

Conduzco a toda velocidad por la carretera, mirando a ambos lados en busca de un buen sitio donde enterrar el cuerpo. Atravieso el rio y cuando estoy en mitad del puente una idea me viene a la cabeza. Me coloco en un lateral de la calzada y me bajo de la furgoneta. Camino hasta la parte de atrás y tras ponerme el cadáver en el hombro, me acerco al borde del puente apoyando el cuerpo en la barandilla.

—Espero que sepas nadar… —le digo a la puta.

Empujo el cuerpo y tras unos segundos el sonido del agua me dibuja una sonrisa. Un sonido en uno de los laterales me hace desviar la mirada. Hay un hombre que está de pie junto a un par de cañas de pescar. Al verme se agacha y comienza a recoger sus utensilios a gran velocidad.

Corro hasta la furgoneta y cojo la pala. Miro al pescador y contemplo como huye adentrándose entre los árboles. Le persigo en la oscuridad, solo una linterna que él sujeta me indica hacia dónde ir. La luz se ha parado, me detengo y camino despacio. Me cuesta respirar.

Trato de coger aire mientras voy escudriñando a mí alrededor. El sonido de una rama romperse a mi derecha me descubre al pescador, oculto tras un tronco caído. Corro hasta allí y mientras trata de ponerse en pie le golpeo con la pala en la cabeza. Cae al suelo y sigo golpeándole hasta que noto el olor a sangre. Me agacho y lo contemplo, tiene el rostro desfigurado.

Le agarro de los pies y comienzo a arrastrar el cuerpo de vuelta al río.

 

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