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Wolfdux – XIII

Cruzo el largo pasillo y me detengo frente a la entrada de la sala de reuniones. Me aclaro la garganta y llamo a la puerta antes de entrar.

—Buenos días —saludo inclinando un poco la cabeza.

Me siento en mi silla y coloco sobre la mesa la novelette y la cajita con los pendrives.

—¿Es eso lo que creo que es? —dice Terry con una sonrisa de oreja a oreja.

—Sí. Queríais una novelette, pues aquí la tenéis.

—Queríamos una novela —interviene George.

—Y yo quiero que publiques de una vez Vientos de invierno… —digo hiriente.

—¡Wolfdux! —me amonesta John.

—Lo siento… No se volverá a repetir. —Me vuelvo hacia George y le guiño un ojo—. Sin rencores.

Me aclaro la garganta, abro la cajita y se la entrego a Terry.

—Dentro encontraréis el manuscrito y el calendario de publicación del año que viene.

Terry observa la cajita, recoge un pendrive con la forma de Gran A’Tuin, y la pasa hacia su derecha.

—¿Podrías acercarme eso? —habla John señalándome la novelette.

Se la entrego y tras hojear un par de páginas la deja sobre la mesa.

—¿La venganza de Hooker? —lee en voz alta.

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Wolfdux – XII

—Si lo he entendido bien —recapitula Marcus—: ¿le han dado un ultimátum?

Asiento y me dirijo al mueble bar. Cojo una copa, tiro un par de cubitos en su interior y añado un poco de Baileys.

—¿Puede prepararme uno a mí?

—¿Cómo?—pregunto al no creer lo que acabo de oír.

—Si puede prepararme uno igual para mí —repite señalándome mi bebida.

—¡Ja! No sé cómo te lo montas, pero siempre me sacas una sonrisa —exclamo mientras se la preparo.

Marcus se acerca a la ventana y mira al exterior.

—¿Tiene alguna idea? ¿Cree que logrará darles lo que le piden?

—¿Alguna idea? —exclamo dándole su copa—. ¡Muchas!

—Perfecto, pues. —Sonríe y brinda conmigo.

—Eso sí. Solo tenemos dos meses…

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Gabriel

David entró en la tienda con paso decidido tras atravesar el laberinto de callejuelas.

—¡Tú! —exclamó señalando al hombre que había tras el mostrador—. ¡Me las vas a pagar!

El hombre al verlo, abrió los ojos de par en par y retrocedió hasta tocar con la espalda la estantería que tenía detrás de él.

—¿Cómo has…? —dijo con voz temblorosa.

David se encaramó al mostrador, le agarró de la camisa y lo atrajo hacia él, golpeándole con todas sus fuerzas en la cara.

—Serás desgraciado… —maldecía mientras seguía golpeándole.

—Por favor, para… —pidió tratando de cubrirse el rostro—. Puedo compensarte.

—¿Compensarme? —dijo lanzándolo contra el suelo—. Debería de matarte aquí mismo, malnacido…

—No tuve elección —explicó limpiándose la sangre que le brotaba de la nariz—. Gabriel quería acabar contigo, y amenazó con quemar la tienda si no cooperaba.

David miró a su alrededor, recogió uno de los sombreros y se carcajeo.

—¿Así que me vendiste por esta mierda? —dijo mirando con desprecio el borsalino que tenía en la mano antes de lanzárselo—. Lamentarás el día que me traicionaste, Roberto.

—¡Espera! —intervino al tiempo que se levantaba del suelo—. Como te he dicho, puedo compensarte.

David al escuchar de nuevo esas palabras apretó los puños y se puso rojo.

—No hay nada que puedas hacer para compensar por todo lo que he pasado…

—¿Ni ofreciéndote la oportunidad de localizar a Gabriel?

David sopesó lo que le acababa de decir Roberto. Se aclaró la garganta y le hizo un gesto para que continuara.

—Desde hace un par de semanas está viviendo en el château que hay en la colina —dijo sacudiéndose el polvo de encima—. Este fin de semana organiza una reunión de negocios para establecer su nuevo horizonte de inversión. Es una oportunidad única para acaba con él y con todos sus socios.

—Pues ya estás averiguando una forma para que podamos entrar —espetó David petándose los nudillos.

—¿Podamos? —quiso saber Roberto.

—¿Acaso crees que voy a ir solo? —informó con una sonrisa—. Aún te queda mucho por compensarme.

—Yo… no…

—¡Calla! Es hora de darle pasaporte a ese hijo de puta… —anunció golpeando el mostrador con la palma de la mano.

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Wolfdux – XI

—Es inaceptable que lleves casi cinco años publicando y todavía no hayas escrito una novela —exclama molesta mi hermana—. Pero es que ni siquiera te has dignado a sacar una novelette

La junta directiva me mira fijamente, expectante a mi respuesta.

—No ha sido una prioridad —digo encogiéndome de hombros.

—Pues quizás es momento de relevarte del puesto que ostentas —sugiere George quitándose la boina.

—¿Cómo?

—No seas tan duro con él —interviene Terry—. Si el problema son sus prioridades, tendremos que trabajar en ellas.

—Señor Pratchett, mi hermano utiliza la editorial para publicar basura —argumenta cruzándose de brazos—. Estoy con el señor Martin: hay que buscarle un sustituto.

—¿Quién? ¿Tú? —exclamo levantándome de la silla.

—Haya paz, haya paz —habla John—. Señorita Anathema, lamento decirle que usted no tiene ni voz ni voto en este consejo. Es cierto que hemos contratado sus servicios, pero no para deliberar esto.

Desvío la mirada hacia mi hermana y observo como su rostro se comienza a poner rojo.

—En cuanto lo de buscar o no un sustituto —prosigue John tras hacer una pausa en la que mira uno a uno a todos los presentes—. Estamos en el último trimestre del año y sería absurdo hacer el cambio ahora. ¿Puedes escribir una novela antes de que termine el año?

—No —contesto al instante.

—¿Y una novelette?

—No lo sé…

—Pues deberías —sugiere Terry.

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Efecto placebo

Todavía noto el regusto de la Amanita que acabo de comerme cuando comienzo a sentir una ligera alegría que me invade poco a poco. No sé si es un efecto placebo, pero la brisa que corre por la azotea me hace sonreír.

Sentado en la silla contemplo miles de luces que inundan el lugar, expandiéndose a mis pies. Me levanto y siento un ligero desequilibrio que me hace agarrarme con fuerza a la barandilla.

Respiro profundamente y cierro los ojos. Al abrirlos las diminutas luces de la ciudad danzan por todas partes como si de un baile se tratase. Extiendo los brazos e inhalo aire hasta llenar mis pulmones.

La felicidad me posee y situado en lo más alto del edificio me creo capaz de volar cual pájaro. Me quito la chaqueta y cierro los ojos para prepararme para continuar con este viaje.

La cabeza me da vueltas y una ráfaga de imágenes me nublan los sentidos. El aire me oprime el pecho, la felicidad se torna tristeza, y la sonrisa se deforma hasta convertirse en una mueca grotesca.

Me dejo caer al suelo y trato de contener una arcada. No lo consigo, por lo que cierro los ojos y noto unas lágrimas que los humedecen. El corazón me late con rapidez e intento respirar pausadamente. Segundos después, al abrir los ojos, descubro la totalidad de la Muscaria flotando sobre el vómito en diminutos trozos.