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Wolfdux – X

—¿Qué haces por aquí? —digo a modo de saludo.

—¿Así es como saludas a tu hermana después de tantos años? —me reprocha.

Arqueo una ceja y fuerzo una sonrisa.

—Eso esta mejor —dice ella al tiempo que me da un breve y frío abrazo—, pero a mi no me engañas…

Ignoro sus palabras y la hago pasar al interior para resguardarnos del aguacero que está cayendo. La guío entre bambalinas hasta encontrar una zona donde poder hablar con tranquilidad.

—¿Bueno, qué? ¿Me vas a decir cómo has llegado hasta aquí? —pregunto nada más cerrar la puerta de uno de los camerinos.

—Ay… hermanito, hermanito. —Saca un cigarro de la pitillera y se lo lleva a la boca—. ¿Quieres uno?

—No fumo tabaco —contesto tajante—. Y aquí dentro esta prohibido fumar.

Mi hermana hace una mueca y lo vuelve a guardar.

—¿Qué haces por aquí? —pregunto otra vez.

—La junta directiva se ha puesto en contacto conmigo —contesta al fin—. Por lo visto, quieren un cambio de rumbo en la editorial.

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Wolfdux – IX

Me levanto de la silla y me acerco a la ventana. Observo cabizbajo como la lluvia cae sobre el tejado de uno de los estudios. Reparo en una mujer que está fumando bajo el umbral de la puerta y que por alguna extraña razón me resulta familiar.

Camino hasta el escritorio, cojo la tablet y vuelvo a la ventana. Miro el correo mientras trato de identificar mentalmente a esa mujer. Tras navegar por la bandeja de entrada sin prestarle mucha atención, la cierro y abro el Hangouts.

—Marcus, acabo de ver a una mujer pelirroja en el estudio de Fantasía. ¿Sabes algo de ella? —pregunto nada más ver su cara en la pantalla.

—Hola, señor Anathema. ¿Una mujer pelirroja? —Hace una mueca y luego abre los ojos de par en par—. ¡Ah, sí, sí! Perdone… Se me ha olvidado decírselo.

Desvío la mirada hacia el exterior y contemplo como la mujer me está saludando y haciendo señas para que baje.

—Me ha dicho que era su hermana —prosigue Marcus ajeno a que le estoy ignorando.

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Ropa de abrigo

La primavera había llegado, el solecito comenzaba a calentar y las temperaturas eran agradables. Lo que significaba cambiar la ropa de abrigo por la de buen tiempo —una de las tareas domésticas que más pereza me dan—. Quise comenzar por lo más duro, así que me dirigí a la pila de ropa que había sobre la silla y con gran esfuerzo separé la que había que lavar de la que no. Tras pasarme toda la mañana plegando ropa, cogí la última prenda: una chaqueta —que en su momento me pareció monísima y que al final me había puesto una única vez—, y rebuscando en sus bolsillos me encontré con el número de lotería que había dado por perdido un par de meses atrás. El número me resultaba familiar, por lo que tras verificarlo en Internet descubrí que era un boleto premiado con el primer premio. ¿Podría cobrarlo todavía?

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Wolfdux – VIII

Entro en el sistema de vigilancia de la editorial y reviso, a través de la pantalla de mi tablet, una a una las cámaras de vigilancia buscando a Marcus.

—Aquí tiene su copa, señor —la voz de una despampanante camarera en triquini, capta mi atención.

—Muchas gracias. —Cojo la bebida y me la llevo a los labios.

Observo alejarse a la joven mujer y contemplo la idílica playa en la que me encuentro. Un sonido que procede de la tablet me hace desviar la mirada. Es Marcus.

Me sorprendo al verlo, solo, en la sala de reuniones. Camina alrededor de la mesa mirando su portátil y revolviéndose el pelo con desespero. Admiro la escena como si de una película se tratara mientras sorbo de la pajita de mi Long Island.

Marcus se sienta frente al teclado, escribe un par de palabras y, pasados unos segundos, se lleva las manos a la cabeza. Se levanta malhumorado y sale de la sala de reuniones, lo que me obliga a tener que cambiar la cámara para poder seguir sus pasos.

Cuando lo vuelvo a localizar ha cruzado el pasillo y está frente la máquina expendedora.

—¿No serás ca…? —musito al verlo recoger una botella—. ¿¡Agua!?

Me levanto de mi tumbona y me acerco a la barra del chiringuito.

—La cuenta, por favor —pido con semblante serio—. Tengo que volver a casa.

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El poeta

No conforme con engatusar a jóvenes pueblerinas

a las que bajaba las enaguas con tan solo tres de sus rimas,

quiso llevarse al huerto a una de sus primas.

 

El averno le reclamó cuando su pene desenfundó

y con la semilla del diablo la fecundó.

 

Ahogando sus penas en vino

vivió sus últimos días como un gorrino

hasta que, a manos de una antigua amante,

y con un corte en el gaznate,

le llegó la muerte a este maldito pillastre.