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Dolor de barriga

Mikel estaba sentado en la taza del váter con los gallumbos por los tobillos. Hacía días que no conseguía cagar y eso hacía que estuviera de muy mala hostia. «Maldito kebab de los cojones», pensó asqueado ante aquella situación. Por más que apretaba no conseguía sacar nada.

Hacía tres días sus amigos y él habían ido a Barcelona a ver el famoso Cirque du Soleil. El viaje hasta allí había sido una tortura, a las tres horas de coche había que sumarle una hora para encontrar aparcamiento y les había dejado por lo menos a él, con el culo cuadrado. Para colmo, no fueron capaces de encontrar sitio cerca de la carpa del circo y tuvieron que andar colina arriba un buen trecho.

Llegaron con apenas una hora de tiempo para que empezara la función, lo que les obligó a buscar un sitio donde cenar. «Bueno, bonito y barato», se dijo a sí mismo cuando llegaron y vieron varios puestos de comida rápida. La primera de todas era de kebabs, y Mikel decidió ir a ese, sus compañeros por el contrario fueron a uno que hacia unas hamburguesas que rebosaban aceite por todos sus poros.

Cenaron en unos bancos que no distaban mucho de la entrada a la carpa. Las colas se comenzaban a formar y la noche comenzaba a caer sobre ellos. Las dos chicas con las que iban estaban entusiasmadísimas con la idea de poder ver la actuación. Desde el día que compraron las entradas no hicieron otra cosa que hablar de ello, y como no podía ser menos, todo el viaje en coche también. Mikel estaba un poco harto de ellas y de sus comentarios por lo que miró a su alrededor buscando con que distraerse.

A lo lejos una pareja de ancianos se acercaba con paso lento a su posición. Parecían enfadados, él hablaba en un tono elevado, mientras que ella le rogaba que bajara la voz. No pudo escuchar bien la conversación, pero le pareció oír algo sobre unos acueductos, desconocía el motivo de la disputa y trataba de averiguar más cuando Mario le dio un golpecito con el pie para llamar su atención.

—Atontado, vamos a la cola —le dijo mientras señalaba al resto del grupo que ya caminaba hacía la entrada.

—Perdona, quería desconectar. Estoy un poco cansado de Erin y Ruth, llevan todo el viaje dando el coñazo con el circo de los cojones. Se me están hasta quitando las ganas de entrar. Te lo juro —contestó asqueado.

Mikel volvió a apretar con fuerza tras recordar aquello pero lo único que consiguió fue ponerse rojo y sofocarse. Decidió dejarlo correr y volver al comedor. Se limpió, se subió los calzoncillos y salió del lavabo con una grotesca mueca. Se sacudió la imagen de la cabeza y se sentó en el sofá.

En la televisión daban un programa de avances tecnológicos aplicados en medicina. Donde el trabajo de los cirujanos cada vez era más seguro y rápido gracias a ellos. Durante un rato observó la pantalla a desgana con la mirada perdida, en ella se veía la sencillez con la que se insertaba un marcapasos y el paciente se marchaba a casa el mismo día de la operación.

Cambió de canal buscando algo que le entretuviera y alejara sus pensamientos de aquel maldito malestar. Tras pasar varios canales se decidió por un documental de animales. Desde pequeño le había gustado mirarlos. Los paisajes y los animales que había en lugares lejanos siempre le habían apasionado. Observó como una de las leonas de la manada comenzaba a dar a luz. Mikel no había visto nunca el nacimiento de un animal y le atrapó al momento. La leona gruñía y gemía a partes iguales, las cámaras se habían acercado mucho y habían conseguido grabado todo el parto. «¿Cómo se acercan tanto?», se preguntó ante aquellas imágenes.

La sangre que emanaba de allí no le pareció normal, incluso le mareó, tras un par más de gruñidos apareció una pequeña cabeza de entre las patas de la leona, los machos como esperando a que todo esto terminara rondaban a cierta distancia de las hembras. Los tímidos gruñidos del recién nacido comenzaban a escucharse, la misma hembra lo agarró del cogote y lo extrajo por completo junto con más sangre, colocándolo a su lado. Una de las leonas se acercó olfateándolo pero un rápido rugido de la madre la hizo apartarse.

Otro cachorro comenzó a aparecer, estaba vez salía de culo. Tras forcejear y apretar otra vez el pequeño cachorro consiguió salir tras un largo rato, pero por desgracia para él, nació muerto. La madre lo cogió y al darse cuenta de que no respiraba en vez de dejarlo junto al primer cachorro lo lanzo al otro lado. Una de las hembras se acercó al pequeño y lo olisqueó, las otras al ver que la madre no les prestaba atención se lanzaron sobre él y lo comenzaron a devorar. Una sensación de asco y repulsión invadieron a Mikel.

Sin previo aviso se levantó y corrió hasta el lavabo con las manos en la boca. Una vez allí levantó la taza del váter y se arrodilló. Con una gran contracción estomacal vomitó en su interior. Sus ojos llorosos se cerraban con cada contracción y el amargo sabor lleno su boca, el movimiento en su interior le hizo sentir otra vez nauseas lo que originó más vómitos. Tras unos segundos con la cabeza en el váter Mikel cogió papel y se limpió. Una vez hubo terminado, lo lanzo en el interior y se levantó. Estiró de la cadena y se acercó al lavamanos. Allí se observó, estaba rojo como un tomate, con lágrimas en los ojos y pálido. «Cagar no, pero el dolor de barriga ya es historia», pensó mientras se sonreía a sí mismo en el espejo.

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Ataque directo

Sylvia se coló grácilmente por la ventana y se ocultó tras unas cajas. Había evadido a todos los guardias hasta el momento pero ahora el almacén tenía la puerta custodiada por dos enormes gorilas armados con ametralladoras y tres hombres más, igual de armados, patrullaban la sala. Tenía que cruzar aquella puerta si quería hacerse con los documentos secretos y cumplir la misión. Debatió un instante sus posibilidades, observó su pauta de movimientos hasta encontrar algún lugar por donde poder actuar, y tras unos minutos observándoles se preparó mentalmente.

Descartó un ataque directo, el único escondite eran los pocos pilares que había y las cajas donde ahora mismo estaba oculta, salir de allí supondría exponerse completamente. Pensó en acabar primero con los dos gorilas y usarlos como cobertura para acabar con los tres restantes, utilizando una granada de humo. Pero tenía que salir todo a la perfección y cualquier error sería fatal. Sylvia desenfundó el arma, una pistola tranquilizadora completamente blanca. Disponía de un cargador de cinco dardos, esto la obligaba a no errar ningún disparo. Con la mano libre cogió del bolsillo la granada. La activó y la lanzó rápidamente delante de la puerta.

Al caer al suelo explotó y una nube blanca comenzó a invadir la zona. Saltó por encima de las cajas y disparó a uno de los gorilas, el dardo le impactó en el cuello y antes de notar siquiera el pinchazo ya estaba cayendo al suelo dormido. El otro, alterado tras ver a su compañero en el suelo, buscó en vano con los ojos entrecerrados. No se percató de cómo un dardo le impactaba en el brazo, Sylvia había disparado a ciegas a través del humo. Se llevó la mano al proyectil, un gesto inútil, el suero había penetrado y su efecto ya había comenzado.

Los otros hombres al escuchar la explosión se ocultaron rápidamente tal y como ella había supuesto, rodó hasta el pilar más cercano y desde allí, oculta por la humareda disparó. El hombre oculto cayó de bruces al suelo, ella tras verlo se deslizó hasta uno de los gorilas, y lo utilizó de cobertura como había pensado.

«Todo sigue según lo previsto», se dijo a sí misma. Ahora solo tocaba esperar a que los otros dos se acercaran a investigar y acabaría con ellos. Tardó unos instantes en percatarse de que la granada dejó de funcionar, la silueta de dos hombres acercándose uno por cada lado comenzó a dibujarse a través de la cortina de humo.

—¡Estas rodeada! —gritó uno de ellos.

  Sylvia disparó nuevamente y el dardo impactó en la pierna del que se acercaba por la derecha, lo que provocó que cayera al suelo y antes de que el otro se diera cuenta, disparó rápidamente su último dardo.

Tras el tiro sólo se oyó un ruido metálico, la velocidad con la que se había efectuado el disparo fue crucial, el proyectil impactó con el arma y no con su portador. Al darse cuenta de que había errado, se decidió por salir de su cobertura y atacar directamente a su enemigo.

El hombre, que había retrocedido ante el disparo, volvió a ponerse en posición defensiva, apuntó y trató de disparar. El dardo de Sylvia había impactado en el gatillo haciendo imposible que la ametralladora pudiera disparar. Ante la sorpresa de ver como su arma no disparaba y de cómo la mujer se le abalanzó emergiendo de la nube de humo, no pudo evitar la patada que ésta le propinó. Cayó de espaldas al suelo y antes de poder reponerse otro nuevo ataque de Sylvia estaba en camino. Éste sí pudo evitarlo, con un movimiento rápido esquivó un puñetazo y con un golpe seco del codo la hizo caer. Ambos estaban medio tendidos en el suelo, lentamente se levantaron y adoptaron posiciones defensivas, observándose mutuamente.

El primero en atacar fue él, trató de propinarle un rodillazo en la pierna, Sylvia a duras penas pudo esquivar el ataque. Sin percatarse, otro feroz golpe fue directo a su rostro, notó los nudillos en su mejilla y cayó fuertemente contra el suelo. Allí notó como la sangre le corría entre los labios, trató de levantarse con rapidez. El hombre con paso seguro se acercó a ella y levantó el puño para darle el golpe de gracia.

—Alto, cabo Maeso. Es suficiente, la recluta ha aprendido la lección —habló una voz a través de un altavoz.

—No hacía falta que pegaras tan fuerte —le recriminó Sylvia a su agresor.

—Un entrenamiento debe de efectuarse como si de una misión real se tratara —añadió él fríamente.

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La dama del lago

—¿No sabes que es la “psique”? ¿Cómo puede ser? —preguntó desconcertado—. Hasta un preescolar sabe lo que es… —concluyó en tono molesto.

—¿Un preescolar? ¿Qué es eso? ¿Se puede comer? —preguntó mientras se rascaba la cabeza.

Quizás tengamos que rebobinar un poco para poder entender esto. Por un lado tenemos a Harald, un joven vikingo que sin saber cómo, ha llegado a conocer a Ron, un chico del siglo XXI, que tras quedar cegado por el sol, al volver a abrir los ojos se encontraba en tierras el norte sin saber cómo.

Lo primero que recuerda es estar uno delante del otro. Cuando se vieron las caras por primera vez Ron pensó que estaría bajo los efectos de alguna droga. Miró a su alrededor y lo único que vio fue uno inmenso lago helado bajo sus pies, y a un pequeño individuo vestido con pieles de animales y una pequeña hacha en su mano. Harald estaba atravesando el lago como prueba para convertirse en un hombre a los ojos de su poblado. Al ver a Ron delante de él vistiendo esos ropajes tan extraños pensó que estaba sufriendo alucinaciones.

—¿Pero qué demonios? —dijo mientras cogía el hacha con sus dos manos—. ¡Quieto! ¿Quién eres? ¿Eres el espíritu de la Dama del Lago? —preguntó Harald con voz temblorosa.

—¡Ay va! —exclamó Ron al verlo alzar el hacha—. ¿La dama de dónde? —continuó mientras retrocedía ante la acometida del vikingo—. ¡Quieto, espera! ¿Y tú quién eres? —preguntó mientras buscaba alguna arma improvisada dentro de sus bolsillos.

—Yo soy Harald, hijo de Erik del clan Lagoprofundo, y estoy en una misión muy importante, así que si no eres la dama del lago, apártate si no quieres que acabe contigo — respondió mientras caminaba dubitativamente hacia Ron.

—¡No me hagas daño! — exclamó mientras le tiraba un cacahuete que había encontrado en uno de sus bolsillos—. No soy tu dama del lago, soy Ron —sollozó.

—¿Ron? ¿Hijo de quién? ¿A qué clan perteneces? —preguntó inseguro.

—¿Clan? Vivo con mi padre Héctor en… —comenzó a decir cuando fue cortado por Harald.

—¿Héc-Tor? Supongo que querrás decir del clan Héc-Thor, ¿no es cierto? —preguntó a la vez que bajaba el hacha—. Nuestros clanes son amigos, pese a la larga distancia que nos separa —continuó mientras se acercaba a Ron ofreciéndole un apretón de manos.

Ron deseaba con todas sus fuerzas que el efecto de la droga que se hubiera tomado pasara. Mientras tanto para no hacer enfadar a Harald le tendió su mano y se dieron un buen apretón. Inexplicablemente eso le hizo sentirse realmente aliviado. Harald comenzó a preguntarle si sus ropajes eran una distinción en su clan y como era la vida más allá de las grandes espesuras y ríos helados. Ron sin saber que contestar, se limitó a decirle como era la vida en casa con su padre trabajando el campo con él.[1]

Tras dejar claro, como era la vida en el clan Héc-Thor. Harald le contó que era costumbre en su poblado enviar a los jóvenes al lago para que encontraran la senda del coraje y el valor. Aparte de eso podían encontrar monstruos, abominaciones y agujeros por los que caerte al agua helada. También le explicó quien era la dama del lago, quien resultó ser parte de una leyenda muy antigua que decía que el afortunado que se topara con ella en su viaje de iniciación probaría los manjares de la lujuria con ella, dotándole de buena fortuna junto con una vida repleta de amor. Ron, al escuchar eso decidió acompañarlo hasta su destino, como todo hombre en su sano juicio haría.

Continuaron un rato caminando sobre el lago helado hasta que llegaron a una cueva tan negra y fría como el mismo azabache. En ella, tuvieron que avanzar por unos túneles con diferentes trampas y pruebas. Pasar por debajo de unas cuchillas afiladas, no pisar las losas falsas, acertar una combinación secreta y esas típicas cosas que suelen pasarles a los aventureros cuando entran en cuevas misteriosas. Pero la prueba que tenían delante era diferente. Nueva.

—Analicemos la habitación —sugirió Ron tras observarla atentamente—. Tenemos una habitación circular. Hay cuatro grandes losas de colores por aquí repartidas —siguió enumerando mientras caminaba entre las losas—. ¿Y esto? —preguntó al tocar una especie de pulsador en el centro de la sala.

—¡Psi!

Escucharon un agudo sonido cuando una de las losas se iluminó para asombro de los dos. Ron y Harald se miraron y se acercaron a la piedra. Ya no irradiaba luz ni emitía sonido alguno.

—Tócala —sugirió Harald.

—¿Yo? —contestó—. Tócala tú. ¿Por qué tengo que hacerlo yo? —concluyó mientras se separaba de la mole azul.

—¿Quién ha tocado ese pulsador de allí? —preguntó mientras señalaba al pulsador con su hacha—. Tócala —sentenció dando unos pasos atrás.

Ron, bajo la mirada y suspiró. Cogió aire y se acercó a la losa. Con un gesto de la mano apartó a Harald mientras volteaba aquella roca azulada. Le dirigió una mirada al vikingo y levantó la mano acercándola a la losa. Harald cogió el hacha con las dos manos y se escondió tras ella.

—¡Psi! —Volvió a sonar aquel zumbido agudo. Ron y Harald quedaron iluminados por el brillo de la losa. Tras apagarse, volvió a iluminarse y el sonido se expandió por toda la sala seguido del zumbido que emitía la losa amarilla que también comenzó a brillar—. ¡Psi! ¡Que! —sonó por la sala justo antes de hacerse el silencio nuevamente.

—¿Psique? —preguntó Harald mientras se rascaba la cabeza.

Y aquí es donde empezamos con el relato un par de líneas más arriba si mal no recuerdo. Así que continuaremos por donde lo habíamos dejado si os parece bien.

Ron que lo miraba atónito se sacudió la sorpresa de encima y tocó la piedra amarilla.

Game Over —rugió por toda la sala cuando las cuatro losas se iluminaron.

Harald y Ron se echaron al suelo cubriéndose la cabeza con las manos.

—¡Socorro! ¡Auxilio! —gritó Harald mientras gateaba hacia ningún lado.

Las piedras dejaron de brillar y no pasó nada más. Ron miró a su alrededor y se levantó lentamente. Ayudó a Harald a ponerse en pie, se sacudió el polvo de encima y comenzó a caminar entre las grandes piedras.

—Creo que esto no es bueno —dijo Harald mientras miraba la losa amarilla—. La otra vez sonó diferente —masculló.

Se acercó al pulsador y lo presionó a desgana.

—¡Psi! —sonó cuando brilló la piedra azul.

—Tócala Harald —ordenó mientras clavaba la mirada en la piedra que se acababa de iluminar. El joven vikingo avanzó dubitativo y posó la mano sobre la fría piedra.

—¡Psi! —emitió al iluminarse. Harald saltó atrás y se colocó en posición defensiva.

Tras apagarse, unos segundos más tarde volvió a sonar y a brillar, el primer sonido fue seguido por el emitido por la losa amarilla. Ron se acercó a la piedra azul y la tocó. El sonido emanó como por arte de magia.

—¡Lo tengo! —exclamó Ron mientras lo celebraba—. Harald, ahora tienes que tocar la amarilla —pidió mientras daba un paso atrás para ver qué ocurriría.

—¿Yo? No me gusta esta sala… —se quejó mientras se acercaba a la piedra. Pese a ello levantó la mano y la tocó.

—¡Que! —sonó cuando se iluminó. Ron esperó impaciente a que la secuencia volviera a comenzar. Lo hizo, y como cabría esperar: con la azul la primera de todas, seguida de la amarilla, y por último la losa de color rojo comenzó a brillar y a rugir—. ¡Bu! —estalló en toda la sala.

Ron corrió hasta la piedra azul y la tocó, cuando se iluminó pidió a Harald que volviera a tocar la losa amarilla, mientras se dirigía expectante a la última piedra. Los sonidos ocupaban toda la habitación, y el techo se tiñó con los colores.

—¡Anda! ¡La bandera de Andorra! —gritó Harald para sorpresa de todos señalando al techo.

Ron negó con la cabeza omitiendo lo que acababa de escuchar y se percató de que una puerta oculta apareció tras de él. Se acercó y observó su interior. Una luz brillaba al fondo y una ligera brisa le acarició la cara.

—Creo que hay una salida por aquí —dijo mientras se adentraba en ella.

Harald esgrimió en alto el hacha y se acercó dubitativo. Cuando llegó al umbral de la puerta, se armó del poco valor que tenía para cruzarla mientras apretaba con fuerza los dientes. Tras caminar un poco por el interior del túnel, salió en las afueras de su poblado. Ron le estaba esperando allí sentado sobre una piedra.

—¡Ron! ¡Hemos llegado a mi pueblo! —exclamó—. Eso quiere decir que he superado mi iniciación —celebró animosamente mientras abrazaba a Ron—. ¡Ven, corre! Te mostraré mi pueblo y te presentaré al clan —gritaba mientras comenzaba a correr.

Ron no pasó desapercibido cuando llegó al pueblo de los Lagoprofundo, pero rápidamente Harald explicó quién era y como se habían conocido. Tras enterarse y saciar su curiosidad, los presentes comenzaron a preparar la fiesta en su honor.

—Pese a no ver visto a la dama del lago ya soy todo un hombre —explicó casi con lágrimas en los ojos.

—Pues vaya que bien —contestó Ron a desgana—. ¿Y ahora qué hacemos?

 

[1] Lo sé, a estas alturas os estaréis preguntando cómo es posible que se 
entiendan si no hablan el mismo idioma, pues bien, es posible porque lo 
digo yo, que para eso soy el que escribe la historia.  
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Escena nº13

La hoja permanecía completamente en blanco. La mano de la joven escritora dibujaba círculos en el aire, esperando la llegada de una idea. De hecho, ella esperaba una escena navideña, es más, tenía un montón de ideas sobre la Navidad.

Hacía días que no escribía nada, el plazo de entrega para enviar el relato terminaba en dos días y la hoja aún seguía en blanco. Cansada de no encontrar algo que le hiciera saltar la chispa se levantó, salió de su estudio y cruzó el pequeño pasillo hasta llegar al comedor. El gato negro dormía, como siempre, en su rincón del sofá. El sol comenzaba a ocultarse, y la oscuridad luchaba por adentrarse en la habitación.

Mientras se dirigía al armario el gato abrió un ojo al escucharla y volvió a cerrarlo al ver que la cosa no iba con él. La escritora abrió la puerta del mueble, miró en su interior, sacó una pequeña caja metálica de bombones, y con la mano libre cogió un cenicero. Se ayudó con el codo para cerrar la puerta del armario. Se acercó al sofá y se sentó mientras el gato arqueaba las orejas.

Colocó el cenicero y la caja metálica en la mesa, abrió la tapa y cogió un rudimentario pitillo. Se lo llevó a la boca y lo prendió con un mechero. Inhaló un par de veces y el blanquecino humo comenzó a expandirse por todo la habitación. Era el momento de darle un respiro a la mente, para que descansara y volviese con más fuerza. Tras varias caladas, comenzó a sentirse más relajada y tranquila.

Casi sin darse cuenta el gato negro comenzó a caminar entre sus pies. «Un gato negro», pensó sin querer. «¿Por qué traerán mala suerte los gatos? ¿Y romper un cristal? ¡O pasar por debajo de una escalera!», se dijo a sí misma.

Encendió el portátil que estaba en la mesa y buscó en Google el origen de este tipo de supersticiones. La búsqueda de estas palabras le llevó a Wikipedia, información de fácil y rápido acceso. Dicha información hablaba de una supuesta relación entre gatos ya fueran negros, grises o verdes y las brujas, motivo por el cual tenían esa mala fama.

Le llamó la atención la caza de brujas y abrió otra página en busca de más información. En una de ellas, al abrirla le apareció un gigantesco candado que le bloqueaba el acceso. «Pagina bloqueada temporalmente», leyó para sus adentros. La cerró y continuó buscando por otro tipo de páginas, leyendo todo tipo de supersticiones, hasta que encontró a una en la que se remarcaba como un día muy negro: el 13 de Octubre del año 1307.

 Fue entonces cuando se percató de la fecha en la que estaba. Volvió la vista al calendario que colgaba de la pared, allí un gran número trece debajo de la palabra viernes escrita la miraba fijamente. Comenzó a preocuparse y por su cabeza solo pasaban aquellas cosas que te suelen decir sobre la buena y la mala suerte.

Escuchó un ruido y se giró. Sin querer golpeó el cenicero que cayó al suelo. «La suerte no existe», se dijo mentalmente mientras recogía el cenicero y lo colocaba de nuevo en la mesa. Al levantarse del sofá el mando cayó al suelo, pilas y tapa, salieron disparadas cada una por un lado. Se agachó para recoger ambas cosas mientras se volvía a repetir que la suerte no existía.

Un voraz apetito comenzó a invadirla, se dirigió a la cocina dónde encontró unos pastelitos de chocolate, ideal en estos casos. Tras acabar con un par de ellos, volvió al sofá y se sentó, dejándose caer lentamente hasta quedar completamente tumbada, somnolienta. Allí comenzó a soñar despierta.

Soñó que había escrito el relato y lo había enviado, un relato del cual ella estaba muy contenta y satisfecha, pero al levantarse, aún dentro del sueño, resultaba no ser cierto. La hoja permanecía en blanco, igual que el día anterior, y ya solo le quedaba un día para terminar el relato, por lo que tras maldecirse se sentaba en la silla y tras meditar un tiempo, comenzaba por escribir el título.

Al despertar a la mañana siguiente un leve dolor en las cervicales le recordó que había pasado la noche durmiendo en la misma posición. Se masajeó la zona afectada y se levantó, caminó hasta su estudio. Al sentarse y coger el bolígrafo para comenzar a escribir vio como la hoja estaba escrita de margen a margen con un título que rezaba “Escena nº13”.

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Consecuencias del belicismo

Habían pasado cincuenta años y aún se sentía como encerrado en una jaula. Habían sido tan solo cinco años, cinco años en el infierno del ejército. Librando una guerra que no tenía nada que ver con él.

Su padre le había obligado a alistarse con tan solo dieciocho años, según decía para que se hiciera un hombre. Opinaba que había malgastado su juventud con aquel grupo de amigos liberales, aficionados al teatro. Una carrera de artista era lo que realmente deseaba, pero lo único que consiguió fue ver como todo eso desaparecía con su marcha al ejército.

Los primeros meses fueron los más duros. Su mundo idílico explotó como la metralla que se veía obligado a disparar. La dureza del entrenamiento y la fuerte rivalidad le hicieron pensar en suicidarse más de una vez, pero nunca fue capaz de reunir el valor suficiente. Tras esos meses infernales, llegaron tiempos más tranquilos, había conseguido acostumbrar al cuerpo y a la mente a la rígida y férrea disciplina militar.

Cuando faltaba poco para licenciarse, estalló una guerra y sus sueños de regresar a casa se desvanecieron. Fue enviado al frente y los días tranquilos empezaron a quedar muy lejos. Dormía poco y se levantaba antes de que saliera el sol. Las jornadas de trabajo eran muy extensas y monótonas. Vigilar una zona, patrullar un territorio o limpiar las letrinas, tareas que se intercalaban con alguna que otra práctica de tiro. Siempre se preguntó cómo sería disparar a alguien y dar en el blanco. Lo que no sabía era lo cerca que estaba de averiguarlo. Una noche que estaba de guardia en el campamento, unos rebeldes trataron de colarse en el interior y sonó la alarma por lo que se vio obligado a correr tras ellos.

Su compañero de guardia Zack fue abatido por un disparo directo en la sien. Antes de caer al suelo ya estaba muerto. Fue la primera vez que veía morir a alguien, sintió como si le hubieran quitado un pedazo de él. Con el arma en alto apuntando a la oscuridad corrió en busca de cobertura, tal y como le habían enseñado, una vez allí, pidió refuerzos. Estos no tardaron en llegar, y la situación se controló rápidamente, dieron muerte al francotirador que había acabado con Zack, y los otros fueron capturados y hechos prisioneros. Aquella noche no pudo dormir, veía la cara de Zack perdiendo todo rastro de vida en una fracción de segundo mientras se desplomaba al suelo cual muñeco de trapo.

A la mañana siguiente otro grupo de rebeldes se dirigió a la base y comenzaron a lanzar cócteles molotov mientras disparaban a toda persona visible desde fuera. Él fue llamado para reprimir el ataque y enviado a una de las torres, la misma desde donde la noche anterior había salido la bala que impacto con Zack. Una vez arriba cogió un fusil francotirador y cargó el arma. Sus órdenes eran claras, disparar a los atacantes.

Había llegado el momento, tenía en el punto de mira a uno de ellos, estaba preparando un explosivo, vio como debido a las prisas y a la tensión del momento derramaba un poco de líquido por el suelo. Dudo en apretar el gatillo y cuando quiso darse cuenta, el rebelde ya estaba corriendo dirección a la torre de su derecha, lanzó el explosivo y cuando impacto una gran bola de llamas y fuego la cubrió por completo, los gritos de sus hermanos de armas llegaron hasta él, no pudo evitar sentir un ligero sentimiento de culpa.

Volvió a buscar por su mirilla, oculto tras unos escombros divisó a dos rebeldes, uno de ellos era menudo, como un niño, en su brazo vestía un lazo que al parecer había sido de un color verde mohoso. Vio como el más grande le hacía señas para que lanzara el explosivo a la torre donde él se encontraba, miro otra vez al niño y descubrió con horror que en una mano sujetaba un coctel molotov. Comenzó a correr dirección a la torre, volvió a dudar, el niño se aproximaba con mucha velocidad, el terror volvió a invadirle, incapaz de apretar el gatillo observaba como el pequeño rebelde se aproximaba cada vez más, una fría gota de sudor le caía por la cara cuando sin darse cuenta el dedo se le deslizó hasta el gatillo y disparó. El proyectil impacto muy cerca del corazón, el niño paró la carrera al momento, se llevo una mano a la herida, cayó de rodillas al suelo y se desplomó, el explosivo que llevaba en la mano impacto con el suelo y lo envolvió en llamas. La contienda duró un par de horas más. Pero la imagen de su primera muerte no pudo quitársela de la cabeza. Cincuenta años después esa imagen le atormentaba día y noche.