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Casa abandonada

Me acerco a la verja del jardín. Los arbustos y hierbajos crecen por todas partes, ocultando un viejo camino que discurre entre ellos hasta llegar a una vieja puerta de madera carcomida por las termitas. Observo el ventanal roto, mi pelota debe estar en el interior de la casa abandonada por lo que camino hasta la entrada y descubro una de esas llaves antiguas metida en la cerradura. Miro hacia atrás, esperando la llegada de alguno de sus amigos para no verme obligado a entrar yo solo. Un golpe de aire hace chirriar las bisagras de la puerta cuando esta se abre un poco. Miro en el interior, el aire recorriendo las diferentes estancias de la casa es lo único que consigo oír. Cuando abro del todo la puerta, la luz ilumina el interior y entonces la vio, la pelota está en el fondo de la sala. Me adentro con cautela, mirando a ambos lados, pero el crujir de la madera bajo mis pies me eriza el bello. Recojo la pelota en el mismo momento en que escucho un sonido en la habitación contigua. Movido por la curiosidad, camino hasta allí. Cruzo el umbral de la puerta y una criatura de afilados colmillos se abalanza sobre mí.

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Muñeco de nieve

Cuando hice aquel muñeco en navidad no esperaba que se convirtiera en una molestia. No era común que su nieve siguiera fría y compacta a principios de mayo, y mis intentos de acabar con él fueron en vano.

Un día, al levantarme y mirar por la ventana, el muñeco de nieve había desaparecido. No cabía en mí de la alegría. Pero aquella felicidad duró poco. Cuando bajé a la cocina me lo encontré rebuscando en la nevera. Al girarse me sorprendió con una nueva zanahoria en su gorda cara.

—Es mi turno —me amenazó con una sonrisa macabra.

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Leyendas

Siempre había creído que los ritos de iniciación eran una farsa para hacer creer a los niños que el paso al mundo de los adultos requería de un valor y una determinación que había que demostrar. Pero esa idea cambió cuando me tocó enfrentarme a ello en persona.

Estaba en un bosque que conocía como la palma de mi mano. Teníamos prohibido permanecer en su interior cuando el sol se ocultaba tras las montañas, pero tenía que permanecer allí hasta el amanecer para completar el ritual.

Primero contemplé risueño como se alejaban las antorchas de los sacerdotes, dejándome en mitad de la nada. Luego, las nubes comenzaron a tapar una luna que llevaba días menguando y el efecto del brebaje que me habían obligado a ingerir comenzó a afectarme a la visión. La oscuridad cayó sobre mí, como si de un jarro de agua helada se tratara y, en ese preciso instante, mi ritual de iniciación dejó de parecerme divertido.

Sabía que durante todo el proceso perdería la capacidad visual. Mi padre me había contado infinidad de veces cómo tuvo que matar a un lobo sin ni siquiera poder verlo, el día que pasó a formar parte del mundo de los adultos. Pero hasta que no me encontré rodeado de la más absoluta oscuridad y comencé a escuchar al bosque como nunca lo había oído, no fui consciente del terror que me suponía todo aquello.

Palpé el aire con los brazos y caminé con pasos lentos e inseguros. Mi sentido del oído se había agudizado con el brebaje y era capaz de escuchar el crujir de la hierba bajo mis pies descalzos. Me senté en el suelo y comencé a meditar tal y como me habían dicho que hiciera.

El ulular de un lejano búho me sobresaltó cuando estaba en estado de trance. No sabía cuánto rato llevaba así, en medio de la oscuridad, pero me pareció una eternidad. Un crujido a mi espalda me puso tenso e hizo que se me erizara el vello. Algo se había movido cerca de mí. Alargué una mano y el corazón se me paró al tocar lo que parecía ser la corteza de un árbol.

Conocía leyendas que se transmitían de generación en generación sobre los árboles andantes que atacaban a los iniciados, llevándoselos consigo a lo más profundo del bosque.

Permanecí inmóvil, confiado en que aquella cosa, fuera lo que fuera, pasara de largo. Noté un nudo en el estómago cuando me elevaron del suelo como si fuera una pluma. Estando prisionero, palpé con las manos y noté el frío tacto de unas ramas que me rodeaban y me apretaban cada vez más. Intenté gritar, pero el árbol andante me zarandeó y golpeó con todas sus fuerzas. Me aterró no poder ver lo que ocurría a mi alrededor, traté de tomar aire, pero el monstruo me lanzó contra el suelo y escuché como todos y cada uno de mis huesos se hacían añicos y mi sangre inundaba mis pulmones lentamente.

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Huellas

Entró al lavabo y, aunque sabía que estaba solo en casa, puso el pestillo. Tenía la costumbre de hacerlo pese a llevar más de tres años viviendo con su novia, no se lo había reconocido a ella, pero le avergonzaba defecar delante suyo.

Se desabrochó el botón del tejano, se bajó los pantalones y se sentó en la fría tapa del retrete. Otra costumbre que tenía era la de abrir el grifo de la bañera y llenarla con agua muy caliente. El vapor que salía le ayudaba a relajarse y descargar mucho mejor.

Abrió la revista que había traído consigo y comenzó a ojearla mientras la bañera iba llenándose. El diminuto cuarto de baño comenzaba a llenarse de vapor cuando reparó en la toalla que siempre colocaba en el suelo y que utilizaba para secarse una vez se había duchado. Había colocado la marrón claro. Era la que más le gustaba, su suave tacto en los pies húmedos le encantaba. Algo en ella captó su atención.

Una ligera sombra parecía dibujarse en ella e iba tomando la forma de un pie cuando alargó el brazo y tocó la toalla. Se sorprendió tanto al notarla mojada que se le erizaron los pelos de la nuca.

Se dio un par de golpes en la cara y trató de tomar aire. El baño estaba cogiendo una temperatura más que agradable y el vaho comenzó a empañar el espejo que tenía delante.

Normalmente, cuando entraba al lavabo, no tardaba más de cinco minutos en hacer sus necesidades, pero esta vez no fue así. Comenzó a incomodarse, y algo en el espejo hizo que mirara hacia él. Una diminuta mano se dibujó en el vaho. Se quedó petrificado mirando aquella imagen que había surgido de la nada. Para su sorpresa apareció otra mano, ligeramente mayor que la anterior, en una de las esquinas inferiores del espejo.

Desvió la mirada a la alfombra y contempló dos pares de huellas que apuntaban directamente hacia él.  Se levantó como pudo y corrió hasta la puerta presa del pánico y quitó el pestillo.

Una risa infantil a su espalda se escuchó cuando trató de abrir la puerta. Algo la bloqueaba y le impedía hacerlo, temeroso de girarse y encontrarse algo que no deseaba ver borró las manos que se habían dibujado en el espejo y trató de subirse los pantalones.

El vaho cubría casi por completo el lavabo cuando sintió una gélida mano en su hombro derecho. Cuando se volvió descubrió aterrorizado el rostro fantasmagórico de un niño que reía. Gritó tan fuerte como pudo, pero el sonido fue silenciado por una docena de risas que emergieron de la nada, igual que las sombras que se acercaban a él a través del vaho.

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Oscuridad

Huía a través del bosque en silencio, tratando de pasar desapercibida, cuando el crujir de una rama bajo su pie descalzo hizo que se detuviera al instante. Miró a su alrededor, la oscuridad le rodeaba, pero intuía que algo o alguien le acechaba desde las sombras. Tragó saliva en el mismo instante en que una criatura se abalanzaba sobre ella, clavándole sus dientes en la yugular.