Nueva Nueva York

Cuando William y yo llegamos al apartamento de Lexa una intensa lluvia regaba las solitarias calles del extrarradio de Nueva Nueva York. Odiaba aquella zona desde el decreto de adaptación familiar. El grueso de la población había solicitado adherirse a él, abandonado este tipo de zonas y masificado lo que mi abuelo había descrito como el parque más bello del mundo. Ahora, Central Park, acogía a toda clase de personas. Los indigentes habían conseguido permisos del gobierno para levantar unas minúsculas viviendas, unas encima de las otras, que les cobijaban de la lluvia ácida y de las inclemencias meteorológicas a las que llevábamos sometidos desde el fin de la guerra.

—Donald, ¿qué pasa? —La voz de mi compañero me devolvió a la realidad.

—Nada… Ya sabes que no me gusta esta zona. Me recuerda a tiempos mejores…

—¿Tiempos mejores? —exclamó William entrando al edificio—. ¿Qué tiempos mejores? ¿Cuándo las megacorporaciones lo controlaban todo y nos condujeron irremediablemente hasta una puta guerra que ninguno de nosotros queríamos?

—Teníamos muchas más libertades que ahora.

William apretó el botón del ascensor.

—¿Libertades? ¿Acaso tu padre pudo elegir si ir o no a la guerra? ¿Y el mío?

Me percaté de que el ascensor no funcionaba e indiqué a mi compañero que me siguiera, subimos los tres pisos por las escaleras. Un fuerte olor a moho invadía todo el rellano y la madera podrida crujía bajo nuestros pies.

—No, mi padre no pudo elegir —dije retomando la conversación—. Fue en ese momento cuando perdimos la libertad de la que te hablo. Nos vimos involucrados en una disputa en ver quien tenía la polla más grande.

—Es esta de aquí —indicó William, deteniéndose frente a una puerta de color negro.

Hice a un lado a mi compañero y la pateé con fuerza. Para sorpresa de ambos la maltrecha puerta aguantó el golpe.

—¿Pero qué cojones…? —exclamé sorprendido.

William se aproximó a la puerta y la inspeccionó.

—Esto no es madera —dijo volviéndose hacia mí—. Tiene una fina lámina de madera, pero es acero.

—No lo entiendo —susurré sacando el escáner del bolsillo de mi chaqueta.

La pantalla holográfica se desplegó y mostró la planta del apartamento.

—¿Cómo es posible? —intervino William al percatarse de que todas las paredes estaban hechas de acero—. ¿Qué grosor tienen?

—Cinco centímetros.

—Aparta —dijo haciéndome retroceder—. Voy a reventar esta puta puerta.

Observé como sacaba uno de sus explosivos de fabricación casera, lo colocaba junto a la cerradura y retrocedía unos pasos. Desenfundó su arma y disparó: una implosión insonora desintegró parte de la puerta.

—Algún día tienes que enseñarme a fabricar esas mierdas…

William se volvió hacia mí y sonrió.

—Lo siento, chaval. Secreto profesional.

Entramos al apartamento y nos sorprendió el lujo de su interior. La fachada de un edificio destartalado en el extrarradio ocultaba un apartamento que bien podía ser la envidia de muchos de los dirigentes del país.

—¡Joder! —exclamó mientras caminaba por encima de una alfombra que parecía de piel auténtica—. ¿Estás seguro de que era este el apartamento de la víctima?

Miré a William arqueando una ceja y asentí.

—Según la base de datos de la policía —dije mirando la información que me proporcionaba el escáner—. La propietaria de este apartamento es Lexa Bhuvier.

—¿Cómo una prostituta de los bajos fondos podía permitirse una casa así? —preguntó William mientras caminaba inspeccionando el lugar.

—Su muerte está relacionada con la del magistrado Adser. —La pantalla holográfica mostraba imágenes de una cámara de vigilancia en la que salía el magistrado y ella subiendo a un coche la misma noche de su defunción—. No creo que fuera una prostituta cualquiera…

—¿A qué hora murieron?

—Adser dejó de transmitir constantes vitales a la BDN a la una de la noche —informé—. La señorita Bhuvier… veinte minutos después.

—Mi teoría de que fue ella quien lo mató gana puntos —dijo William alzando los brazos y girando sobre sí mismo—. Solo hay que ver la casa que tiene…

—No estoy tan seguro. Mira bien a tu alrededor. Si yo planeara matar a alguien y luego fugarme, no me molestaría en hacer la cama y dejar mi casa bien recogida.

—Es posible —dijo mirándome—, pero no sabemos si sus constantes vitales han dejado de transmitir por voluntad propia o por un inhibidor.

—¿Por qué crees que el asesino no se ha desecho del cuerpo del magistrado? —William guardó silencio—. Parece que alguien quiera inculpar a Lexa. ¿Pero por qué?

 

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