Pastilla amarilla

Tomo la pastilla y me la llevo a la boca. El doctor me mira con atención mientras sus ayudantes esperan a que ocurra algo.

—¿Cómo te encuentras, Fry? —pregunta mirando de reojo mi estatus en la pantalla de su tablet.

—Bien. —Me miro las manos y tomo aire—. No ha funcionado, ¿verdad?

—Estarás un rato en observación. —Le hace un gesto a uno de sus ayudantes y camina hasta la mesa que hay en la pared—. Es pronto para decirlo.

Me estiran sobre la camilla y comienzan a hacerme un chequeo. Ajeno a ellos pienso en el momento de la elección, un zumbido me nubla la vista y cuando desaparece me encuentro de nuevo hablando con el doctor.

—La pastilla amarilla, ¿entonces?

Miro a mi alrededor y contemplo mis manos.

—¿Fry? —La tablet emite un sonido y el doctor se muerde el labio al mirarla—. ¿Ocurre algo?

—Estoy un poco confuso…

—¿Sobre tu elección? —habla el doctor sin apartar la vista de la pantalla de la tablet—. Me has dicho que querías la pastilla amarilla. ¿Quieres cambiar?

Sé que me he tomado esa pastilla, pero no comprendo que está pasando. Asiento con la cabeza y señalo la azul.

—¿La azul? ¿Estás seguro?

Le quito la pastilla de la mano y me la llevo a la boca. Instantes después comienzo a notar un ardor que me recorre la garganta, retrocedo un par de pasos y me siento en una silla.

El doctor se acerca a una de las mesas que hay a su espalda y abre el cajón.

—¿Qué has hecho? —me pregunta apuntándome con un revólver.

—Nada —miento al tiempo que vuelvo a recordar el momento de la elección.

La vista se me vuelve a nublar y me encuentro sentado junto al doctor, quién me muestra, de nuevo, las cuatro pastillas.

—¿Qué pasaría si tomara más de una? —quiero saber.

—Podrías convertirte en una especie de mutante con poderes mágicos. —Hace una pausa al escuchar un pitido en su tablet—. También podrías morir.

—Suerte que solo vaya a tomarme una, ¿eh? —bromeo al tiempo que cojo la pastilla roja.

—Espera —exclama—, estoy viendo una actividad inusual en estos datos. Tu rendimiento cerebral ha aumentado en un cincuenta por ciento.

—Demasiado tarde —anuncio cuando me trago la pastilla.

El doctor se levanta y corre hasta la mesa, pero antes de que tenga tiempo de coger su arma recuerdo el momento en que me desperté esa misma mañana.

Cuando abro los ojos me encuentro en la habitación y por la ventana comienza a entrar el sol. En un par de horas, los ayudantes del doctor vendrán a por mí y volveré a revivir los últimos minutos.

Me levanto de la cama y me acerco a la puerta. Miro por la pequeña ventana que hay en ella y veo el pasillo. Comienzo a caminar por la habitación, tratando de averiguar que dos habilidades me han otorgado las pastillas azul y roja. Vuelvo a acercarme a la puerta y me quedo mirando fijamente el final del pasillo.

Consciente de que no he muerto con la ingesta de tres de las pastillas, y cada una de ellas me ha otorgado, supuestamente, un poder diferente, decido esperar a los ayudantes del doctor y elegir la pastilla que me falta.

Me tumbo en la cama y cierro los ojos hasta que la puerta se abre de sopetón.

—¿Doctor? —exclamo al verlo.

Así no es como lo recuerdo.

—Buenos días, Fry.

—Veo que lo que hoy haremos aquí es de suma importancia… Viene usted en persona a buscarme —hablo tratando de ganar tiempo y averiguar qué pasa.

—Por supuesto —contesta con una sonrisa—. Hoy haremos historia. Vamos, no demoremos más nuestra hazaña.

Caminamos hasta el laboratorio y me siento en la camilla. Observo las cuatro pastillas sobre una bandeja. Revivo las preguntas preliminares que me hace y cuando llega el momento de elegir, cojo la blanca.

—Doctor. ¿Hay alguna forma de que puedan anticiparse a algo que ocurra al tomar estas pastillas?

—Tenemos diversas formas de hacerlo, pero hasta que no ocurran no sabremos si funcionan.

Sonrío y me llevo la pastilla a la boca. El corazón comienza a latirme a mucha velocidad y caigo de rodillas al suelo.

—Por lo visto, estas píldoras sí que funcionan —ríe al tiempo que me derriba de una patada—. La pastilla blanca que te has tomado. Te matará, lenta y dolorosamente.

—¿Cómo has sabido que elegiría la blanca?

—No lo sabía. Simplemente hemos puesto lo mismo en todas las pastillas. Eligieras la que eligieras tu destino estaba sellado.

Intento viajar al pasado, al día en que firmé el contrato, pero soy incapaz de recordar aquel momento. Siento como las entrañas me arden y comienzo a toser sangre, me teletransporto sin saber cómo, hasta la mesa. Si he de morir que sea sin sufrir, abro el cajón esperando encontrar el revólver, pero está vacío.

—Te lo dije, Fry: lenta y dolorosamente.

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