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Ciencia ficción

Pastilla azul

—¿Qué color eliges? —me pregunta el científico, ofreciéndome un cuenco con cuatro pastillas de diferente color.

—¿Qué efecto tiene cada una? —quiero saber.

—No lo sé —contesta—, tendrás que ingerir una para averiguarlo.

—No puedo echarme atrás, ¿verdad?

—Has firmado un contrato —responde el químico, moviendo el cuenco frente a mí.

—Sí algo sale… mal. —Cojo la pastilla azul y la contemplo unos segundos—. ¿Mi mujer recibirá el dinero de todas formas?

—Por supuesto. —El científico se da la vuelta y camina hacia lo que parece un horno—. Una vez te la tomes, el dinero será transferido a tu cuenta. Sea cuál sea el resultado.

Me llevo la pastilla a la boca y me la trago. Noto un sabor amargo, seguido de una acidez estomacal que hace que me retuerza de dolor. El científico, sin prestarme atención, abre la compuerta del horno y lanza el cuenco en su interior.

Caigo de rodillas y comienzo a sacar espuma por la boca. La cabeza me da vueltas, escucho una voz que se va acercando poco a poco hasta sentirla perfectamente.

«Mierda. Está sufriendo un ataque…»

—¿Cómo dices? —balbuceo, tratando de reincorporarme.

—No he dicho nada —contesta el químico, ayudándome a sentar.

«Pupilas dilatadas, respiración acelerada.»

Oigo su voz, pero no está hablando. Le observo mientras me toma el pulso.

«Ritmo cardíaco estable.»

—¿Cómo te encuentras? —Esta vez las palabras salen de su boca.

—Confundido.

«Secreción ocular evidente.»

Le escucho otra vez en mi cabeza. Me froto los ojos y me fijo en su boca.

—Déjame mirar —dice colocándome el brazalete del tensiómetro.

«Tensión…»

—¡Basta! —grito apartándome—. ¿¡Quieres dejar de hablar!?

—¿Qué dices…?

—Estoy escuchándote dentro de mi cabeza.

«Espera un momento… ¿Y sí?»

—¿Qué estoy pensando ahora mismo? —dice finalmente, retrocediendo un par de pasos.

—¿Cómo?

«El experimento ha sido todo un éxito.»

—¡Sí, joder! —exclama el químico—. ¿En qué estoy pensando?

—El experimento ha sido todo un éxito… —repito para mis adentros.

Guardo silencio y observo al científico.

«¿Por qué me mira así?»

Ahora lo entiendo todo, no me está hablando a mí. Sonrío y doy un paso al frente.

«¡Lo sabe! Tengo que andarme con pies de plomo…»

—¿Andarte con pies de plomo en qué? —le pregunto caminando hacia él.

—Puedes leerme los pensamientos, ¿verdad?

—Eso parece.

—Bien. El experimento ha sido todo un éxito.

—Eso ya lo has dicho antes…

—No. Solo lo he pensado —puntualiza.

—¿Por qué has tirado las otras pastillas al horno?

—No puedo arriesgarme a que te tomes otra.

—¿Por qué?

—La ingesta de dos de estas pastillas te provocaría la muerte. «O la capacidad de otra extraña mutación…»

—¿Otra mutación?

—Te prohíbo que me leas la mente —exclama el científico.

—Y si lo hago, ¿qué?

—¡Fuera! —grita llevándose las manos a la cabeza—. ¡Fuera de mi cabeza, te he dicho!

Le agarro de la bata y lo empujo contra la mesa.

—¿Qué cojones pretendes?

—¿Los efectos son reversibles?

Observo como niega con la cabeza y se deja caer al suelo.

—¡Perfecto! —exclamo frotándome las manos.

—Sé en lo que estás pensando —interviene el químico.

—¿Ah sí? ¿Tú también? —Suelto una carcajada.

—¿Crees que eres el primero en aceptar este trabajo?

Dejo de reírme. Me acerco a él y lo levanto por la pechera.

—¿Cómo? —exijo saber—. ¿Qué les ocurrió?

«Lo mismo que a ti.»

Sin tiempo a reaccionar me da un cabezazo que me derriba. Se da la vuelta y abre uno de los cajones.

—No te muevas, hijo de puta —me ordena apuntándome con una pistola.

—Tranquilo, tranquilo —exclamo alzando las manos—. Podemos llegar a un acuerdo.

—No. Te mentí cuando pensé que el experimento había sido un éxito —anuncia apretando el gatillo.

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