Jarrón Mei Ching

Nada más entrar en casa lo noté. El ambiente estaba cargado: el olor a sudor y sexo impregnaban el lugar. Caminé sigilosa, tratando de no hacer ruido, directa a mi habitación. Unos gemidos procedentes del salón me hicieron despertar una curiosidad repentina y me desvié para inspeccionar. La lamparita sobre la mesa iluminaba tenuemente el rostro de mi compañero de piso. Tenía los ojos cerrados, una larga melena entre sus piernas que subía y bajaba le daba lo que parecía ser un gran placer y con una mano sobre la cabeza le mesaba el pelo con delicadeza.

Retrocedí sobre mis pasos sin dejar de observar aquella situación. Para sorpresa de todos, choqué con el jarrón Mei Chin que presidia la entrada al salón y cayó con gran estruendo. Me llevé las manos a la boca, intentando ahogar un grito y me quedé petrificada. Arturo se volteó sobresaltado y me miró.

—¿Sara?

—¡Perdón! —exclamé bajando la cabeza—. Ya me voy —añadí alzando la vista y descubriendo a Roberto, mi compañero de facultad , acuclillado frente al sofá.

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