La cueva del dragón I

El sonido de los golpes retumba por todo el valle. En uno de los recodos, tras unos arbustos, un hombre cubierto de pieles y armado con una enorme maza trata de abrir un agujero en la ladera de la montaña.

—Te digo yo —masculla entre golpe y golpe—, que esta parte de aquí es la más endeble…

Una mujer, sentada en un tronco caído, le observa.

—¿Quieres qué chasque los dedos y haga la faena por ti? —propone risueña.

—¡Calla! No me hacen falta tus trucos de magia para tirar esta pared abajo…

La mujer se levanta, se sacude el polvo de su elegante túnica de color verde y se acerca a su compañero.

—Eres muy burro… —dice, poniéndole la mano sobre el hombro—. ¿Por qué insistes en no dejarme ayudar?

—La magia es peligrosa, Rym —dice apoyando la maza en el suelo—. No tengo problema en pasarme un día entero golpeando esta maldita roca si con ello evito que uses tus poderes.

—¿Acaso crees que moriré por abrir un hueco por el que podamos pasar?

—No quiero arriesgarme —dice tajante haciéndose a un lado y levantando de nuevo la maza tras el breve descanso.

—Pero me estoy aburriendo… —confiesa, mientras el bárbaro vuelve a golpear la piedra—. Por favor, Bonn…

El hombre se queda inmóvil, con la maza en alto, y la mira de soslayo.

—Haremos una cosa —dice cogiendo aire—: ve a por agua. Me irá de maravillas tras usar mi furia berserker. Cuando regreses, habré terminado y podremos ir en busca de esa maldita reliquia…

Rym se cruza de brazos y hace una mueca.

—Perfecto. Tú puedes volverte loco y liarte a mamporrazos, y yo no puedo usar la magia.

—Te lo he dicho miles de veces… —exclama girándose hacia ella.

—Ya, ya… —chista Rym al tiempo que se da la vuelta—. Usar la magia requiere un pago de sangre —añade imitando la voz grave de Bonn.

—¡Te he oído!

La mujer se marcha atravesando los matorrales, dejando atrás a su compañero.

Bonn agarra la maza con fuerza. Cierra los ojos y comienza a inspirar y espirar con vehemencia. Con pequeños espasmos, sus músculos comienzan a crecer hasta doblar su tamaño. Abre los ojos y ruge antes de abalanzarse sobre la montaña.

Rym se detiene cuando escucha el grito de su fiel compañero en la distancia. Una bandada de pájaros huye de la copa de un árbol y pasa sobre ella. Las diminutas aves pian mientras se alejan captando la atención de Rym, quien las sigue con la mirada hasta que se pierden en el horizonte.

La mujer sigue caminando hasta llegar a una pequeña laguna que emana de la misma montaña. Arrodillándose en la orilla, contempla su reflejo en el agua. Se echa atrás la capucha, dejando al descubierto su cabeza afeitada y suspira compungida.

Vhain ti poqa —susurra al tiempo que realiza un movimiento con sus manos.

Un halo luminoso la rodea y una larga cabellera, roja como el fuego, crece cubriendo su cabeza. Rym sonríe e intenta acariciar con melancolía la ilusión que acaba de crear.

Una fuerte vibración en el suelo, rompe el reflejo sobre el agua y el hechizo se desvanece al igual que su sonrisa. Rym se lleva la mano al interior de la túnica y saca una bolsa de cuero. Tras quitar el tapón la sumerge en la laguna y la llena.

Se levanta, guarda la bolsa y se cubre con la capucha antes de volver con Bonn. De camino, escucha los gruñidos de su compañero, se aproxima, ocultándose, y se detiene a observarle. En la ladera de la montaña hay un hueco por el que podría pasar un caballo. Bonn camina hasta el agujero y ruge. El eco retumba por el interior perdiéndose en la lejanía. Rym advierte que está saliendo del trance: Bonn comienza a menguar hasta adquirir su tamaño normal.

—¡Ese es mi hombretón! —exclama ella saliendo de su escondite.

—Te lo… —balbucea dejándose caer al suelo— dije… —concluye abatido.

—Bebe. —Rym le acerca la bolsa a los labios.

Poco a poco, Bonn comienza a respirar con naturalidad. Se arrastra hasta apoyar la espalda contra la roca y sonríe a su compañera.

—¿Qué?

—Nada —contesta él, acariciándole la mejilla—. Descanso un poco más y nos ponemos en marcha. ¿De acuerdo?

Rym asiente con la cabeza y le besa en la frente. Cuando se reincorpora nota algo en la nariz. Se palpa con las manos y siente el tacto caliente de la sangre. Se gira para que Bonn no la descubra y se acerca a la oscura entrada de la mazmorra.

—Menudo agujero has hecho, ¿eh? —habla tratando de disimular al tiempo que se limpia.

—Sí… No hay nada que se me resista —contesta Bonn alzando el puño.

Rym se acerca a su compañero y le arrebata la bolsa de cuero.

—Ahora vuelvo —dice alejándose de él—. Voy a llenar esto de agua.

—¡Pero si aún queda! —habla sin fuerza.

Bonn contempla como su compañera se aleja y trata de levantarse preparándose para atravesar los túneles subterráneos que tiene ante sí. Se coloca la maza en la espalda y se llena los pulmones de aire.

Lo expulsa con lentitud y repite la acción hasta que Rym regresa.

—¿Qué? ¿Nos vamos? —exclama ella lanzándole la bolsa.

—¡Vamos! —exclama Bonn en el mismo instante en que enciende una antorcha.

 

Puedes leer la continuación en: La cueva del dragón II

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