La diosa de la vida

La suma sacerdotisa subió los escalones hasta el altar con los brazos en alto.

—¡Oh, diosa de la vida! —Se detuvo en el último peldaño—. ¡Acepta esta alma!

Mery apartó la vista cuando el puñal cercenó el cuello de su hermana.

—¡Oh, diosa de la vida! —repitió la sacerdotisa. Su voz retumbó por todo el templo—. Acepta esta alma y haz que los ríos vuelvan a fluir por nuestras tierras.

Una de las consejeras sagradas se acercó al altar y colocó una copa bajo el corte, recogiendo la sangre. Mery apretó con fuerza a su hija sobre su pecho y rompió a llorar mientras un coro de voces comenzaba a cantar a la divinidad.

—¡La vida y la muerte son dos caras de una misma moneda! —La sacerdotisa cogió la copa y se la llevó a los labios—. ¡Oh, diosa de la vida…!

—¡Y de la muerte! —concluyeron al unísono todos los presentes mientras se terminaba todo el contenido de la copa.

La suma sacerdotisa se desplomó en el suelo. Mery alzó la vista deseando que la diosa hubiera escuchado sus plegarias y también se llevara el alma de quien había acabado con la vida de su hermana. Las consejeras sagradas se acercaron a la sacerdotisa y la voltearon. Un murmullo se extendió por el templo al ver que no se movía.

—Está llorando sangre —exclamó una de ellas—. El corazón no le late.

Los niños del coro dejaron de cantar y corrieron hacia su mentora.

—El agua… —balbuceó la sacerdotisa— volverá a regar vuestros campos de cultivo y acabará con vuestro sufrimiento…

—¡La diosa de la vida está hablando! —gritó la consejera al tiempo que se ponía en pie.

—¡Oh, diosa de la vida! —exclamaron todos haciendo una reverencia.

La sacerdotisa comenzó a elevarse del suelo, flotando entre los niños del coro y sus consejeras. Extendió los brazos y abrió los ojos. Era inconfundible, sus ojos, totalmente negros, certificaban que la diosa estaba allí.

—No dudéis. Cuando perdáis la fe en mí, un gran mal acabará con todos… —anunció la diosa.

Los presentes se miraron entre sí, desconfiando los unos de los otros. Mery sintió como la diosa la miraba fijamente. «Tu hermana forma parte de mí ahora, y el amor que te profesaba, también. No pierdas la esperanza». Le habló solo a ella, con la voz de su hermana, penetrando en su cabeza. No pudo evitarlo, se dio media vuelta y se marchó corriendo del templo.

Una de las consejeras sagradas se percató y la siguió. Cuando Mery llegó a casa y cerró la puerta tras ella, rompió a llorar. Se lanzó de rodillas al suelo y abrazó a su hija. La consejera abrió la puerta y guardó silencio mientras la mujer se recomponía.

—Mery… —habló pasados unos segundos—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué te has marchado así?

—¿Y ahora qué? —explotó—. ¿La muerte de Rimmy traerá de nuevo el agua a nuestros ríos?

—Conoces las reglas —intervino la consejera—. Cuando una mujer no puede servir a la diosa alumbrando nuevas vidas debe servirla de otras maneras.

Mery besó a su hija, la arropó y la dejó en la cuna.

—¿Cuál será su destino? —dijo mirando a la pequeña—. ¿Vivir recluida en el templo hasta que decida si acepta a la diosa de la vida y olvidarse de sus lazos familiares, o hacer como ha hecho su madre y, tiempo atrás su abuela, y parir tantas veces como sea posible para postergar hasta la eternidad esta religión?

—Me temo que ya sabes la respuesta. —La consejera abrazó a Mery—. Tu hermana no tenía dudas. Fue ella quien pidió ser sacrificada por un bien común. Nunca perdió la esperanza pese a parir a tres criaturas muertas en diferentes momentos de su vida.

Mery desvió la mirada hacia su hija y asintió.

—¿Crees que la diosa nos proporcionará agua?

—Estoy segura de ello. Hace meses que no llueve y el bosque se está marchitando. De las montañas no baja el agua ni regresan nuestros hombres. ¿Qué hemos podido hacer para sufrir semejante castigo?

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