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Fantasía

Pastilla blanca

—¿Qué color eliges? —Me pareció escuchar.

Aquella mañana había decidido hacer una visita sorpresa a Marcus. Mi fiel editor había asumido el rol de creador durante mis merecidas vacaciones y yo había vuelto un día antes de lo previsto para ver cómo se desenvolvía.

—¿Qué efecto tiene cada una? —dijo una voz más aguda, mientras me ocultaba en las sombras para poder observarlo todo sin ser descubierto

—Lo desconozco. —Vi a dos personas en un decorado que tenía un gran horno al fondo de la sala. Uno de ellos vestía una bata de laboratorio y sostenía un cuenco—. Solo hay una forma de saberlo.

«¿Estoy teniendo un déjà vu

Cuando el hombre de voz aguda cogió la pastilla blanca el supuesto científico se alejó de él y caminó hasta el horno.

—¡Alto! —grité dando un paso al frente—. ¡Parad!

Todos en el set de creación se sobresaltaron. Marcus se volteó y me miró.

—¿Qué cojones es esto? —exclamé saliendo de las sombras—. Marcus, ven aquí.

—Descanso de quince minutos —balbuceó mi editor mirando a los presentes.

Marcus se levantó de su ostentosa silla y miró al suelo cabizbajo mientras los demás nos dejaban solos.

—¿Qué estás haciendo?

—Señor Anathema… Pensaba que volvía mañana.

—He querido venir antes y ver en que estabas metido… ¡Y menos mal! —exclamé alzando los brazos—. ¿Otra vez la historia de las pastillas de colores?

—Sí… ¿No le han gustado las otras dos?

—La cuestión no es si me han gustado o no —dije acercándome a él—. ¿Por qué una tercera historia con la misma premisa, Marcus?

Marcus traga saliva y carraspea.

—Hay cuatro pastillas en el cuenco —informó señalando al decorado—. Ahora tocaba el poder de…

—No. Se acabó —intervine—. Olvídate de las pastillas.

Caminé hasta la mesa del laboratorio y miré el cuenco.

—Tengo en mente una idea fabulosa —habló Marcus con tono decidido.

—Si tiene que ver con estas pastillas —dije cogiendo una—, no me interesa.

—Las tres primeras historias son una mera introducción para la cuarta y última —comenzó a explicar acercándose a mí.

—¿De introducción? —Me llevé una pastilla a la boca y la mastiqué.

—Sí. Necesito que el lector sepa que tres poderes otorgan las otras pastillas.

—¿Esto son grajeas normales? —quise saber señalando las pastillas restantes del cuenco—. Están muy ricas.

Marcus asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa.

—Vale. Déjame decirte que harás —comencé diciendo al tiempo que cogía las grajeas y me las llevaba a la boca.

Disfruté de su sabor mientras me dirigía a la silla en la que estaba sentado Marcus cuando había llegado.

—Primero vas a deshacerte de esto —dije tirando la silla al suelo—. ¿Quién te crees que eres? ¿Un director de cine?

—Yo… —balbuceó Marcus.

—Calla —le corté—. Luego vas a poner ese mismo cuenco, lleno de grajeas, en la mesa de mi despacho y te vas a encargar de que nunca este vacío.

Marcus me miró desconcertado, pero asintió con nerviosismo.

—Por último, te voy a dar otra oportunidad. —Los ojos de Marcus se abrieron de par en par—. Vas a escribir esa idea que tienes en la cabeza, y dependiendo del resultado: te dejaré escribir otra historia o no…

—¿Lo dice en serio? —exclamó acercándose a mí y dándome un abrazo.

—Totalmente, pero no te olvides de las grajeas.

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