Plano terrenal

Una figura de tez blanquecina camina junto a su pálido, pero esbelto caballo. Los rayos de la luna penetran por el bosque envolviéndolos en un halo de luminosidad. Oculta bajo un oscuro manto y aferrada a su guadaña, siente en sus huesos el frescor de la tierra húmeda. El sonido de la noche les rodea. No muy lejos de allí, un grupo de mujeres huyen directas hacia ella.

Unas criaturas les persiguen. Les dan caza.

Los gritos retumban por el bosque y la muerte camina hacia a ellos. Escondida en las sombras observa el festín de las alimañas hasta que saciada su sed de sangre y hartos de carne humana comienzan a alejarse. La muerte da un paso al frente y se acerca a los cuerpos desmembrados. Contempla a las víctimas. Las cuatro ancianas yacen en un charco de sangre. Blande la guadaña en el aire y rasga el plano terrenal. A través de los pliegues del corte aparece un páramo que se pierde en el horizonte.

El relincho del caballo despierta a las mujeres de su profundo sueño. Se levantan del suelo y advierten la presencia de la muerte.

—Venid conmigo —rezonga con sombriedad agarrando la guadaña con las dos manos.

Las mujeres asienten influenciadas por un aura oscura y cruzan al otro lado desapareciendo para siempre. La muerte reanuda la marcha, pero un crujido en lo alto del árbol hace que se detenga. Alza la vista y descubre a una niña mirándole fijamente. Ve el terror en sus ojos, no pestañea. Le está observando.

—Volveremos a vernos —le augura antes de desvanecerse ante sus ojos.

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