Polvo de hadas

—Cigo penzando que ez un ataque zuicida —repite Mikhaïl mirando desde el borde del rascacielos—. Zon cientoz, quizáz milez…

—Es la única solución. Mientras sigan elaborando ese polvo de hada y nos conviertan uno a uno, estamos bien jodidos. Cada vez somos menos… —Hago una pausa y contemplo cómo la naturaleza ha invadido la antigua urbe—. Dentro de poco, las únicas niñas que quedarán no tendrán edad suficiente para quedarse embarazadas.

—Tú erez de laz pocaz que puede, Olenka. Deja que cea otro el que lo haga…

—Lo sé, pero no puedo quedarme de brazos cruzados. —Tomo aire y compruebo que mi báculo esté imbuido de magia—. Además, no puedo pedirle a otra persona que lo haga.

—Pero erez nueztra líder. Ci muerez allí…

—No pienso morir ahí —intervengo señalando el rascacielos que hay delante nuestro—. ¡Se acabó la cháchara! ¡A vuestros puestos!

El grupo de jóvenes que nos acompaña asiente con la cabeza y se coloca a un metro del borde de la azotea. Mikhaïl y yo nos ponemos junto a ellos.

—Recordad: si alguno de nosotros es alcanzado por los polvos no tengáis miramientos y acabad con su vida antes de que se convierta. ¿Lo habéis entendido?

Corro hacia el borde y salto hacia el edificio que tengo delante. Utilizo mi báculo para propulsarme hasta la azotea y lanzo una bola de fuego que abre un agujero en la estructura por donde poder entrar.

—¡A por ezaz putaz hadaz!

Entramos en el rascacielos, pero para nuestra sorpresa, un grupo de hadas nos estaba esperando y, nada más vernos, se lanza contra nosotros. Mikhaïl alza su cayado y unos rayos se expanden por toda la habitación chamuscando a las diminutas criaturas.

—Vayamoz a laz ezcaleraz —sugiere, lanzando otra ráfaga de rayos para rematar a las supervivientes.

Avanzamos por la sala y abrimos la puerta con precaución, pero un par de hadas aparecen de repente y nos lanzan una nube de polvos. Consigo esquivarlos dando una pirueta hacia atrás, pero tanto Mikhaïl como los demás no pueden hacer nada.

—¡No! —grito, lanzando una bola de fuego en dirección a ellos.

—Erez nueztra última ezperanza… —dice Mikhaïl antes de ser consumido por las llamas.

Corro hasta el hueco de las escaleras y miro hacia abajo. Un enjambre de hadas vuela directo hacia mí. Lanzo un par de bolas de fuego y salto al vacío, decidida. Con ayuda del báculo amortiguo la caída y remato a un hada moribunda que revolotea desorientada.

Una vez en la planta baja, creo un escudo de fuego para evitar que me sigan y camino inspeccionado todos los recodos hasta llegar al vestíbulo.

—¡Qué sorpresa! —dice una voz—. De todas las personas, has tenido que ser tú la que llegue hasta mí…

—¿Quién eres? ¡Déjate ver! —exijo al tiempo que me rodeo con un escudo protector.

Un hada vestida completamente de negro y con una corona en la cabeza aparece volando tras una columna.

—¿Mamá? —exclamo al verle el rostro.

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