Categorías
Erótica

La serpiente

Me desperté al notar una mano acariciándome la cara interna del muslo. Entreabrí los ojos y contemplé, desorientada, los primeros rayos de sol filtrándose por la ventana de mi habitación.

—Buenos días. —Nada más escuchar su voz, recordé risueña la noche anterior.

La conocí mientras estaba fumando en la terraza de la discoteca. Tras un intercambio de miradas furtivas se acercó con la excusa de pedirme fuego y se presentó con descaro. Algo en su mirada, la seguridad con la que me hablaba y la sensualidad que desprendía provocó en mi interior el deseo de poseerla allí mismo.

—Hola. —Noté la pastosidad en mi boca cuando hablé—. Buenos días. ¿Qué tal has dormido?

No contestó, simplemente se limitó a tocarme, por lo que me dejé llevar y abrí más las piernas. Parpadeé un par de veces y me froté los ojos hasta conseguir verla con claridad. Contemplé, nuevamente, el tatuaje que recorría todo su cuerpo. A la luz de la mañana, la serpiente parecía real.

No pude evitar morderme el labio mientras notaba sus dedos jugueteando dentro de mí. Me sentía más viva que nunca y, sin apenas darme cuenta, me corrí. Observé cómo se llevaba los dedos a la boca con lujuria y me abalancé sobre ella.

Comencé a besarla e hicimos el amor por enésima vez; ella parecía no saciarse nunca y estuvimos toda la mañana metidas en la cama. En la única pausa que nos dimos, aproveché para ir al lavabo y me observé en el espejo.

Sonreí al verme: tenía corrido el poco rímel que aún me quedaba y varios chupetones por todo el cuerpo. Cerré los ojos y me llevé los dedos, con los que la había masturbado, a la boca notando su sabor en ellos.

Un sonido procedente de la entrada de casa me hizo volver a la realidad. Cuando salí del baño, el cuarto estaba vacío. No había rastro de ella ni de su ropa. Abrí la ventana para mirar por ella cuando una ráfaga de viento entró en la habitación e hizo que algo metálico sonara a mi espalda. Me giré y descubrí que la caja fuerte que tenía estaba abierta.

Categorías
Fantasía

La cueva del dragón II

(Continuación de «La cueva del dragón I«)

—Creo que no ha sido buena idea entrar en esta cueva —habla Rym deteniéndose—. Estamos dando vueltas. ¿No hemos pasado antes por aquí? —añade al ver la bifurcación que tienen delante.

—Es posible —contesta Bonn sentándose en el suelo y dejando la antorcha apoyada en la pared—. Pero tenemos que encontrar esa reliquia sea como sea… Presiento que estamos muy cerca de ella.

—¿Tengo que recordarte como de fiable son tus presentimientos, Bonn? —dice Rym sentándose a su lado.

—Si lo dices por aquella vez en la montaña de…

—No, no —interviene—. No hace falta que te vayas tan lejos en el tiempo. ¿Ya te  has olvidado de la partida de dados de hace un par de días en la taberna del Mapache dormido? —Le mira con picardía y sonríe.

—¡Uf! —exclama llevándose una mano a la nuca—. Aquello si que fue una buena metedura de pata, ¿eh?

—Ya lo creo. —Ambos estallan en una sonora carcajada.

Las risas se expanden por los túneles hasta atenuarse en la distancia cuando de pronto Bonn se levanta y señala el camino de la izquierda.

—¿Puedo saber porqué? —espeta Rym cruzándose de brazos.

—Escucha —contesta llevándose un dedo a su oreja—. Nuestras risas todavía pueden oírse.

Rym se levanta, recoge la antorcha y se acerca a Bonn.

—Sabes que iría contigo hasta el fin del mundo, ¿verdad? —Le besa en la frente y le coge de la mano—. Sí dices que es este camino, iremos por él.

—Pues algún día tendremos que ir al fin del mundo —exclama al tiempo que inicia la marcha—. Pero esperemos que hoy no sea ese día.

—¿Porqué? —pregunta confundida.

—Primero quiero conseguir esa diadema que supuestamente te permitirá utilizar tus poderes sin sufrir consecuencias. —Se detiene y se gira—. Sé que utilizas tu magia a mis espaldas y que al hacerlo, aparte de sacrificar un valioso tiempo de tu vida, te sientes culpable por ocultármelo. Por eso es tan importante conseguirla —concluye besándola en los labios.

—Lo siento, Bonn.

—No lo sientas. Si yo tuviera tu don, ya hubiera muerto hace mucho tiempo. Es normal que quieras experimental con la magia. ¿Quién en su sano juicio no querría?

—Pero…

Bonn la hace callar colocándole un dedo en los labios.

—Vamos a por esa maldita reliquia —dice reanudando la marcha.

Al rato de caminar y dejar varios pasadizos atrás, llegan a lo que parece ser una enorme cámara mortuoria. Cuando entran en la estancia una corriente de aire les golpea y la luz de la antorcha se apaga quedándose completamente a oscuras. Bonn maldice por lo bajo, se detiene y trata de encenderla otra vez cuando un sonido llama su atención.

—¿Qué ha sido eso?

—Parecía algo pesado —susurra Rym—. ¿Qué ves?

Bonn inspecciona en la oscuridad y permanece en silencio.

—Veo varios sarcófagos… —dice en el mismo momento en que la tapa de uno de ellos se desliza hasta caer al suelo provocando el mismo sonido que antes.

—¿Se están abriendo? —pregunta Rym llevándose la mano a la empuñadura de su daga.

—Eso parece…

—No te separes de mí. —Bonn la coge de la mano y la guía en la oscuridad—. Será mejor no encender la antorcha.

Avanzan con lentitud por la sala cuando una luz emerge de la nada y les ciega momentáneamente. Las diferentes teas que cuelgan de las paredes se encienden una a una, delatando su posición a la docena de esqueletos que están saliendo de los sarcófagos. Los no-muertos cargan contra ellos, pero Bonn se adelanta a sus movimientos y embiste a los dos primeros, haciendo que sus huesos salten por todas partes. Agarra su maza y golpea a un par más.

Rym recula y observa como uno a uno, todos los sarcófagos de la estancia se abren y sus ocupantes se lanzan sobre su compañero.

 

Puedes leer la continuación en: La cueva del dragón III

Categorías
Terror

Casa abandonada

Me acerco a la verja del jardín. Los arbustos y hierbajos crecen por todas partes, ocultando un viejo camino que discurre entre ellos hasta llegar a una vieja puerta de madera carcomida por las termitas. Observo el ventanal roto, mi pelota debe estar en el interior de la casa abandonada por lo que camino hasta la entrada y descubro una de esas llaves antiguas metida en la cerradura. Miro hacia atrás, esperando la llegada de alguno de sus amigos para no verme obligado a entrar yo solo. Un golpe de aire hace chirriar las bisagras de la puerta cuando esta se abre un poco. Miro en el interior, el aire recorriendo las diferentes estancias de la casa es lo único que consigo oír. Cuando abro del todo la puerta, la luz ilumina el interior y entonces la vio, la pelota está en el fondo de la sala. Me adentro con cautela, mirando a ambos lados, pero el crujir de la madera bajo mis pies me eriza el bello. Recojo la pelota en el mismo momento en que escucho un sonido en la habitación contigua. Movido por la curiosidad, camino hasta allí. Cruzo el umbral de la puerta y una criatura de afilados colmillos se abalanza sobre mí.

Categorías
Relatos

Wolfdux – XI

—Es inaceptable que lleves casi cinco años publicando y todavía no hayas escrito una novela —exclama molesta mi hermana—. Pero es que ni siquiera te has dignado a sacar una novelette

La junta directiva me mira fijamente, expectante a mi respuesta.

—No ha sido una prioridad —digo encogiéndome de hombros.

—Pues quizás es momento de relevarte del puesto que ostentas —sugiere George quitándose la boina.

—¿Cómo?

—No seas tan duro con él —interviene Terry—. Si el problema son sus prioridades, tendremos que trabajar en ellas.

—Señor Pratchett, mi hermano utiliza la editorial para publicar basura —argumenta cruzándose de brazos—. Estoy con el señor Martin: hay que buscarle un sustituto.

—¿Quién? ¿Tú? —exclamo levantándome de la silla.

—Haya paz, haya paz —habla John—. Señorita Anathema, lamento decirle que usted no tiene ni voz ni voto en este consejo. Es cierto que hemos contratado sus servicios, pero no para deliberar esto.

Desvío la mirada hacia mi hermana y observo como su rostro se comienza a poner rojo.

—En cuanto lo de buscar o no un sustituto —prosigue John tras hacer una pausa en la que mira uno a uno a todos los presentes—. Estamos en el último trimestre del año y sería absurdo hacer el cambio ahora. ¿Puedes escribir una novela antes de que termine el año?

—No —contesto al instante.

—¿Y una novelette?

—No lo sé…

—Pues deberías —sugiere Terry.

Categorías
Policíaca

Ripley

Cuando entré en el apartamento escuché un sonido procedente de la habitación de matrimonio. Desenfundé mi arma y cerré la puerta con sigilo al recordar que mi mujer debía estar de guardia en el hospital. Mientras caminaba hacia allí, escuché un golpe y luego lo que parecía un gemido.

La puerta estaba entreabierta. Me detuve en el umbral y contemplé boquiabierto el interior. Mi mujer estaba pegándomela con Sullivan, el puto vecino del sexto. El corazón me dio un vuelco y abrí la puerta de un empujón.

—Levántate, maldito hijo de puta —grité apuntándole con la pistola.

—Ripley —masculló Sullivan alzando las manos—. Entiendo que puedas estar cabreado…

—¡Cállate!

Mi mujer se levantó de la cama cubriéndose con las sábanas y se acercó a mí.

—Tú no te muevas —exclamé— o le vuelo la tapa de los sesos.

Me acerqué a la silla donde Sullivan tenía su ropa y la pateé.

—Vístete —ordené sin dejar de apuntarle.

—John… —Miré a mi mujer de soslayo y escupí en el suelo.

Sullivan comenzó a vestirse en silencio.

—Solo quiero saber una cosa —hablé—. ¿Cuánto tiempo hace?

Percibí un intercambio de miradas entre mi mujer y ese maldito bastardo.

—Después del funeral de Rick —contestó ella.

—¿Rick? —balbuceé desconcertado—. ¿Nuestro hijo?

Caminé hasta ella y la abofeteé con todas mis fuerzas.

—¡Serás puta!

Sullivan trató de abalanzarse sobre mí, pero, pese a mi repentino ataque de ira, no había dejado de prestarle atención, por lo que apreté el gatillo. Los gritos de mi mujer, al ver a su amante caer sin vida en la moqueta de nuestra habitación, me hicieron girar.

—De todas las personas… ¿Tenía que ser él?

—Cuando Rick murió te diste a la bebida —sollozó mientras gateaba hacia Sullivan—. La única persona que me ayudó a superarlo fue él…

—¿Metiéndose entre tus piernas? —Le coloqué el cañón en la sien.

Mi mujer tragó saliva y observó el charco que comenzaba a formarse alrededor del cadáver.

—Siento que todo esto haya tenido que terminar así… —musité—. Levántate y túmbate en la cama.

—¿Cómo?

—¡Hazlo!

Obedeció sin rechistar y, cuando se estiró en la cama, la cubrí con la sábana.

—¿Qué vas a hacer John?

—Salvar mi pellejo —contesté al tiempo que la volvía a encañonar.

La mirada de perplejidad que vi reflejada en sus ojos cuando le disparé me produjo cierto alivio. Me alejé de la cama y me arrodillé ante Sullivan. Coloqué la pistola en su mano, cogí aire y me disparé en la pierna.

Ahogué un grito de dolor al tiempo que me dejaba caer al suelo. Cuando pude contenerme, miré la herida. Había conseguido que la bala atravesara toda la pierna. Saqué mi teléfono móvil y marqué el número de emergencias.

—¡Aquí el teniente Ripley, de la comisaría federal de Nueva York! —me presenté nada más escuchar una voz—.  Necesito que envíen una ambulancia al número ocho de la calle Artwork en Brooklyn.  Hemos sido asaltados por un ladrón y mi mujer está herida de gravedad —mentí.