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Relatos

Efecto placebo

Todavía noto el regusto de la Amanita que acabo de comerme cuando comienzo a sentir una ligera alegría que me invade poco a poco. No sé si es un efecto placebo, pero la brisa que corre por la azotea me hace sonreír.

Sentado en la silla contemplo miles de luces que inundan el lugar, expandiéndose a mis pies. Me levanto y siento un ligero desequilibrio que me hace agarrarme con fuerza a la barandilla.

Respiro profundamente y cierro los ojos. Al abrirlos las diminutas luces de la ciudad danzan por todas partes como si de un baile se tratase. Extiendo los brazos e inhalo aire hasta llenar mis pulmones.

La felicidad me posee y situado en lo más alto del edificio me creo capaz de volar cual pájaro. Me quito la chaqueta y cierro los ojos para prepararme para continuar con este viaje.

La cabeza me da vueltas y una ráfaga de imágenes me nublan los sentidos. El aire me oprime el pecho, la felicidad se torna tristeza, y la sonrisa se deforma hasta convertirse en una mueca grotesca.

Me dejo caer al suelo y trato de contener una arcada. No lo consigo, por lo que cierro los ojos y noto unas lágrimas que los humedecen. El corazón me late con rapidez e intento respirar pausadamente. Segundos después, al abrir los ojos, descubro la totalidad de la Muscaria flotando sobre el vómito en diminutos trozos.

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Relatos

Wolfdux – X

—¿Qué haces por aquí? —digo a modo de saludo.

—¿Así es como saludas a tu hermana después de tantos años? —me reprocha.

Arqueo una ceja y fuerzo una sonrisa.

—Eso esta mejor —dice ella al tiempo que me da un breve y frío abrazo—, pero a mi no me engañas…

Ignoro sus palabras y la hago pasar al interior para resguardarnos del aguacero que está cayendo. La guío entre bambalinas hasta encontrar una zona donde poder hablar con tranquilidad.

—¿Bueno, qué? ¿Me vas a decir cómo has llegado hasta aquí? —pregunto nada más cerrar la puerta de uno de los camerinos.

—Ay… hermanito, hermanito. —Saca un cigarro de la pitillera y se lo lleva a la boca—. ¿Quieres uno?

—No fumo tabaco —contesto tajante—. Y aquí dentro esta prohibido fumar.

Mi hermana hace una mueca y lo vuelve a guardar.

—¿Qué haces por aquí? —pregunto otra vez.

—La junta directiva se ha puesto en contacto conmigo —contesta al fin—. Por lo visto, quieren un cambio de rumbo en la editorial.

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Ciencia ficción

Lexa Bhuvier

(Continuación de «Nueva Nueva York«)

Hacía dos días que habíamos anunciado en rueda de prensa que la prostituta de lujo, Lexa Bhuvier, había sido la asesina del aclamado magistrado Gerald Adser. Tanto los medios públicos como privados se nos habían lanzado al cuello por nuestra falta de resolución y nos recriminaban que probablemente la fugitiva ya hubiera salido del país bajo una identidad falsa.

Estábamos en un callejón sin salida y pese a nuestra avanzada tecnología, aplicada a salvaguardar el orden de nuestra ciudad, no habíamos conseguido dar con la fugitiva. William había interrogado a decenas de personas y yo había revisado una y otra vez todos los vídeos grabados por las cámaras de seguridad e inspeccionado el lugar donde había sido hallado el cuerpo del magistrado.

¿Quién podía sacar provecho de la muerte de Adser a parte de la oposición? Desde el primer momento sospeché del actual partido en el gobierno. Gerald Adser había conseguido colarse en lo más alto de las encuestas como gobernador con un meteórico ascenso, gracias a sus propuestas sociales entre el sector más pobre, granjeándole infinidad de enemigos.

Leía una noticia al respecto cuando el sonido de mi teléfono me devolvió a la realidad.

—Al habla el teniente Bane —dije contestando a la llamada.

—Soy inocent… Yo … maté a Gerald. —La voz se entrecortaba, dificultando su comprensión.

Algo me hizo ponerme en guardia. Alcé la mano y chasqué los dedos tratando de captar la atención de William.

—Es… cautiva en el …iguo fuert… Jay.

La llamada se cortó y miré a mi compañero.

—¿Qué ocurre? —quiso saber William ante mi cara de perplejidad.

—Tenemos que localizar esta llamada —expliqué conectando el teléfono a mi pantalla holográfica—. Creo que era Lexa Bhuvier…

William se levantó de un salto de su silla y se acercó a mi mesa con los ojos abiertos de par en par.

—La bahía de Upper —maldije al comprobar el resultado del localizador.

—¿Cómo sabes que era ella? —intervino moviendo su mano frente a mis ojos—. ¿Qué te ha dicho?

—Ha mencionado al magistrado y que era inocente —expliqué ampliando la zona en la pantalla—. También me ha parecido escuchar cautiva y el nombre de Jay…

—¿Jay? ¿Qué Jay?

—No lo sé… Las imágenes del satélite están clasificadas en esa zona.

—Déjame probar una cosa —intervino William, haciéndome a un lado al tiempo que me arrebataba mi pantalla holográfica.

—¿Qué quieres hacer?

—Secreto profesional —dijo esbozando una sonrisa que conocía muy bien.

Un pitido captó mi atención. El mapa de la pantalla comenzó a actualizarse mostrando todas las zonas hasta ahora ocultas.

—¿Eres consciente de que somos policías?

—¡Ja! -exclamó señalándome una fortificación situada en una pequeña isla—. Para hacer una tortilla hay que romper un par de huevos.

—¿Qué es ese sitio? —pregunté ignorando sus últimas palabras.

—Durante algunas décadas fue utilizado como zona turística, igual que las islas de Ellis y la de la Estatua de la Libertad.

—¿Y ahora?

—Según esto… pertenece a Dave Baladejo.

Mis sospechas cobraban fuerza nuevamente. El actual gobernador de la ciudad estaba involucrado en la desaparición de Lexa, y por lo tanto en la muerte del magistrado.

—Hay que ir allí inmediatamente —exclamé levantándome de la silla y cogiendo mi chaqueta.

—No será tan fácil entrar allí.

—Algo se te ocurrirá —contesté guiñándole un ojo.

 

Puedes leer la continuación en: Fuerte Jay

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Relatos

Wolfdux – IX

Me levanto de la silla y me acerco a la ventana. Observo cabizbajo como la lluvia cae sobre el tejado de uno de los estudios. Reparo en una mujer que está fumando bajo el umbral de la puerta y que por alguna extraña razón me resulta familiar.

Camino hasta el escritorio, cojo la tablet y vuelvo a la ventana. Miro el correo mientras trato de identificar mentalmente a esa mujer. Tras navegar por la bandeja de entrada sin prestarle mucha atención, la cierro y abro el Hangouts.

—Marcus, acabo de ver a una mujer pelirroja en el estudio de Fantasía. ¿Sabes algo de ella? —pregunto nada más ver su cara en la pantalla.

—Hola, señor Anathema. ¿Una mujer pelirroja? —Hace una mueca y luego abre los ojos de par en par—. ¡Ah, sí, sí! Perdone… Se me ha olvidado decírselo.

Desvío la mirada hacia el exterior y contemplo como la mujer me está saludando y haciendo señas para que baje.

—Me ha dicho que era su hermana —prosigue Marcus ajeno a que le estoy ignorando.

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Fantasía

La diosa de la vida

La suma sacerdotisa subió los escalones hasta el altar con los brazos en alto.

—¡Oh, diosa de la vida! —Se detuvo en el último peldaño—. ¡Acepta esta alma!

Mery apartó la vista cuando el puñal cercenó el cuello de su hermana.

—¡Oh, diosa de la vida! —repitió la sacerdotisa. Su voz retumbó por todo el templo—. Acepta esta alma y haz que los ríos vuelvan a fluir por nuestras tierras.

Una de las consejeras sagradas se acercó al altar y colocó una copa bajo el corte, recogiendo la sangre. Mery apretó con fuerza a su hija sobre su pecho y rompió a llorar mientras un coro de voces comenzaba a cantar a la divinidad.

—¡La vida y la muerte son dos caras de una misma moneda! —La sacerdotisa cogió la copa y se la llevó a los labios—. ¡Oh, diosa de la vida…!

—¡Y de la muerte! —concluyeron al unísono todos los presentes mientras se terminaba todo el contenido de la copa.

La suma sacerdotisa se desplomó en el suelo. Mery alzó la vista deseando que la diosa hubiera escuchado sus plegarias y también se llevara el alma de quien había acabado con la vida de su hermana. Las consejeras sagradas se acercaron a la sacerdotisa y la voltearon. Un murmullo se extendió por el templo al ver que no se movía.

—Está llorando sangre —exclamó una de ellas—. El corazón no le late.

Los niños del coro dejaron de cantar y corrieron hacia su mentora.

—El agua… —balbuceó la sacerdotisa— volverá a regar vuestros campos de cultivo y acabará con vuestro sufrimiento…

—¡La diosa de la vida está hablando! —gritó la consejera al tiempo que se ponía en pie.

—¡Oh, diosa de la vida! —exclamaron todos haciendo una reverencia.

La sacerdotisa comenzó a elevarse del suelo, flotando entre los niños del coro y sus consejeras. Extendió los brazos y abrió los ojos. Era inconfundible, sus ojos, totalmente negros, certificaban que la diosa estaba allí.

—No dudéis. Cuando perdáis la fe en mí, un gran mal acabará con todos… —anunció la diosa.

Los presentes se miraron entre sí, desconfiando los unos de los otros. Mery sintió como la diosa la miraba fijamente. «Tu hermana forma parte de mí ahora, y el amor que te profesaba, también. No pierdas la esperanza». Le habló solo a ella, con la voz de su hermana, penetrando en su cabeza. No pudo evitarlo, se dio media vuelta y se marchó corriendo del templo.

Una de las consejeras sagradas se percató y la siguió. Cuando Mery llegó a casa y cerró la puerta tras ella, rompió a llorar. Se lanzó de rodillas al suelo y abrazó a su hija. La consejera abrió la puerta y guardó silencio mientras la mujer se recomponía.

—Mery… —habló pasados unos segundos—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué te has marchado así?

—¿Y ahora qué? —explotó—. ¿La muerte de Rimmy traerá de nuevo el agua a nuestros ríos?

—Conoces las reglas —intervino la consejera—. Cuando una mujer no puede servir a la diosa alumbrando nuevas vidas debe servirla de otras maneras.

Mery besó a su hija, la arropó y la dejó en la cuna.

—¿Cuál será su destino? —dijo mirando a la pequeña—. ¿Vivir recluida en el templo hasta que decida si acepta a la diosa de la vida y olvidarse de sus lazos familiares, o hacer como ha hecho su madre y, tiempo atrás su abuela, y parir tantas veces como sea posible para postergar hasta la eternidad esta religión?

—Me temo que ya sabes la respuesta. —La consejera abrazó a Mery—. Tu hermana no tenía dudas. Fue ella quien pidió ser sacrificada por un bien común. Nunca perdió la esperanza pese a parir a tres criaturas muertas en diferentes momentos de su vida.

Mery desvió la mirada hacia su hija y asintió.

—¿Crees que la diosa nos proporcionará agua?

—Estoy segura de ello. Hace meses que no llueve y el bosque se está marchitando. De las montañas no baja el agua ni regresan nuestros hombres. ¿Qué hemos podido hacer para sufrir semejante castigo?