Categorías
Fantasía

De rodillas al suelo

La noche era tranquila y agradable en el valle, el ulular de los búhos era el único rumor que se oía y las criaturas del bosque guardaban en silencio a sus presas. El cielo despejado revelaba un millar de estrellas radiantes en el firmamento.

 Por el camino que atravesaba el bosque, se distinguían dos grandes sombras. Dos seres deformes cargaban con lo que parecía ser una figura humana. Se adentraban en el bosque velozmente. El ulular cesó cuando se ocultaron en las tinieblas de los grandes árboles. Su presa estaba inconsciente, era una joven de cabello oscuro, su rostros repleto de cortes y heridas era el de una muchacha de piel blanquecina. Vestía una túnica hecha jirones, la marcas en sus brazos indicaba que habían quedado así a causa del forcejeo intentando escapar de sus dos raptores.

Una de las bestias se detuvo, dubitativa. Un rayo de luz lunar reveló una tez consumida, con una gran cicatriz que la dividía en dos, sus afiladas fauces brillaban. Tenía escaso pelo, de una tonalidad tan negra como la misma oscuridad. Era corpulento, cargaba con la joven mujer con el mínimo esfuerzo. Atada en el cinto colgaba una gran espada ensangrentada, su armadura le cubría todo el pecho, quedando el lomo y la espalda al descubierto. Con sus ojos negros observaba el corazón del bosque. Su compañero, unos pies más allá, se detuvo a su lado, era mucho más menudo en comparación con él, pese a ser ambos más grande que un hombre de gran estatura. El rostro demacrado mostraba unos ojos negros como la noche, su arría cabellera morena caía hacia sus espaldas. En sus manos llevaba dos hachas desquebrajadas. Elevó la vista al cielo y advirtió como una ligera brisa empezaba a soplar.

Desde el camino, observaron como un grupo de personas con antorchas,se acercaban a su posición. Las dos bestias miraban detenidamente y analizaron la situación, hubo un intercambio de miradas, seguido de un asentimiento por parte de ambos y rápidamente se escondieron entre la maleza. El que cargaba con la chica la dejó caer al suelo bruscamente, desenvainó su espada y avanzó hacía una posición mejor. Las antorchas se adentraron en elbosque con rapidez, sus portadores eran soldados armados con lanzas y alabardas, todos vestían el mismo uniforme, pantalones rojos y chalecos negros. A una distancia prudencial les seguía un carro tirado por dos grandes caballos. En pocos minutos los soldados estuvieron al alcance de las dos bestias ocultas.

Escondidas esperaron para atacar en el momento oportuno. Cuando tres de los soldados ya les habían pasado de largo, la más corpulenta saltó sobre ellos cogiéndoles por sorpresa, lo que fue aprovechado para acabar con dos de ellos en un abrir y cerrar de ojos. Los gritos alertaron a la resta de la tropa que llegó cuando el tercer hombre caía de rodillas al suelo.

Los soldados rodearon a la bestia, su espada brillaba a la luz de la luna como un rubí, la sangre corría por el filo lentamente. Atacó con velocidad pese a su gran tamaño, mientras uno de los soldados trataba de hundirle la lanza en el pecho, pero lo último que vio antes de morir fue como la bestia le arrebataba la lanza de las manos y se le clavaba en el estomago. Los otros aprovecharon ese momento para atacarle desde la distancia, con más precaución. Los soldados lanzaban ataques sobre la bestia quien los esquivaba a duras penas, el corazón lo comenzó a latir rápidamente, el sudor frío le caía por el rostro.

Al principio lo estaba logrando pero viendo su fin cerca, apretó con fuerza su espada y saltó para asestar un último golpe. No consiguió impactar ya que una lanza se le clavó directamente en la pierna provocando que cayera de bruces contra el suelo. Tirado en el suelo su respiración se entrecortó, desde allí trató de blandir su espada contra uno de los hombres que se le acercaban, pero uno de ellos, sin compasión alguna, hundió su lanza en el costado desprotegido de la bestia.

Tras unos segundos de agonía murió desangrándose mientras su compañero observaba aterrado desde las sombras. Inmovilizado por el terror no se dio cuenta de que una mujer vestida completamente de rojo examinaba el cadáver hasta que la escuchó hablar.

—Quiero que busquéis y traigáis al otro con vida, quiero hacerle unas preguntas —Su voz era fría como el hielo, y su cabello negro ondulaba con la brisa. Su rostro, oculto en las sombras, miraba detenidamente el cadáver—. Ulthar, acércate —llamó al que parecía ser el líder de los soldados—. ¡Estos monstruos me están cansando, quiero saber donde se esconden! —gritó con furia.

El soldado llamado Ulthar asintió con la cabeza y se dispuso a partir en busca de la otra bestia. Ésta aún oculta comenzó a retroceder atónita sin quitar la vista de la figura femenina que se acercaba a paso lento, pero firme, de vuelta el carro. Sus piernas temblaban a causa del miedo por lo que tropezó cayendo de espaldas al suelo.

El gemido de dolor que salió de sus labios rompió el silencio, se tocó la cabeza y descubrió con horror que sangraba y la vista se le nubló. Se repuso con torpeza, trató de orientarse y vio como unas luces lejanas se acercaban a él. Sus piernas movidas por el terror comenzaron a correr en dirección opuesta, trató de huir hacía la oscuridad y seguridad del bosque, pero su tamaño ralentizaba la escapatoria, las ramas y  arbustos le frenaban mucho en comparación con sus perseguidores, quienes avanzaban veloces entre los árboles. La persecución duró poco, la bestia que había perdido sus armas en la huida se encontraba rodeada por los soldados. Ulthar se adelantó.

 —Nuestra señora me ha ordenado no matarte, pero si por mí fuera ya estaríais haciéndole compañía a tu amigo, escoria. —La bestia ante tal amenaza cayó de rodillas al suelo—. ¡Levántate y no te resistas! —concluyó amenazante mientras la bestia trataba de ponerse en pie patosamente. Ante la lentitud de sus acciones los soldados le levantaron del suelo y le ataron de pies y manos.

Los primeros rayos de sol asomaban por la copa de los árboles cuando Ulthar y los soldados llegaron donde se encontraba el carro y la misteriosa mujer de rojo. Ante el anuncio de su llegada, la mujer saltó desde lo alto del carro cual felino y les observó antes de acercarse a ellos. Cuando estuvo a la altura de la bestia desenvainó una daga que acercó a su gaznate. La criatura con la claridad del amanecer no parecía un monstruo, su rostro tenía rasgos humanos, como si tiempo atrás hubiera sido una persona normal, sus ojos reflejaban el miedo, sus labios temblaban ante la amenaza del filo que notaba en su cuello.

— ¡N… no me hagáis na… nada, por favor! —balbuceó, mientras miraba a su alrededor.

—¡Calla !—gritó la mujer apretando la daga con más fuerte contra el cuello—. ¿No sabes quién soy?

Categorías
Fantasía

Borrachera

Ese momento antes de tocar el suelo, ese segundo que por un momento se hace eterno, por el que normalmente pasan miles y miles de cosas por la cabeza. El temido jinete no pensó ni por un momento como de fuerte sería el impacto contra el suelo. Embriagado con Sangre[1] notaba las motas de polvo cada vez más próximas a su rostro. Incapaz de mantenerse un rato más en el aire, y viéndose en una pose muy estúpida, decidió que ya era el momento de hacer frente a la suciedad del suelo y lanzarse en picado hacia ella.

En un mundo donde todo lo inimaginable es posible y todo lo absurdo se reúne para nombrar a un campeón, donde las verdades universales carecen de sentido, encontramos una chabola en un lago, en una diminuta isla accesible únicamente por los bloques de hielo que se forman entre el mediodía y la hora de la siesta.[2] Un sonido seco, procedente del interior, hizo huir a los pocos pájaros que descansaban en las ramas de los árboles más cercanos.

—¡Te digo… gue esde luugád… mmmmmola! —balbuceó Guerra mientras seguía bebiendo de su jarra vacía.

—Eso has dicho de los tres últimos sitios donde hemos ido, ya no eres creíble —contestó su hermano con un tono tajante—. Me parece que esta noche nos volverá a tocar llevárnoslo a rastras… —concluyó dirigiéndose a los demás.

—¡Shh! —mandó callar Guerra con un gesto.

—¿Habéis oído eso? Creo que se refería a ti, Hambre —dijo Muerte amagando una sonrisa en su blanquecina calavera.

Guerra rápidamente le señaló con la jarra. Hambre que no entendía que pasaba miró a su cuarto hermano, Victoria, buscando una respuesta, pero lo único que consiguió fue verlo abrazando a una fregona, preguntándole a qué hora terminaba de trabajar.

—¿Qué estáis…? —Estaba diciendo cuando fue cortado por Muerte.

—¡Díselo a la mano! —espetó al tiempo que le ponía la mano a un centímetro de su fea nariz. Muerte y Guerra comenzaron a reír tanto que hasta Victoria apartó los ojos de su amada fregona y se sentó junto sus hermanos. Momento que aprovechó para pedir otra ronda de Sangre al anfitrión. Una vez los cuatro hermanos tenían una jarra cargada con el espléndido jarabe, Victoria se aclaró la garganta y se acarició el pelo.

—¿Creéis que tengo posibilidades con Betty? —preguntó mirando de reojo a la fregona apoyada en la pared—. Llevo un buen rato hablando con ella, y aunque es un poco tímida, creo que tengo opciones… ¿Qué? ¿Qué pensáis? —volvió a preguntar.

Los cuatro intercambiaron miradas, Hambre carraspeó y bebió de su jarra. Guerra que no quería ser menos, bebió un gran sorbo, del cual la mitad fue al suelo y la otra se deslizo por su espesa barba. Muerte al ver que ninguno de sus hermanos tenía intención de decir nada miró a Victoria.

—¿Quién coño es Betty, tío? —dijo mientras miraba fijamente a su hermano a los ojos.

—¿Cómo que quién es Betty? —respondió atónito—. ¿Acaso no ves a esa pelirroja que nos está mirando?

Los tres hermanos miraron en dirección donde se suponía que debía de estar Betty la pelirroja, pero lo único que vieron fue una fregona. Muerte y Guerra se miraron, el primero se giró en dirección al anfitrión.

—Perdona, ¿Betty, es tu hija? —le preguntó buscando algo de sentido a todo esto.

 —Sí —respondió un poco intimidado.

—¿Y se puede saber dónde está?

—Lleva más de una hora esperando que tu amigo suba a su habitación —contestó para sorpresa de todos—. Pero no sé que le ha dado por abrazarse con esa sucia y asquerosa fregona.

[1]Bebida alcohólica típica de los barrios bajos de Nisa. La receta es custodiada
 por los Sangrantes, conocidos así por ser los únicos en conocer los misterios de
 este potente jarabe, la transmisión se lleva a cabo entre abuelos y nietos, por
 lo que el padre y el posterior hijo siempre quedan al margen. Se rumorea que uno
 de los ingredientes es sudor de gato, lo que explicaría la dilatación de las
 pupilas y la constante transpiración de axilas. Sea o no cierto, los síntomas de
 un bebedor de sangre siempre son los mismos. A los dos mencionados anteriormente
 hay que añadirle una extraña sensación de flotabilidad, exteriorización del 
 propio ser como si de un videojuego se tratase y por último una falta de 
 equilibro total cual gato sin bigotes. 
[2]Las horas más frías del día transcurren en este lapso de tiempo.
Categorías
Relatos

Escena nº13

La hoja permanecía completamente en blanco. La mano de la joven escritora dibujaba círculos en el aire, esperando la llegada de una idea. De hecho, ella esperaba una escena navideña, es más, tenía un montón de ideas sobre la Navidad.

Hacía días que no escribía nada, el plazo de entrega para enviar el relato terminaba en dos días y la hoja aún seguía en blanco. Cansada de no encontrar algo que le hiciera saltar la chispa se levantó, salió de su estudio y cruzó el pequeño pasillo hasta llegar al comedor. El gato negro dormía, como siempre, en su rincón del sofá. El sol comenzaba a ocultarse, y la oscuridad luchaba por adentrarse en la habitación.

Mientras se dirigía al armario el gato abrió un ojo al escucharla y volvió a cerrarlo al ver que la cosa no iba con él. La escritora abrió la puerta del mueble, miró en su interior, sacó una pequeña caja metálica de bombones, y con la mano libre cogió un cenicero. Se ayudó con el codo para cerrar la puerta del armario. Se acercó al sofá y se sentó mientras el gato arqueaba las orejas.

Colocó el cenicero y la caja metálica en la mesa, abrió la tapa y cogió un rudimentario pitillo. Se lo llevó a la boca y lo prendió con un mechero. Inhaló un par de veces y el blanquecino humo comenzó a expandirse por todo la habitación. Era el momento de darle un respiro a la mente, para que descansara y volviese con más fuerza. Tras varias caladas, comenzó a sentirse más relajada y tranquila.

Casi sin darse cuenta el gato negro comenzó a caminar entre sus pies. «Un gato negro», pensó sin querer. «¿Por qué traerán mala suerte los gatos? ¿Y romper un cristal? ¡O pasar por debajo de una escalera!», se dijo a sí misma.

Encendió el portátil que estaba en la mesa y buscó en Google el origen de este tipo de supersticiones. La búsqueda de estas palabras le llevó a Wikipedia, información de fácil y rápido acceso. Dicha información hablaba de una supuesta relación entre gatos ya fueran negros, grises o verdes y las brujas, motivo por el cual tenían esa mala fama.

Le llamó la atención la caza de brujas y abrió otra página en busca de más información. En una de ellas, al abrirla le apareció un gigantesco candado que le bloqueaba el acceso. «Pagina bloqueada temporalmente», leyó para sus adentros. La cerró y continuó buscando por otro tipo de páginas, leyendo todo tipo de supersticiones, hasta que encontró a una en la que se remarcaba como un día muy negro: el 13 de Octubre del año 1307.

 Fue entonces cuando se percató de la fecha en la que estaba. Volvió la vista al calendario que colgaba de la pared, allí un gran número trece debajo de la palabra viernes escrita la miraba fijamente. Comenzó a preocuparse y por su cabeza solo pasaban aquellas cosas que te suelen decir sobre la buena y la mala suerte.

Escuchó un ruido y se giró. Sin querer golpeó el cenicero que cayó al suelo. «La suerte no existe», se dijo mentalmente mientras recogía el cenicero y lo colocaba de nuevo en la mesa. Al levantarse del sofá el mando cayó al suelo, pilas y tapa, salieron disparadas cada una por un lado. Se agachó para recoger ambas cosas mientras se volvía a repetir que la suerte no existía.

Un voraz apetito comenzó a invadirla, se dirigió a la cocina dónde encontró unos pastelitos de chocolate, ideal en estos casos. Tras acabar con un par de ellos, volvió al sofá y se sentó, dejándose caer lentamente hasta quedar completamente tumbada, somnolienta. Allí comenzó a soñar despierta.

Soñó que había escrito el relato y lo había enviado, un relato del cual ella estaba muy contenta y satisfecha, pero al levantarse, aún dentro del sueño, resultaba no ser cierto. La hoja permanecía en blanco, igual que el día anterior, y ya solo le quedaba un día para terminar el relato, por lo que tras maldecirse se sentaba en la silla y tras meditar un tiempo, comenzaba por escribir el título.

Al despertar a la mañana siguiente un leve dolor en las cervicales le recordó que había pasado la noche durmiendo en la misma posición. Se masajeó la zona afectada y se levantó, caminó hasta su estudio. Al sentarse y coger el bolígrafo para comenzar a escribir vio como la hoja estaba escrita de margen a margen con un título que rezaba “Escena nº13”.

Categorías
Relatos

Consecuencias del belicismo

Habían pasado cincuenta años y aún se sentía como encerrado en una jaula. Habían sido tan solo cinco años, cinco años en el infierno del ejército. Librando una guerra que no tenía nada que ver con él.

Su padre le había obligado a alistarse con tan solo dieciocho años, según decía para que se hiciera un hombre. Opinaba que había malgastado su juventud con aquel grupo de amigos liberales, aficionados al teatro. Una carrera de artista era lo que realmente deseaba, pero lo único que consiguió fue ver como todo eso desaparecía con su marcha al ejército.

Los primeros meses fueron los más duros. Su mundo idílico explotó como la metralla que se veía obligado a disparar. La dureza del entrenamiento y la fuerte rivalidad le hicieron pensar en suicidarse más de una vez, pero nunca fue capaz de reunir el valor suficiente. Tras esos meses infernales, llegaron tiempos más tranquilos, había conseguido acostumbrar al cuerpo y a la mente a la rígida y férrea disciplina militar.

Cuando faltaba poco para licenciarse, estalló una guerra y sus sueños de regresar a casa se desvanecieron. Fue enviado al frente y los días tranquilos empezaron a quedar muy lejos. Dormía poco y se levantaba antes de que saliera el sol. Las jornadas de trabajo eran muy extensas y monótonas. Vigilar una zona, patrullar un territorio o limpiar las letrinas, tareas que se intercalaban con alguna que otra práctica de tiro. Siempre se preguntó cómo sería disparar a alguien y dar en el blanco. Lo que no sabía era lo cerca que estaba de averiguarlo. Una noche que estaba de guardia en el campamento, unos rebeldes trataron de colarse en el interior y sonó la alarma por lo que se vio obligado a correr tras ellos.

Su compañero de guardia Zack fue abatido por un disparo directo en la sien. Antes de caer al suelo ya estaba muerto. Fue la primera vez que veía morir a alguien, sintió como si le hubieran quitado un pedazo de él. Con el arma en alto apuntando a la oscuridad corrió en busca de cobertura, tal y como le habían enseñado, una vez allí, pidió refuerzos. Estos no tardaron en llegar, y la situación se controló rápidamente, dieron muerte al francotirador que había acabado con Zack, y los otros fueron capturados y hechos prisioneros. Aquella noche no pudo dormir, veía la cara de Zack perdiendo todo rastro de vida en una fracción de segundo mientras se desplomaba al suelo cual muñeco de trapo.

A la mañana siguiente otro grupo de rebeldes se dirigió a la base y comenzaron a lanzar cócteles molotov mientras disparaban a toda persona visible desde fuera. Él fue llamado para reprimir el ataque y enviado a una de las torres, la misma desde donde la noche anterior había salido la bala que impacto con Zack. Una vez arriba cogió un fusil francotirador y cargó el arma. Sus órdenes eran claras, disparar a los atacantes.

Había llegado el momento, tenía en el punto de mira a uno de ellos, estaba preparando un explosivo, vio como debido a las prisas y a la tensión del momento derramaba un poco de líquido por el suelo. Dudo en apretar el gatillo y cuando quiso darse cuenta, el rebelde ya estaba corriendo dirección a la torre de su derecha, lanzó el explosivo y cuando impacto una gran bola de llamas y fuego la cubrió por completo, los gritos de sus hermanos de armas llegaron hasta él, no pudo evitar sentir un ligero sentimiento de culpa.

Volvió a buscar por su mirilla, oculto tras unos escombros divisó a dos rebeldes, uno de ellos era menudo, como un niño, en su brazo vestía un lazo que al parecer había sido de un color verde mohoso. Vio como el más grande le hacía señas para que lanzara el explosivo a la torre donde él se encontraba, miro otra vez al niño y descubrió con horror que en una mano sujetaba un coctel molotov. Comenzó a correr dirección a la torre, volvió a dudar, el niño se aproximaba con mucha velocidad, el terror volvió a invadirle, incapaz de apretar el gatillo observaba como el pequeño rebelde se aproximaba cada vez más, una fría gota de sudor le caía por la cara cuando sin darse cuenta el dedo se le deslizó hasta el gatillo y disparó. El proyectil impacto muy cerca del corazón, el niño paró la carrera al momento, se llevo una mano a la herida, cayó de rodillas al suelo y se desplomó, el explosivo que llevaba en la mano impacto con el suelo y lo envolvió en llamas. La contienda duró un par de horas más. Pero la imagen de su primera muerte no pudo quitársela de la cabeza. Cincuenta años después esa imagen le atormentaba día y noche.

Categorías
Fantasía

El templo del adiós

Una silueta apareció entre los árboles, en medio de la espesura. Observaba con atención a un grupo de hombres con antorchas que ascendían por el camino que provenía del Norte, exhaustos por el esfuerzo y el calor. No tenían fuerzas para escapar de sus perseguidores, unos bárbaros que les seguían a pocos minutos bajo la luna llena. Su reflejo iluminaba el tranquilo río de aguas claras y cristalinas que atravesaban el hermoso valle.

Al llegar a un pequeño claro, uno de los hombres cayó abatido por una flecha, un disparo certero en la parte posterior de la pierna. Al verlo desplomarse, algunos de los hombres se giraron para tratar de ayudarlo, otros, ni si quiera se pararon tratando de salvar la vida. Y sólo estos, pudieron escapar de la masacre que aconteció momentos después, los bárbaros alcanzaron a los rezagados acabando con todos ellos.

 No habiendo saciado su sed de sangre, continuaron la marcha para tratar de dar caza a los que habían podido escapar, dos de ellos pero, se quedaron para rematar la faena. Cuando éstos ya habían saqueado lo poco que tenían de valor los cadáveres se marcharon tras sus compañeros, la silueta oculta en el bosque, se acercó al lugar de la masacre. Era un caballero montado sobre un corcel.

—Seguidme, soy el caballero de la blanca luna. Y os he venido a buscar —anunció con voz clara y segura.

Los cuerpos se levantaron lentamente y miraron abstraídos al caballero quien vestía una reluciente armadura. Montaba sobre un hermoso caballoblanco que se erguía majestuoso frente a ellos.

—Es tiempo de descansar, rápido —agregó al tiempo que iniciaba la marcha dirección al interior del bosque.

Los hombres que se habían levantado le siguieron por la espesura, anduvieron horas antes de que el caballero les hablara nuevamente. Por ese entonces, estaban en un claro rodeado por una intensa niebla, y el misterioso jinete les ordenó que esperaran allí a su regreso. Se marchó hacía el interior de la niebla desapareciendo en ella para volver minutos más tarde con los otros hombres que habían podido escapar del primer ataque.

—Sigamos, es hora de descansar — ordenó con firmeza el caballero.

Todos se pusieron en marcha adentrándose por un camino oculto y tras unos pocos pasos se encontraron descendiendo a través del bosque. No penetraba luz alguna y los árboles eran cada vez más altos y gruesos. Entre ellos se podía divisar una luz en el centro del bosque, en pocos minutos llegarían a aquella luz esperanzadora. El caballero hizo un alto.

—Allí os aguarda mi templo, dormir —dijo con voz temblorosa, antes de volver por donde habían llegado, dejándolos allí, donde morarían eternamente.