Para cardíaco

Me dirijo a mi escritorio, coloco la chaqueta sobre el respaldo de la silla y me derrumbo en ella. Muevo ligeramente el ratón del ordenador y la pantalla se ilumina en el mismo momento en que aparece Hawking.

—Estaba hablando con Rachel de Asuntos Internos. He quedado con ella —me informa, guiñándome un ojo—, tomaremos unas birras después del trabajo mañana por la noche.

—¿En serio? Esa muchacha no sabe dónde se mete…

Hawking jajajea, se sienta en la silla y enciende su ordenador.

—Lamento interrumpiros —interviene Dickinson, acercándose a nosotros—. El comisario quiere veros en su despacho.

—¿Qué has hecho esta vez? —exclamo mirando a mí compañero.

—Gracias, Dickinson —dice Hawking, encogiéndose de hombros.

***

—¿Quería vernos, señor?

—Sí. Sentaos —ordena—. Os voy asignar el caso de Janet Gibons —continúa diciendo el comisario mientras tomo asiento.

—¿La mujer que llamó desde Big Plans?

—La misma. Tenemos una orden judicial para investigar el complejo de caravanas de Rick Jägger.

—Han aceptado nuestro recurso, por lo que veo… —exclama Hawking levantándose de la silla.

—¿Alguna otra cosa más, señor? —digo volviendo la vista al comisario.

—Nada más. Podéis retiraos —contesta haciendo un ademán con las manos.

***

—Señorita Gibons, este es el sargento Hawking —hablo nada más sentarnos en la mesa—. A mí ya me conoce.

La mujer asiente con la cabeza y se aprieta las manos con fuerza.

—No tiene nada de que preocuparse —interviene mi compañero—. Está a salvo. Solo necesitamos que nos diga su versión de los hechos, con el máximo de detalles, para que podamos ir tras ese psicópata y encerrarlo para siempre.

—Sí —corroboro—, está a salvo.

Janet traga saliva y me mira a los ojos.

—¿Por dónde empiezo?

—Veamos… —comienza diciendo Hawking sacando su libreta—. Aquí tengo apuntado que usted llamó desde Big Plans alrededor de las doce del mediodía para denunciar un secuestro.

La mujer asiente con la cabeza y una lágrima comienza caerle por la mejilla.

—¿Puede contarnos cómo llegó hasta allí?

—Bueno… Cómo ya sabrán me gano la vida prostituyéndome —dice avergonzada—. Rick me llamó para contratar mis servicios hace cosa de un par de días. Me recogió en la estación de autobuses y me llevó a su complejo de caravanas.

Contemplo cómo Hawking anota todo lo que nos va diciendo en su pequeña libreta.

—Por lo visto, me querían para experimentar conmigo —prosigue Janet—. Me llevaron a una caravana medio escondida que parecía estar abandonada y me ataron a una camilla.

—¿Podrías describirnos esa caravana?

—No lo recuerdo bien… Solo sé que estaba muy alejada de la carretera y su aspecto exterior era descuidado.

—¿Fue allí donde estuviste todo el tiempo? —Janet asiente y rompe a llorar—. Tranquila. Haremos un descanso.

—Tómate el tiempo que necesites y luego nos sigues contando que pasó allí dentro —intervengo.

***

Hawking había rellenado varias páginas con el testimonio de aquella mujer. Por lo visto, no solo Rick había torturado a la señorita Gibons, su hija y, en menor medida, la novia de este habían causado innumerables lesiones a la prostituta. La sola imagen de imaginar las atrocidades a las que había sido sometida me revuelve el estómago.

—¿Cómo conseguiste escapar de allí?

—La noche anterior la hija de ese bastardo me había fustigado con una varilla ardiendo al rojo vivo, por lo que me metieron en una tina llena de leche para… ¿aliviarme? —explica enseñando unas cicatrices recientes en las piernas—. Solo recuerdo que cuando me metieron allí dentro me desmayé del dolor.

—¿Te despertaste en la bañera?

—Sí. Salí de allí, agarré el picahielos que habían utilizado para torturarme el primer día y me acerqué a la entrada. —Se mira las manos temblorosas—. Tuve que esperar un buen rato hasta que alguien abrió la puerta. Y entonces me abalancé sobre ella. Era la novia de Rick. La golpeé hasta que dejó de moverse, le quité algo de ropa y corrí hasta la carretera. No paré de correr hasta que encontré una casa donde llamar a la policía.

—¿Fuiste tú quien acabó con Margot Herbert? —hablo reincorporándome en la silla.

—No tengo ni idea de cómo se llamaba esa víbora… Pero supongo que ese sería su nombre. —Una imperceptible sonrisa se dibuja en su rostro.

—¿Te alegras de su muerte? —habla Hawking al percatarse de ello.

—No le deseo ningún mal a nadie —dice—, pero era ella o yo. Me alegro que gracias a lo que hice aquel día, hoy esté sana y salva…

***

—Sargento —habla el cadete González a nuestras espaldas—, estaba en lo cierto. Había algo turbio en esa familia…

—¿A qué te refieres? —pregunta Hawking al voltearse.

—Por lo visto, tras registrar el módulo de caravanas que tenían, han encontrado en el interior de una de ellas, materiales para realizar todo tipo de atrocidades… Era un matadero andante. Han hallado pruebas que señalan a los Jägger como los autores de varios asesinatos.

—¡Bien hecho, González! —intervengo mirando los documentos que me ha entregado.

—¿Dónde están ahora?

—Los están llevando a la sala de interrogatorios ahora mismo.

—Perfecto —exclama Hawking mirándome—. Vayamos a hacerles una visita…

***

—Como podrán comprobar, tenemos un sinfín de pruebas que les señalan como culpables. ¿Cómo se declaran?

—Inocentes, por supuesto —sentencia Rick con semblante serio—. Es solo una puta. Un ciudadano americano como yo, no puede ser detenido por maltratar a una maldita prostituta.

—Prostituta o no, es una persona —estalla Hawking golpeando la mesa—. Me temo que usted y su hija pasaran una larga temporada en prisión.

—¡Mi hija no tiene nada que ver!

—Según la señorita Gibons, ella también fue partícipe de las torturas que sufrió, junto con la difunta Margot Herbert.

—¡Miente! —grita Rick—. Eso es totalmente falso. La loca de Maggie si que se divertía introduciendo cualquier cosa por los sucios agujeros de esa puta, pero mi hija nunca hizo nada.

Miro a la joven muchacha y su rostro es inexpresivo, no se inmuta al escuchar ninguna de las palabras que dice su padre. Abro una carpeta y lanzo un par de fotografías que hemos encontrado en la caravana.

—¿Qué podéis decirme de esto? —quiero saber.

Las fotografías muestran prostitutas que desaparecieron hace tiempo y de las cuales no se han encontrado los cuerpos.

—No conozco a ninguna de ellas —dice al fin el padre.

—¿De verdad? —habla Hawking—. ¿Puedes explicarme entonces que hacían en tu caravana?

***

—¿Sabemos algo del resultado del juicio? Llevan dos semanas de tira y afloja y todavía no hay un veredicto… —hablo intrigado de camino a la comisaria.

—Sí, tengo un informe con la resolución.

—¿Un informe? ¿De dónde lo has sacado? —pregunto.

—El cadete González me lo ha enviado esta misma mañana. Ayer a última hora de la tarde el jurado tomó una decisión.

 —¿En serio?

Hawking asiente con la cabeza y se detiene en la entrada.

—Rick Jägger le pidió al juez una rebaja en la condena a su hija —me explica poniéndose rojo—. ¿Y sabes qué? Lo consiguió. ¿Te lo puedes creer?

Cruzamos la puerta de la comisaria y observamos un bullicio anormal. Nos abrimos paso entre la multitud y nos encontramos como unos asistentes sanitarios están sacando una bolsa negra en camilla.

—¿Qué ha pasado? —pregunto al agente Dickinson al verlo cerrar la comitiva.

—Sargento. —Me entrega un documento—. Es Rick Jägger.

El corazón me da un vuelco al leer que ha muerto de un paro cardíaco.

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