Ripley

Cuando entré en el apartamento escuché un sonido procedente de la habitación de matrimonio. Desenfundé mi arma y cerré la puerta con sigilo al recordar que mi mujer debía estar de guardia en el hospital. Mientras caminaba hacia allí, escuché un golpe y luego lo que parecía un gemido.

La puerta estaba entreabierta. Me detuve en el umbral y contemplé boquiabierto el interior. Mi mujer estaba pegándomela con Sullivan, el puto vecino del sexto. El corazón me dio un vuelco y abrí la puerta de un empujón.

—Levántate, maldito hijo de puta —grité apuntándole con la pistola.

—Ripley —masculló Sullivan alzando las manos—. Entiendo que puedas estar cabreado…

—¡Cállate!

Mi mujer se levantó de la cama cubriéndose con las sábanas y se acercó a mí.

—Tú no te muevas —exclamé— o le vuelo la tapa de los sesos.

Me acerqué a la silla donde Sullivan tenía su ropa y la pateé.

—Vístete —ordené sin dejar de apuntarle.

—John… —Miré a mi mujer de soslayo y escupí en el suelo.

Sullivan comenzó a vestirse en silencio.

—Solo quiero saber una cosa —hablé—. ¿Cuánto tiempo hace?

Percibí un intercambio de miradas entre mi mujer y ese maldito bastardo.

—Después del funeral de Rick —contestó ella.

—¿Rick? —balbuceé desconcertado—. ¿Nuestro hijo?

Caminé hasta ella y la abofeteé con todas mis fuerzas.

—¡Serás puta!

Sullivan trató de abalanzarse sobre mí, pero, pese a mi repentino ataque de ira, no había dejado de prestarle atención, por lo que apreté el gatillo. Los gritos de mi mujer, al ver a su amante caer sin vida en la moqueta de nuestra habitación, me hicieron girar.

—De todas las personas… ¿Tenía que ser él?

—Cuando Rick murió te diste a la bebida —sollozó mientras gateaba hacia Sullivan—. La única persona que me ayudó a superarlo fue él…

—¿Metiéndose entre tus piernas? —Le coloqué el cañón en la sien.

Mi mujer tragó saliva y observó el charco que comenzaba a formarse alrededor del cadáver.

—Siento que todo esto haya tenido que terminar así… —musité—. Levántate y túmbate en la cama.

—¿Cómo?

—¡Hazlo!

Obedeció sin rechistar y, cuando se estiró en la cama, la cubrí con la sábana.

—¿Qué vas a hacer John?

—Salvar mi pellejo —contesté al tiempo que la volvía a encañonar.

La mirada de perplejidad que vi reflejada en sus ojos cuando le disparé me produjo cierto alivio. Me alejé de la cama y me arrodillé ante Sullivan. Coloqué la pistola en su mano, cogí aire y me disparé en la pierna.

Ahogué un grito de dolor al tiempo que me dejaba caer al suelo. Cuando pude contenerme, miré la herida. Había conseguido que la bala atravesara toda la pierna. Saqué mi teléfono móvil y marqué el número de emergencias.

—¡Aquí el teniente Ripley, de la comisaría federal de Nueva York! —me presenté nada más escuchar una voz—.  Necesito que envíen una ambulancia al número ocho de la calle Artwork en Brooklyn.  Hemos sido asaltados por un ladrón y mi mujer está herida de gravedad —mentí.

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