Gabriel

David entró en la tienda con paso decidido tras atravesar el laberinto de callejuelas.

—¡Tú! —exclamó señalando al hombre que había tras el mostrador—. ¡Me las vas a pagar!

El hombre al verlo, abrió los ojos de par en par y retrocedió hasta tocar con la espalda la estantería que tenía detrás de él.

—¿Cómo has…? —dijo con voz temblorosa.

David se encaramó al mostrador, le agarró de la camisa y lo atrajo hacia él, golpeándole con todas sus fuerzas en la cara.

—Serás desgraciado… —maldecía mientras seguía golpeándole.

—Por favor, para… —pidió tratando de cubrirse el rostro—. Puedo compensarte.

—¿Compensarme? —dijo lanzándolo contra el suelo—. Debería de matarte aquí mismo, malnacido…

—No tuve elección —explicó limpiándose la sangre que le brotaba de la nariz—. Gabriel quería acabar contigo, y amenazó con quemar la tienda si no cooperaba.

David miró a su alrededor, recogió uno de los sombreros y se carcajeo.

—¿Así que me vendiste por esta mierda? —dijo mirando con desprecio el borsalino que tenía en la mano antes de lanzárselo—. Lamentarás el día que me traicionaste, Roberto.

—¡Espera! —intervino al tiempo que se levantaba del suelo—. Como te he dicho, puedo compensarte.

David al escuchar de nuevo esas palabras apretó los puños y se puso rojo.

—No hay nada que puedas hacer para compensar por todo lo que he pasado…

—¿Ni ofreciéndote la oportunidad de localizar a Gabriel?

David sopesó lo que le acababa de decir Roberto. Se aclaró la garganta y le hizo un gesto para que continuara.

—Desde hace un par de semanas está viviendo en el château que hay en la colina —dijo sacudiéndose el polvo de encima—. Este fin de semana organiza una reunión de negocios para establecer su nuevo horizonte de inversión. Es una oportunidad única para acaba con él y con todos sus socios.

—Pues ya estás averiguando una forma para que podamos entrar —espetó David petándose los nudillos.

—¿Podamos? —quiso saber Roberto.

—¿Acaso crees que voy a ir solo? —informó con una sonrisa—. Aún te queda mucho por compensarme.

—Yo… no…

—¡Calla! Es hora de darle pasaporte a ese hijo de puta… —anunció golpeando el mostrador con la palma de la mano.

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