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KJU-33

—Aquí tienes, cariño —dijo, entregándole una flor que acababa de coger de aquel inmenso prado.

—Gracias, papá.

La niña se la acercó a la nariz y sonrió.

—¡Mira que bien huele! —exclamó aproximándosela a su padre.

El hombre se arrimó a la flor y respiró profundamente. Un ligero aroma a begonia le envolvió. Se dejó caer y se tumbó sobre el manto de flores que había a su espalda.

—Papá —comenzó diciendo la niña—, dicen que eres mala persona. ¿Eso es verdad?

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó, volviéndose hacia su hija con semblante serio.

—Nadie. Cuando alguien habla de ti y yo llego, se callan y cambian de tema.

—Entonces, ¿cómo lo has oído? —habló acercándose a ella.

—Mmmm… —Se llevó un dedo a la boca y miró al suelo—. Si te lo digo, ¿prometes no enfadarte conmigo?

El hombre cogió a la pequeña en brazos y le dio un beso en la frente.

—Lo prometo.

—Les espío —confesó.

El padre sonrió y volvió a besar a su hija.

—Te he prometido que no me enfadaría contigo, pero tienes que saber que eso está mal —explicó apretando los labios.

—¿Aún me sigues queriendo? —quiso saber ella.

—Claro que sí, cariño. Nada en el mundo cambiará lo mucho que te quiero.

El hombre se levantó y se dio la vuelta.

—¿Me dirás quién era la persona que decía esas cosas tan malas de papá?

La niña miró al frente. Los soldados que protegían a su padre esperaban en una plataforma no muy lejos de ellos.

—Dong-yul —dijo señalando a uno de los soldados.

—¿El sargento Myong? ¿Él dijo eso?

La pequeña asintió y su padre la bajó al suelo.

—Muy bien, cariño. —Le acarició la mejilla y le cogió de la mano—. ¿Quieres ver cómo papá lanza otro cohete?

—¡Sí! —exclamó dando saltos de alegría—. ¿Puedo apretar esta vez yo el botón?

—Todavía eres muy pequeña para hacerlo. Pero si prometes no decírselo a tu madre, podemos hacerlo juntos.

—¡Bien!

Caminaron hasta la plataforma y saludaron a los presentes. El sargento Myong se adelantó y se acercó a ellos.

—Todo preparado, señor —informó haciendo una reverencia—. Esperamos su señal.

—De acuerdo. Hoy la pequeña Sook apretará el botón, ¿verdad que sí? —añadió mirando a su hija.

La niña asintió con una amplia sonrisa en su rostro y corrió hasta el escritorio que había en el centro de la plataforma. El hombre caminó despacio hasta allí y se sentó. Sook se subió sobre las rodillas de su padre y contempló nerviosa las diferentes pantallas que habían dispuestas sobre la mesa.

—Señor. —El sargento Myong se acercó al escritorio—. Aquí tiene sus prismáticos.

—¿Y para mí? —intervino la pequeña cruzándose de brazos.

—Traedle unos para ella —ordenó mirando a su hija—, de inmediato.

El sargento se volteó e hizo una seña a uno de los soldados. Padre e hija esperaron a que volvieran con los prismáticos mientras Myong les informaba por donde saldría el cohete.

—Su mesa está alineada, como siempre —puntualizó, señalando el lugar del lanzamiento—. Detrás de aquella arboleda, pasado el campo de begonias verá el arma definitiva: el KJU-33.

El hombre sonrió al escuchar el nombre y le mesó el pelo a su hija. El soldado que había ido a buscar el otro par de prismáticos apareció tras el sargento y se los entregó.

—Aquí tiene, señor —habló Myong—. A su señal.

El hombre le dio los prismáticos a su hija, y con los suyos miró donde, hacía unos segundos, su sargento le había indicado.

—Cariño, a la de tres le damos al botón rojo —anunció mirando a Sook—. Uno, dos y…

—¡Tres! —gritó la niña.

Ambos apretaron el botón y en las pantallas se observó como un enorme cohete era lanzado. Con ayuda de los prismáticos siguieron su trayectoria hasta que alcanzó las nubes. Los aplausos celebrando ese nuevo hito comenzaron a sonar a sus espaldas, pero fueron silenciados por la inesperada explosión del KJU-33.

—¿¡Cómo!? —exclamó golpeando la mesa.

Bajó a Sook de sus rodillas y se levantó de la silla.

—Llevaos a mi hija al coche —ordenó con semblante serio.

Uno de los soldados se adelantó y agarró a la pequeña de la mano. La niña permaneció en silencio y acompañó al soldado hasta el coche.

—Capitán —habló el hombre una vez su hija se encontraba en el interior del vehículo—, fusile al sargento Myong.

Dong-yul miró incrédulo a su líder y retrocedió unos pasos. El capitán le agarró por la espalda y, rápidamente, dos soldados lo inmovilizaron.

—Por lo visto, hay quien piensa que tengo delirios de grandeza, ¿verdad? —añadió mirando al sargento.

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