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No hay problema

Agustín se levantó de la cama con sumo cuidado y se dirigió al vestidor. Se colocó una camisa ocre y unos pantalones de pana marrones. En el comedor le esperaba Roco, un viejo labrador de pelaje grisáceo, a quien acarició la cabeza cuando se sentó en el sofá. Enchufó la tele y miró con atención el noticiario.

Minutos más tarde, el sonido del despertador en la habitación hizo que se levantara y se dirigiera hacia la cocina. Cogió dos tazas del armario y las dejó sobre la mesa. Enchufó la cafetera y comenzó a preparar un par de tostadas de mermelada.

Celia apareció por la puerta.

—Buenos días, cielo —habló Agustín—. ¿Cómo has dormido hoy?

Su mujer se acercó a él con una sonrisa y le besó.

—¿Has paseado ya a Roco?

—Sí, abrígate al salir, hace fresco.

—Gracias por el desayuno —le dijo mientras se llevaba la tostada a la boca y se colocaba la chaqueta—. Hoy tengo mucha faena, ¿nos vemos al mediodía, no?

Agustín asintió y se despidieron con otro beso. Cuando la puerta se cerró agarró la correa del perro y con un silbido llamó la atención de animal. Roco se levantó y trotó alegremente hasta él. Ladró de satisfacción mientras Agustín le colocaba la correa.

Cuando salieron a la calle el frío era palpable. Agustín soltó la correa a Roco para poder resguardarse mejor las manos en los bolsillos. Caminaron juntos por la acera durante un buen rato, alejándose del barrio donde vivían. Llegaron a una panadería y se sentaron en el banco que había junto a la entrada. Minutos después el propietario se acercó a ellos y les dejó sobre el banco un par de cruasanes. Agustín se lo agradeció con una sonrisa y miró a Roco, quien agitaba la cola con euforia.

Agarró uno y lo partió en dos trozos. Le dio una mitad a Roco y el otro se lo llevó a la boca. Continuaron allí sentados, comiendo hasta que se terminaron el desayuno que les había ofrecido el panadero. Agustín se miró el reloj, faltaban cinco minutos para las nueve, por lo que se levantó y con un silbido captó la atención del animal.

Se alejaron de la panadería, dirección al centro. Mientras Roco hacia sus necesidades en un parque de camino al supermercado, Agustín, se encendió un cigarrillo. El animal correteaba, jugando con otros perros que cada mañana hacía como él una parada en aquel pequeño parque.

Una vez Agustín se hubo fumado el cigarro prosiguieron con su rutina. Cuando llegaron al supermercado, Agustín, se sentó junto a la puerta y el perro le imitó. Estuvieron allí toda la mañana y el hombre dedicaba una sonrisa a cada persona que entraba en el supermercado, pero casi nadie le prestaba atención.

—Hola, Agustín, ¿cómo estás? —le preguntó un anciano que salía del supermercado cargando una bolsa.

—Pues la verdad: un poco hambriento, hoy no he podio ni desayunar… —mintió llevándose la mano a la barriga.

—Toma —intervino el anciano, dándole un par de monedas—, cómprate algo. Y al perro también, cada día está más flaco.

—Muchas gracias.

Eran las doce y media cuando decidieron marcharse de allí y dirigirse a la plaza del ayuntamiento. El mercado estaba abarrotado; le colocó la correa a Roco y se adentraron entre la multitud. Caminaron hasta el puesto de pescado fresco y se colocaron en la fila.

—Bueno días —saludó Agustín al vendedor cuando llegó su turno—. Lo mismo de siempre. Y apúntamelo. Supongo que mi mujer vendrá mañana.

—Eso dijiste la semana pasada y todavía sigo esperando… —contestó molesto el pescadero mientras cogía un salmón—. Te fio por la amistad que tenemos, pero es la última vez.

—Gracias —musitó al tiempo que sonreía.

—Y dale algo de comer a ese chucho, cada vez está más delgado —sugirió el pescadero señalando a Roco.

—Pues come casi tanto como yo —exclamó Agustín acariciándole la cabeza al perro.

—Aquí tienes. —Le entregó la bolsa con el salmón—. Dile a Celia que la espero mañana.

—Sin falta…

Agustín y Roco se alejaron de allí y caminaron hasta el puesto de verduras. Se llevó la mano al bolsillo y contó la limosna que había conseguido en el supermercado. Esperó su turno y cuando compró lo que necesitaba, emprendieron el camino de regreso a casa. Faltaba poco más de media hora para que su mujer regresara del trabajo por lo que nada más llegar fue directo a la cocina y comenzó a preparar la comida.

La puerta de casa se abrió cuando Agustín estaba sacando el salmón del fuego. Asomó la cabeza y saludó a Celia.

—¿Cómo ha ido la mañana?

—De locos… Mucho trabajo —contestó ella—. ¡Qué bien huele! —añadió al notar el olor a comida.

—Salmón con patatas blandas. —Sonrió Agustín mostrándole el plato—. ¿Me ayudas?

Celia agarró uno de los platos y los dos vasos, Agustín cogió el plato restante y la botella de agua.

—¿No te apetece un vino blanco con el salmón? —sugirió ella.

—No queda, se terminó el otro día —habló Agustín mientras se sentaban en la mesa—. Habrá que ir a comprar…. Por cierto, he salido antes del trabajo esta mañana y me he pasado por el mercado, y torpe de mí,  me había dejado la cartera en casa… ¿Podrías pasarte mañana y pagarlo, y ya de paso comprar el vino?

—Ok. No hay problema.

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