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Plymouth III

(Continuación de «Plymouth II«)

—Ahora dejaros de tonterías y darme las llaves de la furgoneta —ordenó acercándose a ellos.

Sam y Bill se miraron y retrocedieron unos pasos.

—¡Quietos! —exclamó—. Robb, no les dejes escapar.

El chico engominado obedeció, y rodeándolos, se colocó a sus espaldas.

—Las llaves…

—¿Qué hacemos, Sam? —preguntó Bill vigilando al chico que les barraba el paso.

La muchacha miró a ambos lados y se abalanzó sobre Bill.

—¡Suéltame! —comenzó a gritar al tiempo que le golpeaba—. ¡Socorro! ¡Dejadme en paz!

Bill se quedó petrificado ante la actuación de su compañera y no vio venir como Sam le agarraba de la camiseta y se dejaba caer de espaldas, provocando que Bill cayera encima suyo.

—¡Socorro! —volvió a gritar.

Varias personas se volvieron hacia ellos y comenzaron a contemplar la situación. Los dos pipiolos al ver que la gente comenzaba a acercarse decidieron huir.

Sam continuó con la farsa unos segundos más hasta que dos hombres levantaron a Bill y lo apartaron de ella.

—¿Qué te crees que haces chaval? —dijo uno de ellos zarandeándolo—. Vas a ir directo a la silla eléctrica por eso…

—No, yo… —balbuceó Bill.

—¡Qué alguien llame a la policía! —exclamó el otro hombre mientras ayudaba a levantarse a Sam.

—No hará falta —intervino ella—, es mi novio. He comenzado a gritar porque los otros dos chicos que había nos estaban intentando robar.

—¿Cómo?

—Lo siento, pero no sé me ha ocurrido nada mejor para evitarlo… —confesó cabizbaja—. Pero parece que ha funcionado.

El hombre que sujetaba a Bill lo soltó con despreció y miró a la muchacha.

—¡Putos criajos!

—Lo siento —se disculpó Bill acercándose a Sam.

—Largaos de aquí antes de que llame a la policía por alteración del orden público.

Sam abrazó a Bill y le besó en la mejilla.

—Perdóname, cariño —susurró ella mirando de reojo a los presentes—, me he puesto muy nerviosa.

Bill la correspondió con el abrazo. Su corazón comenzó a latirle cada vez más deprisa a medida que Sam permanecía junto a él.

—Sam —habló al fin el muchacho.

—¿Sí?

—¿De verdad somos novios?

—¿Qué? —exclamó ella separándose de él, y mirando a su alrededor.

—Sí lo que has dicho antes de que era tu novio, iba en serio…

—Bill, ¿eres tonto o qué te pasa? —le dijo dándole una colleja al ver que ya nadie les prestaba atención—. ¿Acaso eres un niño de preescolar? Todo formaba parte del plan…

—¿Plan?

—Joder, Bill… Te creía más espabilado, pero ya veo que me equivocaba —anunció dirigiéndose a la furgoneta.

El muchacho se quedó inmóvil, observando cómo abría la puerta del conductor y se subía a la furgoneta. El sonido del claxon le sacó de sus pensamientos.

—¿A qué estas esperando? —gritó Sam, sacando la cabeza por la ventanilla.

Bill se acercó a la puerta del copiloto y entró con semblante serio.

—Me has pillado con la guardia baja… —informó colocándose el cinturón de seguridad—. Además, me gustan las mujeres con un poco más de curvas.

—Pues vaya… —se lamentó haciendo una mueca—. Tú, eres la clase de chico que me gusta.

Sam arrancó el motor y puso la marcha atrás.

—¿Milwaukee entonces? —sugirió con una sonrisa al ver cómo Bill se ponía rojo.

Sin esperar respuesta, salieron del aparcamiento. Sam condujo hasta llegar a la calle principal, sin percatarse de que un coche conducido por los dos pipiolos que habían tratado de robarles la furgoneta, les perseguían.

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