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Radio incógnita

—Bienvenidos a Radio Incógnita —anuncia el presentador cuando el jefe de sonido le indica—. Esta semana nos visita: Cronan el Brábaro; el famoso guerrero procedente del mismísimo infierno y señor de Acrilonia. Démosle un fuerte aplauso.

Un clip pregrabado suena a todo volumen y miro al presentador quien, alzándome la mano, me hace esperar.

—Hola. ¿Cómo prefiere que me dirija a usted?

—Majestad —contesto con una sonrisa.

—¿Majestad…?

—Sí —confirmo—, no he conseguido ser soberano de un reino para que se me llame por mi nombre de pila, ¿no crees?

—Puede ser, puede ser. —El presentador se vuelve hacia el jefe de sonido y pone los ojos en blanco creyendo que no lo he visto—.  Entonces, Majestad… ¿Quiere hablarnos de cómo consiguió hacerse con el control de un reino tan extenso?

—La verdad es que no fue para nada sencillo… Pasé muchos años como esclavo en una cantera, moviendo enormes piedras de un lugar a otro hasta que acabamos con todas las reservas de aquella montaña. Entonces fui vendido a un lupanar que en realidad era una tapadera para peleas clandestinas.

—¿Peleas clandestinas? —repite el presentador acercándose a mí

—Sí, bueno… —Me atuso la melena y carraspeo—. La mayor parte del tiempo me obligaban a fornicar con mujeres que pagaban por ello. Pero cada vez que había luna llena, en la trastienda del lupanar, peleábamos a muerte.

—¿Ahí aprendió a luchar?

—Sí. Era adaptarse o morir.

—¿Cómo consiguió salir de ese tugurio?

—Conocí a una persona, otro esclavo como yo que sobrevivió a una de aquellas noches e intimamos, ya sabes…  —Hago una pausa y me miro las manos—. Durante el siguiente ciclo lunar pensamos en cómo escapar de allí.

—¿Intimaron? ¿En que sentido?

Miro al presentador y frunzo el ceño.

—Mi afición a las cosas largas y duras no viene sólo de las espadas.

Contemplo como mi respuesta provoca una reacción de sorpresa en el presentador y niego con languidez.

—Lo que te iba diciendo… —prosigo con mi explicación—. La siguiente luna llena estábamos destinados a luchar por nuestras vidas en un combate singular. Él portaba un hacha y yo una espada.

Me agacho, recojo una bolsa negra que tengo junto a mis pies y la pongo sobre la mesa.

—Para ser exactos, luché con esta espada —puntualizo sacando el arma del interior de la bolsa.

—¡Wow! —exclama el presentador retrocediendo asustado—. Pero hace mucho de aquello, ¿verdad?

—Sí. —Asiento con la cabeza—. Hace muchos años de aquella fatídica noche.

—¿Qué paso aquella luna llena?

—Nuestro combate era el plato fuerte de la velada. Solo podía haber un gallo en el corral y las apuestas se habían disparado con nuestra pelea.

Recorro el filo de la espada con delicadeza, recordando cada uno de los momentos que hemos pasado juntos.

—La primera vez que empuñé esta arma fue en aquel combate. Mira… —digo mostrándole la empuñadura al presentador.

—Si uis pacem… ¿para bellum? —lee en voz alta.

—Era nuestro lema, y una vez él murió, lo adopté como propio. Sabíamos que solo uno de los dos podía sobrevivir a aquel combate. Así que cada uno apostó todo el dinero que tenía en el otro. Quien saliera ganador se llevaría una inmensa cantidad de dinero y podría pagarse su libertad.

—¿Lo mató?

—Adaptarse o morir…

—Ya veo… Entonces, pagó su libertad con el dinero que ganó en aquella lucha. ¿Qué pasó luego? —pregunta.

—No pagué por mi libertad. Por lo visto esta arma es mágica —explico poniéndome en pie al tiempo que hago danzar la espada por el aire—. Cada vida que arrebato con ella me otorga más poder, el alma de la persona pasa a ser mía.

—¿Cómo?

—Lo que oyes. —Agarro la empuñadura con fuerza y sonrío—. Cuanta más gente muere a mis manos, más poderoso me vuelvo.

—¿Y qué piensa hacer ahora, majestad?

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