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Un trozo de mazana

Leo entró en la cocina cuando Carlo estaba comiendo.

—Buen provecho —dijo a modo de saludo.

—Gracias —contestó, pinchando en el tenedor un trozo de manzana de la ensalada—. ¿Lo has conseguido?

—No… —susurró Leo negando con la cabeza.

—¿Cómo que no? —preguntó molesto—. ¿Y aun así osas presentarte ante mí?

—Tuvimos un pequeño contratiempo y fracasé.

—¡Te dije que no volvieras sin eso! Te lo dije —gritó golpeando con furia la mesa.

—Lo siento, Carlo —se disculpó Leo bajando la cabeza—. Fue culpa mía. Le dije a los demás que esperaran… que no había de qué preocuparse.

—¿Y ahora qué? ¿Qué esperas que haga contigo?

Leo mantuvo la mirada fija en el suelo, tragó saliva y pensó en su error. Suponía que aquella decisión le iba a costar la vida, pero no sabía cuán equivocado estaba.

—¡Responde! —ordenó Carlo derribando la mesa.

—No… no lo sé —contestó echándose hacía atrás.

—¿Has visto qué me has obligado a hacer? —prosiguió Carlo, acercándose a Leo y señalando la comida en el suelo—. Mi cocinero se ha pasado horas en la cocina preparándome este maravilloso manjar y mira lo que has conseguido…

Carlo agarró del cuello a Leo y lo empujó contra la pared. Comenzó golpeándolo en el estómago y una vez se cansó, lo lanzó al suelo.

—Lo siento, muchacho —habló Carlo—, pero soy un hombre que se ha de hacer respetar.

Carlo se abalanzó sobre Leo y trató de asfixiarlo. Leo no podía hacer nada, inmovilizado por el temor hacia su jefe comenzó a palpar con las manos hasta que notó algo en la punta de los dedos. Lo agarró con fuerza y atacó con esa arma improvisada, golpeándole directamente en la yugular.

Carlo se llevó la mano a la herida y se arrancó el tenedor bajo la atenta mirada de Leo antes de desplomarse sin vida sobre él.

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