Wolfdux – VIII

Entro en el sistema de vigilancia de la editorial y reviso, a través de la pantalla de mi tablet, una a una las cámaras de vigilancia buscando a Marcus.

—Aquí tiene su copa, señor —la voz de una despampanante camarera en triquini, capta mi atención.

—Muchas gracias. —Cojo la bebida y me la llevo a los labios.

Observo alejarse a la joven mujer y contemplo la idílica playa en la que me encuentro. Un sonido que procede de la tablet me hace desviar la mirada. Es Marcus.

Me sorprendo al verlo, solo, en la sala de reuniones. Camina alrededor de la mesa mirando su portátil y revolviéndose el pelo con desespero. Admiro la escena como si de una película se tratara mientras sorbo de la pajita de mi Long Island.

Marcus se sienta frente al teclado, escribe un par de palabras y, pasados unos segundos, se lleva las manos a la cabeza. Se levanta malhumorado y sale de la sala de reuniones, lo que me obliga a tener que cambiar la cámara para poder seguir sus pasos.

Cuando lo vuelvo a localizar ha cruzado el pasillo y está frente la máquina expendedora.

—¿No serás ca…? —musito al verlo recoger una botella—. ¿¡Agua!?

Me levanto de mi tumbona y me acerco a la barra del chiringuito.

—La cuenta, por favor —pido con semblante serio—. Tengo que volver a casa.

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