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Yowa

—Vamos, Yowa —susurro acariciándole la crin.

La yegua comienza a trotar lentamente mientras nos acercamos al muro. Hoy podemos batir otro nuevo récord: el binomio más joven en ganar todas las competiciones ecuestres. Pese a que debería de ser la persona más feliz del mundo, tan solo por disponer de esta posibilidad me siento desgraciado.

Desde que María se fue de mi vida nada consigue hacerme sentir pleno, el vacío que ha dejado no lo han llenado ni los galardones ni premios que ganamos una vez ella no estaba.

“—Pasas más tiempo con ese caballo que conmigo —me había recriminado cientos de veces.

—No es un caballo: es una yegua —le contestaba siempre.”

Parecía que lo hacía adrede. Llegar donde había llegado solo se podía conseguir trabajando durante muchas horas, todos los días; sacrificando parte de tu vida para entrenar y convertirte en el mejor de los circuitos ecuestres.

Hacía varios meses que María me había dejado. ¿Por qué pensaba en ella en este momento tan crucial? Ante mí tengo un muro de dos metros de alto que debemos saltar para alzarnos con la victoria. Trato de quitarme a María de la cabeza y fijarme en un muro cada vez más próximo a nosotros.

***

Cuándo abro los ojos me encuentro tumbado en una camilla. Miro a mi alrededor y encuentro a mi madre sentada junto a mí.

—Hijo —susurra al verme con los ojos abiertos.

—¿Mamá? ¿Qué ha pasado?

—Te golpeaste en la cabeza en el último salto. ¿No lo recuerdas?

Niego con la cabeza e intento reincorporarme en la camilla. Me noto ligeramente magullado y el esfuerzo hace que me comience a doler la cabeza.

—¿Dónde está Yowa? —Mi madre aparta la vista y mira al suelo—. ¡Mamá! ¿Dónde está?

—En el pabellón… Hay que sacrificarla: tiene dos patas rotas.

—¿¡Qué!? ¡Qué tonterías estás diciendo! —Me bajo de la camilla y me acerco a ella—. ¡Mamá!

—Querían hacerlo ya, para ahorrarle sufrimiento —me explica entre lágrimas—, pero les pedí que esperaran a que recobraras el sentido. Supuse que te gustaría despedirte de ella.

Camino hasta la puerta y la abro. Sigo en el recinto ferial, pero desconozco dónde llevan a los animales heridos. Mi madre se levanta y me indica que le acompañe.

Mientras caminamos hacia allí, vuelve a venirme a la cabeza María. «Pasas más tiempo con ese caballo que conmigo…» Su maldita muletilla se repite una y otra vez en mi cabeza. La echo de menos, pero pese a lo mucho que la quería, solo soy capaz de acordarme del sexo con ella. Desde entonces, por mucho que me haya acostado con otras mujeres, ninguna de ellas es capaz de igualarla.

Mi madre abre la puerta y allí encuentro a mi yegua sobre una camilla, sedada y cubierta con una sábana. Un cirujano de caballos se nos acerca.

—Le dejaré un par de minutos a solas.

Asiento con la cabeza y mi madre y el cirujano abandonan la sala, dejándome a solas con ella.

Me acerco a Yowa y la acaricio. No puedo contener unas lágrimas que se derraman por mis mejillas cuando pienso en que no volveré a montarla nunca más.

«Pasas más tiempo con ese caballo que conmigo…»

María vuelve a mis pensamientos. Debe ser el golpe en la cabeza y la falta de contacto carnal, pero comienzo a notar como la sangre comienza a centrarse en mi entrepierna.

Aparto con sumo cuidado la sábana para poder contemplar sus heridas. Un escalofrío recorre mi cuerpo cuando veo sus patas traseras. Las palpitaciones en mi entrepierna comienzan a ser cada vez más fuertes y sin querer me encuentro contemplando la vagina del animal. Tiene los labios inflados y con un tono rojizo que me recuerdan a los de María. Poco a poco la vagina va tomando la forma del rostro de María, quien termina mirándome con desprecio.

—Pasas más tiempo con ese caballo que conmigo —me dice.

Cansado de escuchar siempre lo mismo, decido hacerla callar de la misma forma que había hecho siempre: bajándome la cremallera y metiéndosela en la boca.

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