Huellas

Entró al lavabo y, aunque sabía que estaba solo en casa, puso el pestillo. Tenía la costumbre de hacerlo pese a llevar más de tres años viviendo con su novia, no se lo había reconocido a ella, pero le avergonzaba defecar delante suyo.

Se desabrochó el botón del tejano, se bajó los pantalones y se sentó en la fría tapa del retrete. Otra costumbre que tenía era la de abrir el grifo de la bañera y llenarla con agua muy caliente. El vapor que salía le ayudaba a relajarse y descargar mucho mejor.

Abrió la revista que había traído consigo y comenzó a ojearla mientras la bañera iba llenándose. El diminuto cuarto de baño comenzaba a llenarse de vapor cuando reparó en la toalla que siempre colocaba en el suelo y que utilizaba para secarse una vez se había duchado. Había colocado la marrón claro. Era la que más le gustaba, su suave tacto en los pies húmedos le encantaba. Algo en ella captó su atención.

Una ligera sombra parecía dibujarse en ella e iba tomando la forma de un pie cuando alargó el brazo y tocó la toalla. Se sorprendió tanto al notarla mojada que se le erizaron los pelos de la nuca.

Se dio un par de golpes en la cara y trató de tomar aire. El baño estaba cogiendo una temperatura más que agradable y el vaho comenzó a empañar el espejo que tenía delante.

Normalmente, cuando entraba al lavabo, no tardaba más de cinco minutos en hacer sus necesidades, pero esta vez no fue así. Comenzó a incomodarse, y algo en el espejo hizo que mirara hacia él. Una diminuta mano se dibujó en el vaho. Se quedó petrificado mirando aquella imagen que había surgido de la nada. Para su sorpresa apareció otra mano, ligeramente mayor que la anterior, en una de las esquinas inferiores del espejo.

Desvió la mirada a la alfombra y contempló dos pares de huellas que apuntaban directamente hacia él.  Se levantó como pudo y corrió hasta la puerta presa del pánico y quitó el pestillo.

Una risa infantil a su espalda se escuchó cuando trató de abrir la puerta. Algo la bloqueaba y le impedía hacerlo, temeroso de girarse y encontrarse algo que no deseaba ver borró las manos que se habían dibujado en el espejo y trató de subirse los pantalones.

El vaho cubría casi por completo el lavabo cuando sintió una gélida mano en su hombro derecho. Cuando se volvió descubrió aterrorizado el rostro fantasmagórico de un niño que reía. Gritó tan fuerte como pudo, pero el sonido fue silenciado por una docena de risas que emergieron de la nada, igual que las sombras que se acercaban a él a través del vaho.

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